Todas las modas son terribles, basta que pase el tiempo y echemos la vista atrás para avergonzarnos de las fotos viejas. Una de las modas actuales es tratar de convertir todo en un negocio, de sacarle una rentabilidad.

Nada parece lo bastante bueno si no se trata de monetizar de alguna manera, de hacerlo profesional, que «sirva para algo» y, con suerte, cobres un poco por ello, como si esa fuera la única forma de recompensa válida.

No paran de repetirte que puedes emprender en tus ratos libres y cualquier habilidad que muestres enseguida recibe la frase bienintencionada: «Esto está muy bien, deberías dedicarte a ello».

Las buenas intenciones son las peores, pero es que a lo mejor no es necesario que todo tenga que ser útil, rentable o tener una dedicación profesional.

No hace falta que todo esté tocado por una parte mercantil para ser valioso.

Puede que quieras hacer algo por el mero hecho de hacer algo, porque te divierte, te llena o supone un refugio de una vida que bastante insiste ya en que ganes más, llegues más lejos y seas un «miembro productivo».

Esta tendencia viene de otra más general y triste por la cual la valía de una persona sólo depende de su «productividad». O en realidad, de lo mucho que trabaje y las horas que permanezca en la oficina, ambas cosas muy diferentes de lo que significa la verdadera productividad.

Porque la mayoría de trabajo que haces es inútil y la mayoría de horas que estás sentado ante el ordenador, también.

Pero esa manera de ver las cosas mancha todo y dentro de ese todo está el arte.

Al fin y al cabo, la mayoría de preguntas que han surgido cuando alguien se ha enterado de que escribo son relativas a cuántas ventas tuve o cuánto dinero se gana con eso. Parece que no hay otro rasero de medir las cosas y no es de extrañar. Cuando una editorial se plantea publicarte, en realidad se está haciendo la misma pregunta.

Pero es que a lo mejor no es necesario «dedicarse» a esto, vender, ser reconocido, hacer de la escritura «algo útil» y «productivo».

A lo mejor sólo quieres escribir sin más.

A lo mejor, para incomprensión de todos, no es necesario dar otro paso y tener que justificar todo ese tiempo perdido en algo que no parece ir a ninguna parte y tampoco lo necesita.

Sin embargo, como suele suceder, esta tendencia es odiosa y su presión puede no parecer demasiada simple vista, pero lo es, la sientes y no cede. Hoy día nos hacen sentir culpables por tener un poco de tiempo para nosotros, por querer construir algo al margen de la rentabilidad y lo productivo.

Necesitamos los actos inútiles tanto como los otros. Más que los otros, diría. Esos ratos en los que hacemos las cosas por el mero hecho de hacerlas y no porque hay una recompensa al final del arco iris, que por cierto no hay final ni recompensa, lo que es una imagen fiel de cómo son las cosas en realidad.

Necesitamos los actos inútiles para no volvernos locos pero, sobre todo, para no volvernos tristes.

La tendencia a explotar todo como una mina para extraer algo que se pueda vender es sibilina y poderosa, como cualquier otra presión por encajar en lo que te dicen que debes. Pocas veces se expresa abiertamente, pero siempre está presente de una manera u otra, actúa de forma constante y soterrada. Te hace sentir culpable, porque estás «perdiendo el tiempo» o eso no «lleva a ninguna parte».

Pero a lo mejor no quieres ir a ningún sitio con la escritura y nunca es tiempo perdido. Hoy parece que no puedes parar y «perder» ese tiempo, pero lo cierto es que lo necesitamos más que nunca, porque la alternativa es perderlo de verdad, llegar al final del camino y preguntarnos si de verdad todas esas reuniones y noches en vela tan «productivas» han llevado a algo, excepto al arrepentimiento porque no dedicamos tiempo a lo que importa y los que importan.

No creo que nadie, en su último momento en esta tierra, diga que ojalá hubiera estado más tiempo en la oficina.

A lo mejor sólo quieres dedicarte a la escritura porque te gusta, te relaja, te hace sentir bien, tiene un poco de sentido en un mundo que carece de él. Y no tienes que medirte por el número de seguidores, libros publicados, premios recibidos y euros ganados.

No pasa nada si uno no rentabiliza un pedazo de su vida, en serio.

No importa lo que diga esa presión que flota en el aire como el peso de los rumores y el qué dirán de los pueblos pequeños, siempre ahí. No pasa nada si uno esconde lo que hace (yo lo hago) porque quiere evitarse los típicos comentarios insufribles y las preguntas que no tienen nada que ver con lo importante.

Nunca voy informando de lo que hago o lo que no, lo que escribo o lo que no, lo que gano o lo que no. Al fin y al cabo, yo tampoco entiendo al mundo y al mundo también le molesta que, cuando exhibe como una medalla de honor el estar siempre ocupado con mil cosas «productivas», yo le pregunte:

«¿Y para qué?».