Las puertas del Yann, ilustración de Patricio Bertacchini

Las puertas del Yann, ilustración de Patricio Bertacchini

Recuerdo con cariño la vieja edición de Los mitos de Cthulhu de Alianza y la estufa de leña de mi abuela, con la panza al rojo vivo para que el invierno se quedara afuera. Recuerdo Días de ocio en el país del Yann de Lord Dunsany y el poder que tienen las buenas historias.

Recuerdo el viajero por el río, la languidez y la nostalgia que transmitían aquellos párrafos, la enorme riqueza del mundo en las márgenes del Yann, que disparaba mi imaginación hacia todas partes al lado de aquel fuego.

Recuerdo poco en general, pero eso sí.

Las historias inspiran, mueven y transforman. Días de ocio me transmitió la sensación de poder tumbarme a mirar el cielo, bajo un sol benévolo y un río que descender sin esfuerzo. Pararte y dejarte llevar, que nadie te espere, que las obligaciones no encuentren el camino a un mundo de maravillas y sueños a izquierda y derecha. Descansar sin otro objetivo que observar a tu alrededor y disfrutar el viaje. Sin el peso de lo que fue o la ansiedad por lo que será.

Sigo buscando sin éxito lo que contaba aquella historia.

Así que he ahí esa sensación tan contraria a recostarse en las hamacas de la cubierta del Pájaro del río. He ahí el no llegar a todo lo que quiero hacer (y leer y ver y disfrutar), la nostalgia por las cosas que no veré, la lista de tareas que no se acaba y que, cuando lo hace, no marcan una diferencia y no te preocupes, hay miles de pequeñas obligaciones adicionales esperando su turno.

He ahí la sensación de correr cada día con la sospecha de que estoy en una rueda de hámster.

Es por eso que me propuse escribir cada mañana temprano, antes de que la rueda se despertara y empezara a girar. Antes de que los demás se desperezaran y pudieran empezar a exigir. Teclear cuando las pequeñas y odiosas obligaciones aún durmieran. Es verdad que la mañana es el mejor momento para escribir, cognitiva y contextualmente, pero en realidad, cuando empecé a hacerlo no conocía todos esos motivos que busqué luego para darme la razón. Simplemente, un día supe que no podría ser un viajero despreocupado en la cubierta de un barco de madera, llevado a buen puerto por el río. Siempre quise ese momento en el que por fin pudiera bajar los brazos, tumbarme y descansar, ese momento en el que me dijeran: «Ya está, has hecho todo lo que debías. A partir de aquí, corriente abajo y con la única tarea de mirar las nubes con las manos detrás de la cabeza».

De todas las cosas fabulosas que Dunsany cuenta en su relato, de todos los dioses olvidados, los animales fantásticos y las ciudades mágicas que bordean el Yann, en realidad lo que menos existe de ese relato es lo que se me quedó clavado, la llegada de ese momento en el que por fin puedes decir: «Ya está, lo único que queda es sentarme a disfrutar del atardecer».

Lo más parecido a eso es ser un niño con suerte y yo al menos lo fui en el sentido de que me di cuenta, durante aquellos años, de que eran los mejores. Que todos los que tenían ganas de crecer se equivocaban, que en realidad no estaba leyendo Días de ocio en el país del Yann, lo estaba viviendo, al menos lo más parecido a lo que uno puede aspirar si tiene ese poco de suerte cuando es un crío. Estaba sentado al lado de aquella estufa de leña, pero en realidad estaba a bordo del Pájaro del río.

Eso es lo que hacen las historias que merecen la pena.

El problema de los buenos tiempos es que pocas veces nos damos cuenta de que los estamos viviendo. Y yo no sé cuántas victorias tendré en el marcador cuando acabe esto, pero al menos esa sí.

Incluso cuando hace mucho que dejé de ser un niño, y a pesar de ese cúmulo de obligaciones que llega cuando soplas cierto número de velas, sé que días como estos, en los que he escrito y después veré cómo rompe el alba con un café caliente, son los que echaré de menos. No todas esas riquezas que no tuve, ni esos coches ni esas casas. Mi nostalgia será para los pequeños momentos cotidianos y eso se lo tengo que agradecer a Lord Dunsany.

Ese es el poder de una historia.

Así que me tengo que ir, a que los pequeños momentos no pasen por mi lado como el paisaje borroso de una ventanilla de tren que no miras.