He hablado varias veces aquí mismo del bloqueo del escritor. El verano pasado, sin ir más lejos, comentaba cómo en parte es un problema de querer hacer dos cosas a la vez: escribir y editar (o escribir y censurar). Eso no sirve, o estamos a una cosa o estamos a la otra.

Pero el bloqueo del escritor tiene más aristas y hoy me gustaría comentar otra, relacionada con la tesis que siempre he sostenido a pesar de que más dos y cuatro han venido a decirme estos años, en esta web y en Twitter, que no tengo ni idea.

No tengo ni idea de nada, eso es verdad y cada día me doy más cuenta, pero esa bandera no se mueve de donde la clavé: el bloqueo a la hora de escribir no existe. Siempre tenemos cosas que escribir, la cuestión es si tenemos el coraje de hacerlo.

Porque ese bloqueo no es una cuestión de creatividad, ni de técnica ni de experiencia.

Todos tenemos dentro algo sobre lo que escribir: experiencias, emociones, anécdotas, ideas y ocurrencias… Y también dudas, miedos, vergüenzas, cosas que queremos olvidar, cosas que queremos comprender, pero no nos atrevemos a preguntar en voz alta ni compartir, por lo que desatan en nosotros y cómo nos hacen sentir.

Porque yo no sé los demás, pero yo tengo un suministro interminable de temores, recelos, traumas de todo tamaño y monstruos que parecen moverse en la penumbra. Temas hay de sobra, que queramos escribir sobre ellos o no es una cuestión muy diferente.

Voy a expresarlo de otro modo. Que me atreva o no a hacerlo es una cuestión muy diferente, porque de verdad que en gran parte ese bloqueo es cobardía.

Siempre tenemos algo de lo que echar mano, lo que pasa es que mucho de eso nos colocaría en una posición vulnerable, nos expondría, pero está bien porque esa es la esencia de escribir bien.

Hay quien dice que la escritura es la terapia de los que no podemos pagar a un profesional. Es posible también, porque siempre he creído y vivido que la escritura es la manera que, personalmente, mejor me ayuda a comprender las cosas, verlas desde otra perspectiva, averiguar lo que se me escapa cuando no pongo un asunto en negro sobre blanco.

Y ni qué decir tiene que, precisamente, esos temas que evitamos tocar son los que mejor nos harían escribir. Esos nos obligarían a sacar las emociones verdaderas que llevamos dentro y que casi nunca compartimos con los demás.

Eso hace que la escritura sea orgánica, verdadera y conecte con el otro, porque ese otro se ve reflejado. Puede que incluso aprenda algo o le ayude a soportarlo, lo que es genial, pero la escritura ya tiene valor por sí sola sin necesidad de que sirva para algo práctico. Bastante harto estoy de esa presión constante tan actual de que todo lo que hagas tenga una utilidad pragmática o te sea rentable. A esa mentalidad siniestra y destructiva, que la jodan porque lo arruina todo.

Lo mejor de la vida es precisamente lo que no se hace por eso, sino por amor incondicional, el que no espera nada.

Precisamente eso sobre lo que evitamos escribir suele ser lo que sacará lo mejor de nosotros. Porque son cosas importantes que nos remueven por dentro y estoy seguro de que las querremos expresar bien y tendrán esa emoción verdadera, la que corre siempre por debajo de la buena escritura.

Temas inofensivos producen escritura inofensiva y bastante llenas están ya de eso las estanterías, menuda plaga. Que me parece muy bien porque yo también escribo y leo eso, pero ya hay de sobra y no será de lo que estemos más orgullosos.

Si no te causa algo de apuro, probablemente no merece la pena escribirlo y el bloqueo por falta de coraje nos priva, precisamente de lo mejor que podemos dar.

Así que no, el bloqueo no existe, es un problema inventado con raíces inventadas. Porque quien no tiene traumas, dudas y miedos tampoco tiene una vida y, si de verdad es así, ese es un problema mucho mayor que el de no poder rellenar una hoja en blanco con nimiedades.