Antes de que amanezca, la ciudad está tranquila, vivo a la luz de un flexo y escribo sin que las obligaciones puedan tocarme.

Creo que esto es ser libre.

Es un momento sin móvil, con los madrugadores de fondo por la ventana abierta, también algún rezagado que vuelve a casa como lo hacía yo, antes de que el sol viera lo que ha hecho.

Y es un momento que, no importa lo que ocurra durante el resto del día, ya no me podrá ser arrebatado. Por un momento, lo que escribo es lo único que hay y luego… en realidad no importa, porque ni siquiera existe.

Escribir es mi meditación.

Cuando alguien me pregunta por qué lo hago, por qué tantas horas durante tantos años, por qué hacerlo sin recompensa, dinero o faja roja en la portada, esta es mi respuesta. Pero si no has estado en esta silla, en las horas que rozan el alba antes de romperla, yo no lo puedo explicar y tú no lo puedes entender.

Supongo que hace tiempo quería lo que cualquier artista humilde, adoración sin medida y el mundo a mis pies. En realidad, lo que ansiaba era esto.

Y eso, en un día como hoy, en el que la escritura ni siquiera ha sido «buena». Intentas arreglar cosas —historias—, que a lo mejor están muertas, pero no lo saben, como muchas relaciones por las que te afanas a saber por qué. Las historias enseñan que volver al pasado a hacerlo mejor nunca acaba bien, pero yo no aprendo y las buenas historias cuentan errores.

Los días en los que parece que lo escrito ha sido «bueno» (y hasta que llegue mañana y parezca «horrible» de manera inevitable) son los mejores. Dará igual lo que ocurra hasta que caiga la noche, de nuevo, eso queda a salvo de todo lo demás, de los naufragios a las diez de la mañana.

Cuando miro a los rostros del metro, los de los coches en el semáforo y a mí mismo, vestido de mercenario por esas cosas llamadas facturas, ya me parece suficiente.

Cuando me preguntan por qué escribir a pesar de todo, si no hay dinero y dicen que nadie lee ya, me gustaría responder todo esto. Pero me callo y lo escribo, como casi siempre con casi todo.

En mi vida, me voy a pasar escribiendo más tiempo del que me voy a pasar haciendo otra cosa, excepto quizá dormir, así que, lo mínimo que puedo hacer, es amarlo.

En una semblanza del The New Yorker sobre Hemingway, Ernest contaba que tenía los párpados tan finos, que no podía evitar despertarse en cuanto el día llegaba por el este.

«He visto todos los amaneceres de mi vida, y eso es la mitad de un siglo. Despierto por la mañana y mi mente comienza a crear frases, y tengo que librarme de ellas, rápido, hablarlas o escribirlas».

Sale el sol, la luz es gris y jamás será mejor que la del atardecer, pero he hecho las paces con la madrugada. Yo no he visto todos los amaneceres de mi vida, pero sí este, así que supongo que, por fin, me parezco un poco.