Un chaval, digamos que se llamaba John, vestía, digamos que por una apuesta, una ridícula camiseta del cantante Barry Manilow cuando entró a esa habitación llena de extraños.

En serio, absurda y diseñada por su peor enemigo. Al abrir la puerta del aula, todos los asientos encaraban hacia él y tuvo que caminar bajo un montón de miradas hasta ocupar el suyo. «Menudo ridículo», pensó, «todo el mundo, incluyendo esas chicas guapas de la primera fila, me han visto con la maldita camiseta».

Todo ese fastidio mental, todo ese rumiar en su cabeza fue tan humano…

La cuestión es que no era una apuesta, era un estudio, en el que participaban John y muchos más.

A John le preguntaron después que cuántas personas creía que se habían fijado en él al entrar. Teniendo en cuenta que semejante vestimenta podía verse desde el espacio, dijo que al menos la mitad. Fue una cifra similar a la que comentaron los otros que participaron también en el estudio.

Cuando se recogieron los datos reales, la cifra estaba más bien cercana al 20% de personas que se habían fijado en la camiseta con la jeta de Manilow.

Cuando se volvió a preguntar poco después, esos que se habían fijado ya ni se acordaban. No le habían dedicado apenas tiempo y energía a pensar en el tema, y eso que hablamos de algo reseñable y ridículo. Los que perpetraron ese y otros estudios (Thomas Gilovich, Kenneth Savitsky, Victoria Medvec y Thomas Kruger) lo llamaron Efecto foco, la tendencia, tan humana, a sobrevalorar la atención y el tiempo que los demás ponen en nosotros.

Somos tan malos calibrando eso, como muchas otras cosas que tienen que ver con el resto de personas y lo que pasa dentro de ellas. La realidad es ésta: nadie piensa en nosotros, pues todo el mundo está muy ocupado consigo mismo.

La realidad es que nos preocupamos demasiado de qué piensan los demás, cuando los demás están rumiando qué pensarás tú de ellos. Los humanos somos así, egocéntricos por naturaleza, creemos que somos el centro de atención, y no somos nada.

¿Y qué tiene que ver eso con la escritura?

La buena escritura tiene que ver con la vida, la muerte y todo lo que hay en medio, así que mucho. Pero, por ejemplo, esto tiene que ver con la atención que como escritores podemos generar en los demás. Siempre va a ser mucho menor de la que nos figuramos.

Creemos que todo el mundo está atento a ese tuit que anuncia la novela, pero no.

Creemos que todo el mundo está esperando la salida de nuestra próxima fechoría literaria pero, si acaso, serán unos pocos, siempre menos de los que imaginamos.

Vivimos absorbidos por nosotros mismos, pero resulta que los demás también. Y muchas veces nos sorprendemos de que nadie nos haga caso, cuando nosotros somos los primeros que sólo sabemos decir: «yo, mí, me, conmigo». Si hay un drama, no es el de que todo el mundo nos esté mirando y señalando con el dedo, es el de que somos insignificantes, en lo bueno y en lo malo. Y esos instantes en que no lo somos, tampoco importan mucho, pues enseguida nos olvidan. Aquella vez que hiciste el ridículo ante quien te gustaba, aquel fracaso y aquel éxito… En realidad nadie miraba y nadie se acuerda.

Twitter siempre me ha resultado un experimento fascinante de cómo se mueve una masa y cómo somos realmente. Son un montón de monólogos que a veces se tocan y luego siguen hablando solos, como diatribas de loco. Y que nos abríamos el pecho por el ébola, ¿os acordáis? ¿Y Siria? ¿Y la idiotez de mojarse por el ELA que nadie entendió?

No había que mojarse, había que donar. ¿Dónde está todo eso tan importante? Sigue ahí, es sólo que el foco dura poco incluso cuando lo podemos poner sobre algo. Pronto necesitamos alguna cosa nueva sobre la que indignarnos como cruzados hoy, y olvidarnos mañana. La atención es el bien más escaso y se la disputan mil estímulos a nuestro alrededor, de modo cada vez más agresivo. Que si el móvil y sus pitidos, que si esa película que cree que debe hacer explotar algo cada pocos minutos a fin de llamar tu atención.

Solemos temer las consecuencias de las cosas que hacemos, pero la realidad es que el problema es el contrario. Casi nada de lo que hacemos llamará la atención.

Los demás no nos la están prestando, ni nosotros a ellos, la necesitamos para nosotros mismos, en un juego agotador de imaginar qué piensan los otros. En realidad no es triste, es liberador. Puedes hacer más de esas cosas que no te atreves, total, no van a importar. Y no, este artículo tampoco.