Comienza el año con objetivos renovados, esta vez sí.

2020 ha sido lo que ha sido, pero en el 21 se abre una esperanza o queremos verla como sea. Quién sabe si tienen razón los que dicen que nos esperan otros felices 20, otra vez la eclosión del arte cuando esto pase, las fiestas de Gatsby, un charleston que bailar y vivir hasta las tantas como si se acabara, porque nos habrá parecido que así era.

Saborear bien esos 20 por si la historia se repite del todo y después ya sabemos lo que viene también.

Quizá otro año nos hemos puesto esa meta de acabar el libro que no hay manera, de publicar algo por fin, de ponernos en serio con la escritura, presentarnos a más concursos, levantarnos más temprano y muchas otras cosas, esta vez sí.

Pero es probable que, en vez de otro objetivo más que añadir, lo que necesitemos sea un respiro.

Especialmente porque, a veces, en esto de escribir nos obsesionamos y está bien, pero lo hacemos por las cosas equivocadas que no tienen que ver con ella. Nos obsesionamos con publicar, pero eso no basta y nos obsesionamos con vender, pero eso no basta y nos obsesionamos con ser famosos en la red, pero eso no basta y a Gómez Jurado le han dado un programa de televisión o algo así me dijeron (no sé por qué pensaron que me interesaba la noticia) y… Y el cuento que nunca se acaba.

Pero lo que hemos acabado es otro año y en muchos casos nada de eso se ha materializado. Y si somos de los que nos machacamos por no conseguirlo y pensamos que hay que apretar los dientes y esforzarnos aún más, quizá lo que necesitemos sea lo contrario. Darnos ese respiro y recordar que, si estamos en esto, es porque sentimos la necesidad de expresarnos de manera honesta.

Nada más.

Pero en ese espíritu de honestidad, lo cierto es que pocos entramos en este camino con una intención tan pura y sin expectativas en la mochila de viaje. Y como nos venden que es el trabajo duro y la resistencia lo que cuenta, pensamos que la solución es redoblar esfuerzos.

Pero para muchos de nosotros, eso sólo significa redoblar el cansancio y quizá llegar hasta el hartazgo.

Arrojada al mundo, he sido sometida a sus leyes y contingencias, regida por otras voluntades que no son la mía, por la circunstancia y la historia. Es por tanto razonable que sienta que yo misma soy contingente.

Eso escribió Simone de Beauvoir y resume perfectamente la realidad: la mayoría de cosas ya nos vienen determinadas por el azar y la suerte que han construido nuestro contexto.

De eso depende casi todo y hay pensadores que, no sin razón, borran el casi y alegan que, en realidad, la suerte es lo único que cuenta y todo está escrito.

Es razonable, como en el caso de Beauvoir, sentirse un poco como una marioneta, cuyos movimientos y acciones están restringidos y motivados por cuerdas ajenas.

Esto no es una excusa para bajar los brazos, pero sí es un motivo razonable para quitarnos presión.

Porque no, aunque son importantes, no todo depende del trabajo duro y la resistencia. Nadie trabajó más duro que mi padre y el premio fue una pensión mínima y un cuerpo roto.

La presión por hacer más cosas con cada minuto de nuestro tiempo, estar más delgados, sonreír a todas horas y perseguir lo que nos dicen que es la felicidad y el éxito es brutal. Pero todo es falso y para lo de siempre, vendernos, vendernos cosas y a nosotros mismos.

Ha emergido toda una industria de nueva autoayuda y gurús de pacotilla que es irrespirable, con sus 10 sencillas tácticas para ser increíblemente productivo y sus 7 consejos infalibles para ser feliz.

Prosa de mierda para pie de foto falsa.

Basta ya, no es real. Lo que proponen no es posible y sólo causa frustración y son vendedores de algo que no tienen. Hay una especie de porno de la productividad total y felicidad perfecta que resulta muy perjudicial y deprimente.

Pero comienza 2021 y quizá nos hemos vuelto a comprar una agenda y nos hemos apuntado a cosas y hemos hecho propósitos para que, esta vez sí, sea nuestro año. También es muy probable que, de todos modos, esos buenos propósitos se queden en la cuneta de camino a febrero, como siempre.

Para mí, quitarnos esa presión no significa eliminar los objetivos, sino todas esas expectativas que tienen pegadas como sanguijuelas.

Yo ya sé lo que quiero ver completado antes de que acabe el año. A partir de ahí, trataré de esforzarme en lo que pueda controlar, haré más de lo que me funcionó en 2020, seguiré mi rutina y, sobre el resto, no puedo forzar la mano de la suerte, como mucho tener algo escrito cuando pase por mi puerta.

Si es que pasa, que no tiene por qué hacerlo ya que ella va y viene a su capricho.