Este lugar es el refugio de mis divagaciones. Quizá, por eso, algunos piensan que la diatriba semanal me lleva apenas 15, puede que 20, minutos de escritura. Vomito bilis, la extiendo por todas partes y digo que se parece a un cuadro de Pollock, fácil.

La realidad es que el tiempo que empleo suele ser muy variable, pero siempre está más cercano a las varias horas que a ninguna.

En serio.

El primer borrador, a veces y en los días buenos, puede emplear poco tiempo, el «ligero» inconveniente es que no se entiende. Y no es una forma de hablar, la mayoría de las veces es literalmente incomprensible.

Así que comienza el proceso de reescritura.

En una mezcla de poda, caza de erratas y cambios monumentales, el contenido pasa por innumerables diversas iteraciones. Ni qué decir tiene que ese procedimiento se multiplica demasiado cuando se trata de escribir ficción.

Una y otra vez, una y otra vez, intento encajar las piezas y no sale. Entonces llega el momento en el que decido que no puedo más y, o lo borro o lo publico, pero como lo toque de nuevo, las venas de la muñeca se ponen a temblar.

Una gran obra (que no estos escritos) es un conjunto de muchas ideas, surgidas en un tiempo distinto y a partir de otras ideas que, en gran parte, pueden ser estúpidas la primera vez que afloran. Sin embargo, tienen un papel primordial, generar las ideas buenas.

La mayoría de esas buenas ideas no viajan en un rayo de luz desde el cielo. Son el producto de pequeños pensamientos, uno encima de otro, entremezclados, conectados de maneras inverosímiles que, al principio, no pensabas que fueran así.

Las epifanías no existen, no hay un gran momento que vaya a cambiar la vida, no hay noches de escritura interminable, de café, whisky y musa como en las películas, que terminen con un amanecer dorado y un manuscrito limpio. No existe la inspiración total que te lleva en volandas de principio a fin de la historia.

El proceso creativo se parece a la imagen de abajo, en caso de parecerse a algo, porque, francamente, me parece poco enredado.

El proceso creativo, dibujo de William Cho

El dibujo no llega a representar bien los constantes saltos, tachones y giros hacia ninguna parte. Tampoco el viaje en la montaña rusa de: «Esto es genial» y «Me quiero morir, ojalá nadie descubra esto».

Y lo retocas, lo cambias, lo retocas, lo cambias, lo abandonas, lo recoges de nuevo porque los llantos en el cajón no te dejan dormir… Cuando terminas, el producto final no se parece en nada a lo que empezó siendo.

Este escrito, tan simple y tan breve, ha pasado por ese camino y numerables iteraciones hasta convertirse en lo que es. Que no sé si es bueno, pero sé que debe acabar aquí, y no porque esté bien, sino porque otras cosas ya exigen tributo y señalan al reloj.

Cuando alguien dijo que escribir es, en realidad, reescribir, no mentía.