«El amigo de un amigo…», muchas historias falsas empiezan así, pero esta es cierta.

El amigo de un amigo comentó que iba a publicar un libro, que siempre había querido hacerlo. A él siempre le había gustado escribir, lo había hecho desde muy chiquito y todos esos tópicos. Así que quería imprimir unos ejemplares en alguna imprenta y repartirlos entre conocidos.

Y en la conversación que mantenían, este amigo le habló a su amigo de mí, de algunas charlas que habíamos tenido sobre el proceso creativo y esas cosas. Las pocas veces (ya ninguna) que hablo de escritura con alguien, comento lo de hacerlo cada día, retocar mil veces, que la buena escritura es cuestión de millones de iteraciones a partir de una mierda inicial.

Todos hemos visto esos misiles guiados por láser, con qué precisión se ensartan en el corazón de su objetivo. La cuestión no es que una supercomputadora haga un cálculo perfecto, sino una ilusión de.

La cuestión es que el proyectil va recogiendo datos durante todo el camino y va corrigiendo su trayectoria constantemente. Es decir, se equivoca mil veces y corrige mil y una, dando en el blanco.

Escribir es eso, y perdón por otro tópico, porque odio los tópicos con toda el alma en la que no creo, pero: «Escribir es reescribir».

Pues al parecer para el amigo del amigo no, y quizá pensó de mí que yo no era un verdadero artista.

Él escribía, repasaba un poco por encima, por si se había colado esa maldita uve donde iba una be, y ya. Perfecto.

Golpe de inspiración y obra maestra, porque así es como lo hacen los buenos.

Y que si alguna vez releía, por supuesto no creía que hiciera falta corregir nada. La pasión mal entendida respecto al arte crea monstruos. Los mitos que suenan bien, como pensar que en un arrebato de genialidad viene la musa, guía tu mano y sale perfecto, crea eso.

Las películas potencian el mito porque es bueno para el drama: el escritor atascado tiene por fin una epifanía y una botella de whisky, y tras tanto tiempo, una noche empieza a fumar y teclear en su máquina de escribir. Cuando llega el alba, tira de la última hoja en la máquina, la pone sobre un montón ya escrito y ha surgido «la obra».

Pensar que por escribir somos genios, artistas, especiales, poseedores de un don…

Ay, lo que somos es humanos. Necesitamos sentirnos de alguna manera especiales, como mecanismo de protección psicológica para soportar que somos nada flotando en una piedra en medio de un gran vacío. Artistas, elegidos del dios de turno, espíritus encarnados en un cuerpo, lo que sea excepto la verdad, que es demasiado prosaica, así que necesitamos inventar alguna historia mejor. Para eso están, ¿no? Para evadirnos de lo real.

Queda peor decir que la escritura es sentarse y sangrar (ya tuvo que salir Hemingway) o que esa página que parece decente es el intento número mil de ensartar el corazón de lo que pretendemos. Personalmente siempre he estado interesado en cómo lo hacían «los buenos», léase, «los que admiro». Pues bien, en todos y cada uno estaba esa labor, de poda, de repaso, de haberlo intentado cien veces hasta que han creado algo que sólo puede haber salido de un genio natural y a la primera. Pero es sólo la ilusión de.

¿Qué película quiere retratar ese aburrimiento? Supongo que es mejor mantener la noción del artista genio. De ese entre un millón que lo hace bien a la primera y no necesita practicar, ni disciplina, ni rutina, palabras muy malsonantes hoy día.

Hay que presentar una cierta fachada, que el trabajo duro nunca vendió, vende, ni venderá; en la escritura ni en nada.