Durante los últimos años, en los que las webs de consejos de escritura y los cursos sobre el tema han proliferado hasta la saturación, me he encontrado con una noción inquietante que ya mencioné por encima cuando hablaba de 50 cosas que aprendí escribiendo.

Como la capacidad de atención es cada vez menor por culpa de las pantallas, y la gente se vuelve tonta de tanto selfi, hay que bajar la escritura a ese nivel y adaptarla a estos tiempos con la concentración de un hámster.

Frases más cortas, diálogos rápidos, supuestos trucos para enganchar, acción por todas partes, poner lo interesante al principio del párrafo para «atrapar» al lector… Sin quererlos ni buscarlos, en estos años he visto toda clase de recomendaciones para compensar que el móvil compite, así que mejor usar trucos como los de los guiones de Netflix.

En definitiva, que como el nivel de atención ha bajado, también hay que descender la escritura hasta allí, partirla en trozos digeribles y quitar lo complejo.

Pero la buena escritura no baja nunca a ningún lado, sino que tiene exactamente la misión contraria, que tú subas a un lugar mejor cogida de su mano.

Un problema no se resuelve formando parte de él, eso sólo lo agranda y te convierte en cómplice. Y si amas la escritura, ¿de verdad la solución es lobotomizarla? ¿Es eso lo que haces con los que quieres? ¿Y es ese un favor a los lectores, subestimarlos?

Así sólo creamos tontos más tontos.

Una vez me dijeron que algo que había escrito no se entendía bien, porque había una frase anidada. Sencilla en realidad, pero una anidada que obligaba a un poco de gimnasia mental. Al final, los intentos de abaratar siempre se dejan trozos importantes por el camino y, no sólo el tonto se vuelve más tonto así, sino que se cree listo y predica sobre lo correcto, diciendo que a quién se le ocurre una anidada en este siglo.

Es un fenómeno que va más allá de la literatura, donde los que no tienen ni idea, ni se juegan nada, dicen qué hay que hacer con el palillo en la boca. Lo saben mejor que todos esos que han dedicado una vida a aprenderlo.

Pero es que, además, las premisas tras esos consejos son fundamentalmente erróneas.

La lectura siempre ha sido y será minoritaria. No es una cuestión de ahora, es la naturaleza del camino que hemos escogido. A pesar del apocalipsis de la atención que se pueda estar produciendo, no parece que los datos apoyen que se lea menos que antes, como se puede ver aquí, aquí, aquí o aquí.

Y, más importante que lo anterior, ¿de verdad queremos escribir para los que no pueden estar ocho segundos sin el móvil?

Yo no, pero allá cada uno.

Esos consejos, en realidad, tienen sus raíces en el miedo y en otra noción errónea más: la de que la buena escritura no es capaz, por sí sola, de producir ese encantamiento en el lector que le hace seguir leyendo, sin necesidad de trucos.

El problema no está en que la escritura no sea capaz de eso, el problema es que estás intentando conectar con las personas equivocadas o que tu arte no ha madurado lo suficiente como para conseguir esa conexión de los maestros a los que siempre quieres leer, escriban lo que escriban.

Si alguien te dice que le aburres, y te va a inclinar a no expresar lo que verdaderamente llevas dentro, mejor cambiar de lector. Bastantes relaciones tóxicas vamos a tener en la vida como para traerlas adrede a lo que más amamos.

El camino es el mismo de siempre, tratar de ser mejor que ayer y encontrar aquello que quieres decir.

Y que si bajas al fango a pelear con el experto en fango, vas a caer derrotado de todas formas por esos móviles y esas series. Y encima, amargado y traicionando al arte que dijiste que amabas.