Hace poco estaba leyendo sobre la escritora alemana Sybille Bedford. Algunos pasajes de su autobiografía Arenas movedizas son particularmente inspiradores y reflejan la excelente escritura de esta autora.

Esos pasajes refieren a una sensación habitual compartida por todos los artistas, el «tiempo perdido». El no dedicado al arte, del que te arrepientes cuando miras atrás, como te arrepientes de muchas cosas si eres humano.

Uno de esos pasajes dice así:

Oh, lo que se ha quedado sin hacer por la pereza, el desánimo y, por supuesto, las distracciones… Distracciones de vivir el canto de sirena de la ronda diaria. A menudo esa elección me llevó a pasar los años desperdiciados en lugares hermosos o interesantes: aprender, ver, viajar, caminar por calles nocturnas, nadar en mares cálidos, hacer amigos y mantenerlos, comer en terrazas enrejadas, beber vino bajo las hojas de verano, escuchar el canto de la rana arbórea y de la cigarra, enamorarse… (A menudo. Demasiado a menudo).

Bedford se lamenta de los años desperdiciados sin dedicarse a su escritura, en la que comenzó a trabajar, de manera asidua, cumplidos los cuarenta. Es en ese momento en el que publicó su primer libro, una especie de diario de sus viajes por Méjico, y luego su primera novela, Un legado.

La descripción de su rutina de trabajo un día cualquiera, cuando se estableció en Italia, también merece ser reseñada:

Me senté ante mis páginas y la máquina de escribir cada mañana. Trabajé, y funcionó. Pronto nunca me faltó [lo que Hemingway llamaba] esa «primera frase verdadera» al comienzo de la jornada de escritura, y a otras horas nadaban por mi mente, con demasiada rapidez para atraparlos y retenerlos, fragmentos de palabras, de diálogos y pensamientos.

Después del trabajo matutino, preparaba un sencillo almuerzo italiano en una mesa de cartón a la sombra —hacía mucho calor bajo el techo de papel alquitranado durante el día—: tomates, uno o dos huevos, salami, fruta, un gran vaso de agua de uno de los manantiales de las colinas romanas.

En cuanto el calor del día disminuía, volvía a salir a la terraza, preferiblemente sola, para hacer un poco de jardinería. Me complacía mucho tratar de domar algunas de aquellas exuberantes trepadoras, darles forma, dirección, apoyo, sobre todo regarlas. Más tarde, a la hora en la que el cielo romano pierde su color durante unos diez minutos, antes de encenderse de nuevo con la puesta de sol en la que los vencejos inician su vuelo en formación, me sentaba a observar, botella y vaso en mano. Cena con amigos más tarde, más cerca de las diez de la noche que de las nueve.

Bedford sabía vivir, eso es indudable, lo que le permitió escribir como escribió.

Al leer esto, lo que empezó como una reflexión sobre si el tiempo que pasas bajo las hojas del verano es perdido o vivido (necesario para poder escribirlo) se convirtió en otra cosa.

¿Cómo era posible todo eso? ¿De dónde salen los viajes, las terrazas enrejadas y las enredaderas cuando no estás creando? ¿Y el trabajo para mantenerse? ¿De dónde sale esa envidiable vida de escritor que parece que ya murió?

La respuesta no sorprende ni se esconde cuando la buscas un poco, Bedford nació en el seno de una familia aristocrática alemana.

Es decir, sus padres eran ricos y no hay otra manera. La realidad es que, especialmente cuando la educación sólo estaba al alcance de unos pocos, la enorme mayoría de escritores eran unos privilegiados. En el mundo real, esa es la forma de viajar al sur de Francia y luego Italia y ahora cruzo el Atlántico en un tiempo en el que la mayoría de gente moría sin ver el mar.

Es cierto que, en los años 30, eso cambió. Tras un artículo crítico con los nazis, estos congelaron sus cuentas. Pero Bedford tenía otra cosa que viene con la riqueza, conexiones. Tanto en general, como en el mundo del arte.

Aldoux y María Huxley, grandes amigos de Bedford, la ayudaron entonces, luego se casó por conveniencia y, cuando por fin se puso a escribir de manera asidua, fue gracias a que un amigo le donó una «generosa suma de dinero» para que pudiera hacer eso y cuidar enredaderas al caer el sol.

Al fin y al cabo, el New York Times le dedicó un artículo titulado: «Una escritora de talla mundial, una aprovechada de talla mundial».

Bedford sabía vivir, nació en la afluencia y estuvo conectada con amigos igualmente ricos y otros metidos en el mundo del arte.

Esa es la explicación de los mares cálidos y las enredaderas, de la vida bohemia y todo eso que echamos de menos.