«Hacía tiempo que no veía una escritura tan brillante», «esto parece escrito por un crío de cinco años», «me enamoro al leer«, «menudo bodrio«, «escribes genial» y «no entiendo nada».

Todo esto y muchas más lindezas me han dicho cuando me han leído y se refieren al mismo texto.

Alguien más sabio que yo me dijo que no me creyera ni lo uno ni lo otro y yo procedí a hacer con los consejos lo que hago, que es escuchar sólo la parte que me interesa y la otra la tergiverso.

Perdimos la luz de los viejos días está ahí en el umbral de la puerta y, tarde o temprano, alguien me dirá que le gustó y el siguiente que es mejor que no hubiera nacido (a eso sí puedo apostar el par de euros que reciba de royalties).

Ya se sabe lo que se dice de las críticas, que es imposible apasionar sin que otros te odien. Y es verdad. También que es imposible gustar a todo el mundo. Y también es verdad. Las críticas, añaden otros, es lo único que nos hace mejorar.

Cierto, cierto, los humanos somos así y aprendemos a golpes. Es verdad todo eso y mucho más, pero que sea verdad no significa ni soluciona nada cuando llegan.

Las críticas son inevitables, esa es una realidad como que hoy ha amanecido, es algo que forma parte ineludible del camino. De hecho, como tenemos un sesgo a difundir lo negativo, uno no se va a librar de que tarde o temprano venga alguien a decirte que eres un paquete, pues es lo que más inclinados estamos a compartir.

La única manera de que no te critiquen es acurrucarte en una cueva y quedarte muy quieto hasta que te mueras, pero en realidad ese mito de la caverna también es falso y, aunque hagas eso, va a venir alguien a decirte que estás haciendo mal lo de la posición fetal.

Para saber qué hacer en algo suele ser sabio acudir a los más sabios y ver qué hacen ellos.

Hace un tiempo ya hablé en otra parte de cómo escritores legendarios se tomaban las críticas y puedo resumir ese artículo enlazado en muy pocas palabras. Incluso los que eran y se sabían mejores las llevaban fatal, y hubieran colgado por los pies al que la hizo para luego desangrarlo en día de matanza.

Es así, somos humanos y hasta los genios lo son. Supongo que uno no puede abstraerse de las críticas negativas, que nunca te van a gustar y que la diferencia está en la dignidad con la que disimulas.

Y sí, sé que hubiera quedado más bonito un artículo de compromiso mintiendo sobre lo maravilloso que es que te digan que eres un penas en lo que haces.

La paradoja de todo esto es que, como somos mucho más básicos de lo que nos pensamos, la exposición a las críticas es la única manera de soportarlas mejor y que importen menos.

Uno se endurece a las críticas como a la fobia a la oscuridad o a las arañas, por pura exposición y formación de callo. La conclusión final es que no te puedes librar de ellas ni de que escuezan, pero sí de que lo hagan menos con el tiempo y tras haber recibido unas cuantas.

También es cierto que, como dijo alguien que me enseñó bastante: «La ausencia de malas críticas es señal de que no has llegado demasiado lejos».

Y dicho eso todos sabemos dónde va a acabar esto: en una historia sobre Hemingway. Yo soy como el abuelo Cebolleta pero por transitividad, yo cuento historias de cuando Ernest estuvo en la guerra y no de cuando estuve yo.

Una tarde de agosto de 1937, Ernest Hemingway entró a grandes pasos en las oficinas de Charles Scribner, su editor en Nueva York. En cuanto llegó cogió un libro y con él le cruzó la cara al escritor Max Eastman, que resultó estar presente allí. Después de eso se abrió la camisa, mostró su pecho peludo y le dijo a un estupefacto Eastman que mirara el vello que había allí y le dijera si era falso.

Esto podría ser pura leyenda, pero así lo narró el New York Times de la época.

De acuerdo a la crónica, Hemingway persuadió a Eastman para que se abriera también la camisa y el Nobel procedió a comentar y comparar lo poco peludo que era el otro. Eran otros tiempos y más gloriosos sin duda.

El motivo de semejante escena no fue otro que la crítica que Eastman había escrito para el New Republic sobre Muerte en la tarde, crónica en ensayo de Hemingway sobre las tradiciones del toreo en España.

Eastman no paró de picar a Ernest en su reseña diciendo que la única cosa simple en el libro era el propio Hemingway y que su estilo literario era el equivalente a «llevar falso pelo en el pecho».

Y esa reseña apenas la había escrito cuatro años antes de que Hemingway demostrara que la palabra es más fuerte que la espada, a base de estamparla en el rostro de su crítico.

Aquel encuentro no fue suficiente para Ernest, que era como un perro con un hueso.

En una entrevista posterior dijo que si Eastman tenía confianza en sus habilidades, pagaría todos los costes médicos y legales, más 1000 dólares a cualquier organización benéfica que Max Eastman quisiera y los dos entrarían en una habitación.

Allí, Eastman podría leerle el libro y especificar las partes que no le gustaban y luego… cito:

Bueno, luego el mejor hombre abrirá la puerta.

Así que supongo que la moraleja de todo esto es que esa es la forma madura de afrontar las críticas.