Hace ya mucho tiempo me preguntaron cómo saber si algo que has escrito es publicable. Dediqué más de 1.500 palabras a contestarlo y, seis años después, es hora de matizar un poco aquello y, de paso, responder a una pregunta mucho más importante.

¿Cómo saber si has escrito algo bueno?

Porque, obviamente, los parámetros de publicable y bueno no se parecen y creo que es mejor empeñarse en lo segundo que en lo primero.

Según las peripecias y conversaciones de amigos músicos, sus discos son publicables bajo la premisa de que la cuenta de Instagram supere el mágico «10K», para que ciertas agencias de publicidad o representación se empiecen a fijar de reojo (y no mucho) en lo que has hecho.

La experiencia de la industria musical me parece extrapolable a la editorial y, de haberme preguntado hoy sobre cómo saber si algo es publicable, me podría ahorrar esas más de 1.500 palabras y cambiarlas por el párrafo anterior.

Dentro de otros seis años, a saber qué será.

La muestra de que esa respuesta, incluso con una cierta dosis de cinismo, no sea incorrecta en esencia, revela que la pregunta de lo publicable es poco interesante.

La respuesta a la pregunta de hoy tampoco es mucho mejor, la verdad. Porque la realidad es que nunca vas a saber realmente si has escrito algo bueno. Para empezar, porque primero habría que destapar la Caja de Pandora de qué entendemos por «bueno».

Como no nos vamos a poner de acuerdo ni falta que hace, una solución de compromiso podría ser que algo bueno es algo que conecte con al menos un cierto grupo de lectores en los que consigues crear ciertas emociones, y las creas ahí, donde los best-sellers (y los más de 10K) no van a llegar a menudo.

Bajo el prisma de esa definición (y en realidad de cualquier otra), la respuesta sigue siendo la misma: nunca vas a saber realmente si has escrito algo bueno.

Si ha sido así (o no) sólo corresponde a los que te leen y he ahí ese terror ancestral a soltar amarras y que la obra deje de ser tuya, para convertirse en parte de ellos.

Y como una de las premisas básicas que suelo repetir es que somos muy malos leyendo la mente de los demás, nos solemos equivocar en nuestro juicio de lo que quieren los lectores. Esa es una de las razones (y no la más importante) por la cual tratar de realizar ese «estudio de mercado» es una pérdida de tiempo. No en vano, los relatos que más me gustan no suelen ser los preferidos de muchos de los que me leen, y las partes de mis historias de las que más orgulloso me siento (si es que eso es posible en un escritor) también pasan por debajo del radar de la mayoría.

Esto ocurre porque soy raro, algo que me han repetido mucho desde niño, pero también sucede que, aunque estoy equivocado en mis juicios, al menos no estoy solo. Es un magro consuelo, pero al parecer ni siquiera los mayores genios lo son a la hora de decir ellos mismos qué es bueno o no en su arte.

Por ejemplo, las melodías favoritas de Beethoven no son las más interpretadas ni grabadas. De hecho, algunos como Aaron Kozbelt se dedicaron a contar y encontró 15 falsos positivos (ahora que el término está tan de moda) en el sentido de que el compositor alemán pensaba que 15 obras se iban a hacer muy famosas, pero cayeron en la oscuridad. Por otra parte, también detectó 8 falsos negativos, en el sentido de que no le gustaban nada esas 8 piezas propias y estas pasaron a la posteridad.

Y en ese análisis, basado en las propias cartas de Beethoven, el genial músico hizo esas predicciones después de haber recibido ya comentarios de la audiencia.

Del mismo modo, Picasso pintó 79 dibujos diferentes del Guernica, variaciones que acabaron en callejones sin salida en los que no sabía que estaba tomando un camino equivocado. Del mismo modo, y cómo no, Hemingway escribió 39 finales para Adiós a las armas, consultó con compañeros escritores (para mandar sus opiniones a la mierda de todos modos, como debe ser dado el valor que tienen) y lo mismo pasó con innumerables títulos para ese libro. Y quizá algunas de las cosas que quedaron en el tintero hubieran sido aún más relevantes, no se sabe.

Los mayores genios tenían delante un montón de opciones propias, pero eran incapaces de discernir cuáles eran las buenas.

Y si a ellos les costaba o directamente no podían, no quiero imaginar nuestro caso. De hecho, quién sabe si muchos, debido a esa incapacidad, no presentaron genialidades porque las creían horribles o mostraron cosas que sólo les parecieron buenas a ellos, por esa misma ceguera, pero fueron rechazadas u olvidadas.

¿Qué nos queda entonces?

No nos queda nada, es una pregunta que no puedes contestar porque no te corresponde hacerlo.

La tarea del escritor no es tener la última palabra, sino tratar de escribir las mejores que pueda. Y luego tener el coraje de saltar sin red, para mostrarlas y que esa pregunta la responda quien debe.