Hoy una rareza, algo con posible valor práctico, aunque no lo sé. Y vaya por delante que me refiero a la edición personal de un texto, a su corrección y mejora hasta que dice lo que quieres decir, no a su publicación por una editorial o similares.

Todo comienza con un tuit bastante tonto el otro día:

Pero resulta que ese es el motivo por el que escribir es mi medio de comunicación favorito.

Me permite repasar de nuevo la situación lo que haga falta, borrar lo que dije y poner lo que diría, ganar la discusión tiempo después en la ducha y presentar el argumento impecable. Realizar esa fantasía de volver al pasado, cambiar las cosas y ver si de esa manera arreglo algo.

Que en realidad es que no, que todas las historias que van de eso enseñan que las segundas oportunidades lo empeoran todo, pero no importa.

Escribir te permite realizar esa fantasía porque puedes editar y, de hecho, la buena escritura está hecha de edición constante y sin misericordia.

Pero como editar es escribir, editar es difícil.

Cada uno aprende sus trucos y manías, estas son algunas de las mías.

No preocuparse por el primer borrador

El primer borrador siempre es mierda según el Tao de Hemingway, así que no soy quien para llevarle la contraria. Mi objetivo es precisamente hacer mierda, pero mierda terminada, que es lo importante.

Puedo trabajar un montón de barro amorfo, pero no puedo moldear la nada. El único objetivo al principio es alcanzar el punto final.

Considerar el proceso de edición como una escalera

Timothy Kreider, ensayista y dibujante de cómic, plantea esa metáfora y por esas cosas que hacen las metáforas, se me quedó. Para mí, cada reedición, cada coma que quito, cada palabra que borro, cada término que incluyo tiene como función subir otro escalón.

En realidad, para mí al menos, la escalera hacia lo que quiero decir y cómo quiero decirlo no tiene un fin a la vista. Pero cuando me canso suficiente o ya estoy tan alto que tengo vértigo, me detengo, me siento a descansar y ya está.

No sé si habré ganado la discusión, pero al menos espero que si llego lo bastante alto, eso deje de importarme.

Leer en voz alta

Probablemente, esta es la técnica más importante y efectiva. No me refiero a murmurar de corrido ni leer en mi cabeza, me refiero a declamar con calma y areté como si estuviera ante una audiencia.

Cazo más erratas e incoherencias así que de cualquier otra forma.

Hay quien usa aplicaciones de texto a voz para que el ordenador les lea lo que han escrito. Funciona bien en la práctica, pero resulta que yo no puedo soportarlo por pura manía. Las voces robóticas me ponen nervioso y, aunque ahora hay entonaciones mucho más naturales gracias a la inteligencia artificial, he descubierto que probablemente lo que no soporto es lo que escribo.

Estar atento a los viejos enemigos personales

Estos serán distintos para cada uno, porque todos tenemos manías propias, fallos típicos que se repiten, esos enemigos particulares que son los nuestros y no los de ningún otro escritor.

Hay quien tiene muletillas, hay quien se enrolla demasiado, hay quien recarga las palabras… Si somos realmente honestos y hemos caminado suficiente por el sendero, habremos visto que hay una serie de fallos y manías personales que se repiten en nosotros, casi formando un patrón.

En mi caso, algunos de esos viejos enemigos particulares son:

La repetición

Por un lado de nombres o verbos. No me gusta cuando leo dos veces la misma palabra o parecida si están demasiado cerca y por eso el diccionario de sinónimos está siempre a mano, aunque no pueda usar términos perfectamente intercambiables. Prefiero algo no perfecto a algo repetido.

Y por supuesto, los los malditos artículos, preposiciones y similares que cuelas dos veces seguidas y no te das cuenta hasta que has publicado.

En mi caso, la repetición es una hidra sibilina que se muestra también en forma de reiteración de ideas y conclusiones.

Tiendo a ser redundante, quizá por el miedo a que lo que quiero transmitir, especialmente entre líneas, pase por debajo del radar.

Esa redundancia y esa falta de confianza en el lector es mala escritura.

La divagación

Para muestra esta casa, esta casa y en realidad todo lo que escribo. Fui un crío en Babia que se convirtió en un hombre en Babia, y ese país tiene un montón de senderos intrincados por los que paseo demasiado antes de llegar a lo que quiero decir.

Editar es borrar, escribir es borrar y no es ninguna paradoja. La mejor amiga del escritor es la tijera de podar.

Faulkner tenía razón: In writing you must kill all your darlings.

Falta de coherencia

De argumento, cómo no, además de esa horrible incoherencia de persona y narración en cuanto a tiempos verbales, que se te escapa y una frase está en presente y resulta que todas las demás están en pasado.

Dicen que es un error típico de novato y yo me lo sigo encontrando de vez en cuando, confirmando que nunca dejaré de serlo.

En cuanto a la coherencia de argumento, el primer borrador es mierda y el último el monstruo de Frankenstein, al que procuro coser y remachar, escalón tras escalón, para que no se le noten demasiado las costuras.

No sé si lo consigo, lo cierto es que tampoco soy demasiado coherente en muchas otras facetas que no tienen que ver con la escritura.