Stephen Sondheim es compositor y letrista, una de las figuras más importantes del teatro musical del siglo XX, cumplirá noventa y un años en diecinueve días. Un Premio de la Academia, ocho premios Tony, otro Tony Especial, ocho premios Grammy, un Pulitzer, la lista es interminable para el creador de las canciones de West Side Story o Sweeney Todd.

Nada mal para un chico institucionalizado, de madre abusiva y abandonado por su padre. Nada mal para el arte, capaz de convertir todo ese sufrimiento en algo mejor gracias a su alquimia.

Es obvio que lo que tenga que decir Sondheim es mucho mejor que lo que pueda decir yo, así que:

Existen sólo tres principios necesarios para un escritor lírico, todos ellos obviedades familiares. No me resultaron aparentes de inmediato cuando empecé a escribir, pero empezaron a hacerse claros ante mí a través de la enseñanza de Oscar Hammerstein, el pequeño gran libro Los elementos del estilo de Strunk y White y mis propios sesenta y un años de practicar el oficio. No siempre he sido lo bastante hábil o diligente para seguirlos tan fielmente como me hubiera gustado, pero son la base de todo lo que he escrito. Sin un orden particular y para ser grabados en piedra…

El contenido dicta la forma.

Menos es más.

Dios está en los detalles.

Y todo ello está al servicio de la claridad, sin que nada más importe.

El concepto de que el contenido dicta la forma es muy interesante y, aunque no seamos escritores líricos, no importa. Merece la pena entender bien qué significa y los efectos que puede tener no seguir esta premisa o, peor aún, darle la vuelta poniendo el carro antes que el caballo, de manera que la forma dicte el contenido.

En el caso de la prosa, que es el patio de mi recreo, uno puede pensar: «tengo que hacer una novela». O bien, «voy a crear un relato del género tal o cual».

En esos casos, el contenido dicta la forma.

O bien te empleas en uno de esos ejercicios de futilidad llamados «analizar tu mercado para darle lo que quiere», de manera que ese supuesto estudio de marketing dicta lo que ha de escribir, porque al parecer es lo que la gente quiere leer. Así que debe encorsetar lo que lleva dentro en los límites de una novela (porque los relatos no se venden), que además tenga intriga, un malvado carismático, también un giro final y lo que haya determinado ese ejercicio de futilidad leyendo mentes.

Y de nuevo la forma va primero y dictará como un molde el contenido que vuelques sobre ella.

Pero la verdadera pregunta es otra: «¿Qué quiero expresar realmente?».

¿Qué mensaje quiero transmitir? ¿Qué necesito sacar de mí antes de que sea tarde?

Y hasta que uno no se pone con ello, la verdadera naturaleza y forma de esa creatividad no queda clara, porque la escritura revela lo que quieres decir de maneras que no es posible anticipar hasta que te pones y toma vida propia.

A lo mejor es esa novela porque sigues teniendo cosas que decir, o queda en un relato que menos mal que no has estirado, o te das cuenta de una vez de que no importa lo que supuestamente quiera leer alguien. Importa lo que tienes que decir y que, si es realmente honesto, quizá encuentre a otro que necesite escucharlo.

En esos casos, la forma queda supeditada al contenido como debe ser, el arte le ha dado la adecuada, la obra ha crecido con la libertad para expresarse y ser exactamente lo que pretendía. Con suerte, lo hará siempre al servicio de la claridad, pero esa es una asignatura pendiente y tema para otro día, así que mejor no me extiendo.

Lo otro es la cadena de montaje, la subversión del propósito del arte en favor de… No sé de qué, la verdad.