Como ya comenté, mis próximos escritos aquí van a tener que ver con el proceso de creación de mi última novela Tres reinas crueles. Los temas de siempre al fin y al cabo, pero ceñidos al contexto de Tres reinas.

Hoy es el «cómo se hizo», y si alguien piensa que escribir un libro es algo metódico, planificado y profesional, que piense de nuevo, porque, al menos en mi caso, hay mucho de caos y casualidad.

La chispa adecuada

Muchas cosas empiezan de la manera más insospechada y aleatoria. Pequeños actos que parecen sin importancia desencadenan lo importante años después. Una frase hace meses, un sí en vez de un no… Tres reinas crueles fue así. En la corriente imparable que es Twitter, hace bastante más de un año, leí algo del escritor Santiago Eximeno, hablaba de que se había presentado a un concurso francamente curioso de novela negra.

En él no se competía con el libro completo, sino solamente con el comienzo del mismo. hice clic, eché un vistazo y (re)descubrí la editorial Libros.com. Me sonaba de hacía tiempo, cuando empezaron a publicar con un libro de Lorenzo Silva y en la modalidad de crowdfunding.

Por aquel entonces acababa de salir Perdimos la luz de los viejos días y también acababa de terminar la escritura de otra novela (ahí está, a un par de carpetas de distancia) que se titula La mejor parte del sol.

Me despertó la curiosidad esa forma de trabajar y me dio la idea para escribir algo esa mañana, un comienzo libre porque no tenía obligación de seguirlo ni había nada planificado. Los personajes no existían, las tramas tampoco.

Quizá por eso las primeras páginas de Tres reinas crueles surgieron en una de esas extrañas ocasiones en las que escribes en una especie de estado de flujo.

La inspiración viene a verte cuando estás trabajando, eso es algo raro, así que tuve que aprovecharlo. Como un torrente y en un par de horas tenía a un extraño llegando a un lugar bajo la tormenta, buscaba a algo o a alguien y las ventanas se cerraban a su paso. Procedí a dejarlo descansar, sin tocarlo ni repasar, eso ya sería mañana.

Treinta versiones

Al día siguiente me dispuse a releerlo y, por supuesto, era una mierda y ni siquiera se entendía nada.

En serio, estás medio en trance pensando que estás escribiendo lo mejor en mucho tiempo, pero cuando tomas distancia es sencillamente infumable. Sin embargo pensaba que había algo ahí, en el fondo de todas esas frases incomprensibles, así que me puse a reescribir.

Ya se sabe cómo es cuando limpias un pozo lleno de mierda, que cuando empiezas no haces más que revolverlo todo y el agua se vuelve aún más turbia que al principio. Pero no tenía otra cosa y yo insistía en que había visto algo en el fondo del agua y lo iba a sacar.

Los siguientes diez días, más o menos, estuve dedicando mi tiempo diario de escritura a «tallar» ese capítulo hasta darle la forma adecuada (que en mi caso es una que no me dé demasiadas ganas de quemarlo).

Calculo que hubo algo más de treinta versiones de ese primer capítulo, un árbol frondoso e ilegible que tuve que podar una y otra y otra vez. Después lo envíe sin esperanza alguna a Libros.com, para luego proceder a olvidarme.

Cuando has mandado tantas cosas a tantas editoriales ya, pues funcionas así: trabajas, echas el sobre al buzón y no esperas otra cosa excepto el silencio. Entonces me respondieron rápidamente que les había gustado y que harían una campaña de mecenazgo para el resto de la historia.

¿Qué historia? Ninguna historia, el par de días que transcurrieron hasta el sí fueron días de escribir relatos y pedazos, como suele ser cuando no estoy inmerso en algo más grande. No tenía historia.

Como mejor se escribe es con miedo

Me entró algo de pánico y está bien, porque si no, reconozco que no funciono.

O tengo la pistola en la cabeza o soy muy perezoso, porque escribo cada día, sí, pero la mayoría de veces hacia ninguna parte, cosas que jamás verán la luz.

Conté el tiempo que tenía, algo más de un mes hasta que finalizara la campaña más otro mes máximo para entregar el manuscrito una vez terminada (tal y como suelen trabajar en la editorial). Y he aquí que me puse a escribir. Es que no hay otra manera de decirlo, porque en esa fase de la creación sientas tu culo y escribes cada día como un poseso, intentando no ceder a las mil tentaciones que tiran de ti para todos lados.

Quizá haya métodos secretos que los grandes escritores no comparten, quizá todas esas formas de crear un bestseller que te prometen por 0,99 en Amazon funcionan.

Yo no lo sé, yo sólo sé escribir y ya está.

Y de veras que el pánico es la mejor de las musas.

