Ah, la imagen de abandonar las cadenas del mundo real, del trabajo diario que te faculta para criticar a los lunes en Twitter… Te levantas de la silla, barres con una mano lo que hay en la mesa y te subes para proclamar tu libertad.

Tus compañeros te miran como a un loco, pero los locos son ellos.

Tu jefe viene a aplastar tus sueños (para eso le pagan, ¿qué va a hacer?) pero ya no tiene poder. Porque te vas de allí, porque perseguirás tus sueños, porque te vas a dedicar solamente a escribir, ya que has creído a todas esas nociones de que, si sigues lo que amas, lo demás (el maldito dinero) viene por añadidura. Esas tonterías han excavado su túnel hasta el centro de tu cerebro, como los parásitos destructores que son. No seas yo, he probado el caramelo y es amargo.

No lo dejes todo por escribir cada día y ya está.

Suena bien, suena como lo mejor del mundo: mañanas al sol, páginas llenas y cadenas rotas. Esa sensación, en realidad, es la de que te vas a morir de hambre tú y vas a matar a tus ahorros de paso y, además de dejar todo ese reguero de muertes, no serás mucho mejor escritor que si siguieras en tu trabajo y practicaras cuando pudieras y cuanto pudieras.

En serio que no, porque si has de escribir, vas a hacerlo igualmente.

La mentira que más nos gusta contarnos…

Es la de que podríamos hacer lo que quisiéramos al fin si la condición X se cumpliera. Si no tuvieras ese maldito trabajo de diez horas, si fueras rico, si no hubieras traído al mundo a dieciocho hijos y un loro, porque no pusiste medios y para una vez que robas, tuvo que ser una tienda de animales (nada basado en hechos reales).

La realidad es que todo eso son excusas para no enfrentarnos a la incomodidad que supone hacer lo que tenemos que hacer.

Los escritores somos expertos en contar cualquier cuento con tal de no ponernos a trabajar, porque escribir no es maravilloso siempre y esas mañanas al sol amanecen nubladas más veces de las que nos cuentan las películas. Porque escribir es que lleves dos años ya intentando domar doscientas páginas de mierda y no hay manera (nada basado tampoco en hechos reales).

Eso es la escritura real, no la de las películas, que no muestran nunca nada cierto: ni la noción del arte, ni la de la muerte, ni la de las peleas ni de cómo habla alguien por teléfono siquiera (¿quién cuelga así, sin despedirse nunca?).

Pero queremos creer en esas historias, porque esa es su magia, y empezamos a confundir fantasía y realidad, a creer en La, La, Land (gran película, terrible mapa para la vida, como tienen que ser las buenas historias).

No importa que se dé una condición u otra en tu vida. Si tienes que hacerlo, si eres de los que lo hace, escribirás a pesar de los 18 vástagos y el loro. Y da igual que tengas millones, que el que no lo va a hacer, el que es un aficionado o «juega a ser escritor» en vez de serlo, no se va a poner ni con todos los días de su vida por delante.

Es más, ocurrirá lo contrario, cuando tienes todos esos días por delante, precisamente te sentarás menos porque siempre puedes decir que mejor ya te pones mañana, total, no tienes otra cosa que hacer excepto escribir.

Todo es una cuestión de energía

Dejarlo todo para dedicarse a escribir no funciona porque, aunque tengas 12 horas por delante sólo para escribir, la realidad es que vas a hacerlo más o menos lo mismo que si sólo tienes una o dos.

¿Por qué? Ya lo dije hace tiempo así que no me repetiré mucho. Porque escribir no es una cuestión de tiempo, sino de energía.

Teniendo todo el tiempo del mundo te pones, y a la hora necesitas descansar ya, y a las dos horas de buen trabajo estás tan seco que da igual que te quedes sentado cuatro más. Raramente saldrá algo bueno, porque no queda gasolina dentro.

Necesitas hacer otra cosa o ninguna. Eso y que, si te pones un reloj y mides exactamente el tiempo que tecleas y el que ves gilipolleces en Facebook, te darás cuenta de que, de esas 12 horas con el culo cuadrado, 10 han sido mirando gatos y comprobando que los del instituto siguen siendo idiotas perdidos. Pero ya se sabe, que siempre viene alguien a decirte que ese tiempo cuenta, que se llama «documentación», ignorante.

Documentación, la excusa favorita del escritor (junto con leer consejos sobre cómo escribir) para no poner ni dos palabras y decirse que ha hecho algo por su arte. ¿Trabajo efectivo y real? Je.

En serio, no uses uno de esos sistemas de análisis de tiempo mientras estás ante la pantalla del ordenador si no quieres deprimirte y darte cuenta de lo mucho que te mientes.

Los tiempos pasados nunca fueron mejores

Para manipular a la gente, nada como usar el argumento de la «Arcadia perdida».

Mira Trump y tantos otros. La «Arcadia perdida» es el eterno soniquete de que tiempos pasados eran mejores. Antes no estábamos pendientes del móvil, éramos más educados o los escritores se dedicaban a eso, a escribir todo el día todos los días, no a cambiar papeles de sitio en una oficina. Entonces el arte se respetaba, pero hoy la vida moderna mata la creatividad y no hay manera, mira qué jornadas laborales o cuánta distracción. Si piensas eso, es que no te has preocupado de mirar ni siquiera un poquito la biografía de tus ídolos, o comprobar si es cierto lo que crees.

Si piensas que los tiempos pasados eran mejores, tampoco has abierto nunca un libro de historia, al parecer.

Scott Fitzgerald escribía eslóganes para anuncios de autobús, mi querido Jack London era pirata de ostras y se llenaba de barro hasta la cintura por la noche robándolas.

No, en serio, al menos podía decir que era pirata.

Hemingway era periodista y chupaba como un vampiro del fideicomiso de su mujer, mientras que su némesis Faulkner estaba repartiendo cartas (y Vonnegut era vendedor de coches, además de la existencia de un asombroso número de escritores-conserjes).

Porque ese es el secreto, los pocos que escribían todo el día bajo el trino de los pájaros solían venir de familias ricas o, en casos radicales, optaban por morirse de hambre o cirrosis.

Si quieres escribir, lo harás independientemente de las circunstancias externas, no tienes que dedicarte únicamente a ello. Y sí, vas a tener que sacrificar muchas cosas, eso es lo que ocurre en realidad cuando nos quejamos, que no estamos dispuestos a hacerlo.

Cervezas con los amigos, horas de sueño, la cordura (total qué más da…) tienes que dejar muchas veces eso, pero no hace falta que lo dejes todo. De veras que si sientes que tienes que escribir y forjas la disciplina que hace falta, lo harás igual con tu trabajo diario y tus obligaciones.

Y tendrás tres comidas diarias y más de cuarenta y siete euros en el banco.

Come tú y que no te coman las fantasías, que son sirenas irresistibles y sonríen con colmillos.