Mi madre y otros bienintencionados siempre me dijeron que me dejara de historias, literal y figurado, que me dedicara a algo útil en lugar de vivir del cuento, literal y figurado.

Pero si algo he aprendido es que pocas cosas importan más que esos cuentos. Que los que mueven los hilos entienden que no hay nada más poderoso que una historia.

La guerra siempre se ha hecho con narrativas y la guerra nunca termina, se puede ver cada día. En los telediarios, los periódicos y las redes se pelea constantemente por imponer una historia sobre otra.

Si quieres que alguien se cargue a un semejante, no le digas simplemente que es malvado y se lo ordenes, eso no funciona. Cuéntale una historia de cómo ese otro le está quitando todo, cuéntale otra de cómo tiene la culpa de su situación y cuéntale que hará cosas horribles a las personas que quieres. Tendrás que ir poco a poco, pero de historia en historia puedes hacer que camine hasta las atrocidades que nunca pensó que cometería, y luego todos nos preguntaremos cómo hemos llegado hasta aquí.

Otra vez.

La verdad es opcional, un asunto incómodo, mejor dejarla en paz, porque la verdad pocas veces hace una buena historia.

No he sido nunca un nostálgico, de hecho, es al contrario. Cada vez que esa nostalgia asoma las orejas, ya sé que me quieren vender algo y nunca es bueno. A veces es casi inofensivo, como una serie de televisión queriendo tapar su mediocridad, pero otras veces es algo más siniestro. Con el tiempo, he desarrollado una tirria especial por esas narrativas que tratan de vendernos la mentira de que algún tiempo pasado fue mejor, es una de las historias favoritas de quienes las usan como armas.

Ningún pasado ha sido mejor bajo ningún indicador objetivo, es sólo que éramos jóvenes y nos quedamos con lo bueno olvidando lo malo. Nuestro «sistema inmunitario emocional» funciona así, es nuestra forma de seguir adelante.

Pero esa historia es demasiado poderosa, por eso se usa la nostalgia una y otra vez, mientras suena la caja registradora o algo peor.

Esto no significa que el ahora esté bien. Nos queda mucho y, de hecho, uno de los principales problemas es, precisamente, que hoy hay demasiadas historias.

No me refiero a que se publiquen demasiados libros y la mayoría acaben como en Farenheit 451. Me refiero a que hoy día existe tal abundancia de historias por todas partes, que uno puede escoger la que desee para justificar lo que cree o quiere creer, para legitimar sus errores, apoyar sus creencias disparatadas o perpetuar diferencias artificiales.

El problema de que haya tantas historias es que somos humanos y, por eso, escogeremos la que deseamos creer, no la que se acerque a la realidad o necesitemos para crecer.

Me parece terrible y muy instructivo, fascinante si te consideras un contador de historias, porque esta situación actual revela mucho sobre ellas y sobre nosotros.

La gente quiere tener razón, que confirmen sus sospechas, que alivien sus temores y justifiquen sus errores.

Si quieres tener en tus manos a esa gente, tienes que contar historias que hagan todo eso, que absuelvan, pero no sólo, también han de poner la culpa en los demás o decir que alguien nos quitó aquellos buenos tiempos.

Muchas veces no puedes creer que sea tan sencillo, que la historia no necesite todo eso con lo que nos machacaron al aprender el arte, como coherencia o personajes desarrollados, pero es que la naturaleza humana no ha cambiado en miles de años. Seguimos siendo cavernícolas con iPad. Cuarenta y ocho horas sin WiFi, agua o electricidad desvelan enseguida nuestra naturaleza, nos llevan de verdad a esos tiempos pasados de tribu y lanza en los que comprobar que, efectivamente, la de los idílicos tiempos pasados era sólo otra historia que nos contaban.

Los escritores siempre hemos sabido, viendo la mesa de novedades de El Corte Inglés, que no hacía falta que la historia fuera buena.

De hecho, las complejas, las que tratan de explicar la verdad, ir más allá, recordar los matices y no caer en lo maniqueo, quedan en un segundo plano, hasta que acaban en el sótano de ese Corte Inglés esperando al camión de bomberos.