No negaré que recurrí a coger prestados pedazos de historias antiguas (al fin y al cabo, escribir hacia ninguna parte no resulta tan inútil). La casa que el silencio construyó y su partida, Leo o Sara, esos eran personajes y lugares de otras historias, pero les pedí ayuda y, a saber por qué, a pesar de que los abandoné en un rincón, vinieron.

El fracaso de la campaña

Pronto me di cuenta de que la campaña de mecenazgo no cumpliría los objetivos.

La realidad es que en el fondo, si no eres muy popular, tu familia no es muy fértil o no realizas una enorme promoción hasta el último confín (y yo vivo en mi cueva, ansiando que escribir no me abandone y luego que me dejen en paz) pues los mecenazgos no van a salir y es normal. Sin embargo seguí escribiendo. Tras vencer la inercia inicial uno coge impulso y aunque no cumpliera los objetivos de la campaña, al menos tendría una novela que me estaba gustando. Bueno, gustando a pedazos.

Cuando quedaban apenas unos pocos días para cerrarse la campaña, decidí que, dado que ya no iba a tener ese tiempo tan limitado, quería cambiar completamente la historia de Tres reinas. Yo soy así, las tendencias suicidas salen a pasear con el buen tiempo. Sería una nueva novela y la escribiría al calor de la primavera de 2015.

De hecho, el verano me sorprendería con ella, pues ya no había prisa. Supuso una cierta liberación, aunque me daba pena que probablemente Tres reinas acabara al lado de La mejor parte del sol.

El giro inesperado

Entonces llegó el email de Miguel.

La campaña no se había cumplido, pero de veras les había gustado lo que envié y querían publicarlo de todas formas. No entendí nada, pero estuvimos hablando, dije que sí y me di cuenta de que tenía treinta días y estás en ese momento en el que la historia se te ha levantado en armas. De nuevo fueron cuatro semanas en las que yo no sé de fórmulas mágicas, te sientas, escribes, sangras y ya está.

Obviamente deseché la idea de cambiar de caballo a medio cruzar el río y continué con la historia prevista inicialmente. Entregué (por supuesto in extremis) el manuscrito a los 30 días exactos.

Que no se diga que alguna vez un escritor cumplió un plazo antes de que terminara.

Ni idea de qué es un «lector cero»

En mi caso, yo no tengo a nadie que lea mis cosas antes de que se publiquen, si es que lo hacen. Tampoco tengo lectores cero ni otras cosas tan modernas. Y no, no las busco.

Yo escribo y corrijo atendiendo sólo a las mil voces que se pelean en mi cabeza, con lo que cuando doy algo a alguien, se supone que ya está terminado, nadie más lo ha leído y caigo en llamas sólo bajo mi responsabilidad. Sí, lo sé, así no se hace, es la peor manera, etcétera.

Así que durante el insoportable verano de 2015 metí a mi corrector en el infierno de los diacríticos, pues se los acentué todos incluso sabiendo que no debía.

Afortunadamente, sabes que estás con una buena editorial cuando en su libro de estilo dejan claro que ellos van a acentuar el sólo de aquí a la eternidad. Pero el resto, del resto Juan aún se debe estar acordando.

Con la corrección siempre es lo mismo, páginas en rojo y juramentos de te mataré. Pero Juan es un buen tío (sé que no me lees Juan, pero ese es tu problema, eres un bueno), no significa que no lo quiera matar igual, pero le pondré la mitad de saña. Aún nos lanzamos pullas en alguna red social de vez en cuando, yo le maldigo y él me devuelve las amenazas de muerte corregidas. Buenos tiempos.

Las elecciones y la literatura

Tras la corrección vino el otoño de 2015, la campaña y las elecciones, esas que no sirvieron de nada. Los tiempos políticos hicieron que la cola de libros quedara alterada, y es comprensible. Una editorial tiene que comer, tiene que conseguir una rentabilidad y pagar a los que nunca entenderemos las reglas y acabaremos muertos de hambre en el margen de las cosas.

Y Libros.com tenía preparados una serie de títulos dentro de su línea de periodismo de investigación, que había que sacar antes de las elecciones sí o sí. Tres reinas quedó atrasada pero no parada y con paciencia (esa que tuvieron los que me apoyaron), transcurrieron los siguientes pasos. La elección de portada, la primera prueba de impresión en PDF, la siguiente en papel… Un día tocaron mi timbre y el repartidor trajo un puñado de ejemplares de algo que empezó con una casualidad y una mañana de escritura casi automática.

Jamás hubiera creído que terminaría así, y a veces me pregunto qué otros hechos importantes habré empezado a poner en marcha con otras acciones aparentemente insignificantes.