Estos días atrás he leído una excelente novela que, al parecer, participa en el premio literario de Amazon de este año (para los más curiosos, se trata de Las semillas del rencor, de Esther Magar y, aunque casi nunca recomiende nada, la recomiendo y mucho).

La cuestión es que, al terminar el libro, crucé unas palabras en Twitter con su autora, preguntando si ese concurso de Amazon seguía siendo uno de popularidad, como me suena que era.

Al parecer no es así, o no lo es tanto, dado que el ganador del año pasado no fue ni el más conocido, ni el más vendido, ni el más pesado con el yo he venido a hablar de mi libro. Hay un jurado y se valora algo tan etéreo como la «calidad», o algo así.

Casi al mismo tiempo, leí un artículo que mostraba que, en 2009, un 84% de británicos creía que el trabajo duro era esencial o muy importante a la hora de destacar, mientras que, en 2016, casi un 70% de norteamericanos pensaba que a las personas se las recompensaba por su inteligencia y habilidades.

La creencia en la meritocracia, algo extendido en todos los países.

Sucede que he empezado otra novela, que también participa en ese concurso y también me está gustando. ¿Cuál merece ganar? ¿De qué va a depender que lo haga una, otra o alguno de los muchos títulos restantes que también optan?

Mi madre siempre decía que sabe más el diablo por viejo que por diablo, y este viejo sólo sabe que el principal factor no va a ser la «calidad» de la que hablan las bases del concurso, sino la suerte.

No queda bien decirlo, pero si quieres tener éxito, es mejor que te saque a bailar esa suerte que la maestría.

Supongo que, a estas alturas, eso no resulta sorprendente. No creo que quede nadie de más de treinta que no sepa ya que el cuento de la meritocracia es eso, un cuento.

Eso sí, hay una excepción.

Si estás arriba y te ha ido bien, no piensas que sea un mito, claro. Repites a todo el que te quiera oír que el cuento es verdad, la demostración es que tú te lo ganaste porque trabajaste más duro que el resto y desarrollaste cualidades superiores.

La realidad es que, en ese contexto, hubo muchas otras personas que trabajaron igual de duro o más y, sin embargo, no lo consiguieron, lo que da fe de la fragilidad del razonamiento.

Los humanos tenemos la tendencia (estudiada y demostrada una y otra vez) a atribuir los éxitos a nuestra capacidad personal y los fracasos a la mala suerte, a factores externos que no controlamos. Las historias que nos contamos, como esa, son nuestra principal arma de autodefensa psicológica, algo humano y necesario para no volvernos locos.

Pero la realidad es que, como bien señala el economista Robert Frank, en su libro Success and luck: Good fortune and the myth of meritocracy, cuando se trata de éxito (y el efecto se acentúa conforme el éxito es más grande), el lazo entre el mérito de alguien y su resultado final es tenue (por decirlo de manera amable). De hecho, aunque exista, es siempre indirecto.

O resumido de otra manera:

En contextos competitivos muchos tienen méritos, pero pocos tienen éxito, lo que separa a unos de otros es la suerte.

Y la vida es un contexto competitivo constante, no nos engañemos como con lo de la meritocracia.

Incluso cuando uno acepte que la resistencia y el esfuerzo cuentan mucho (el famoso grit de Angela Duckworth que, casi diez años después, a ella le ha hecho famosa, pero la evidencia sigue sin aparecer y el emperador está desnudo), la realidad es que incluso esa característica depende mucho de dónde hayas nacido y cómo te hayan criado, cosas que no controlas y también te repartió el azar.

Si Elon Musk hubiera roto a llorar por primera vez en un humilde compound de Gambia, en vez de en el seno de una familia con minas de esmeraldas, dudo mucho que ahora estuviera planificando cómo llegar a Marte, da igual el cociente intelectual.

Es una pena, porque yo quise creer la historia de Angela Duckworth, pero…

Entonces, ¿por qué el cuento de la meritocracia está tan extendido?

Principalmente, porque justifica el statu quo y sirve para perpetuarlo.

Al fin y al cabo, esa historia da la razón a los que están arriba y remata el hecho de que, si se encuentran ahí, es porque se deben haber esforzado más y son mejores que el resto.

Los ganadores cuentan la historia y tienen el poder de repetirla hasta que parezca verdad. Pocos entre ellos van a reducir la explicación de su éxito a un asunto de suerte, así que se nos repite el cuento, se nos inculca la ilusión de que, si tú también te esfuerzas lo suficiente, puedes subir al Olimpo, irte a Marte, ganar ese concurso o vender un montón de libros.

Puede que los vendas, pero en gran parte será por motivos diferentes al cuento.

Yo he tenido una inmensa suerte en mi primera tirada de dados y lo reconozco. He nacido en una época en la que no me moriré si me corto con algo oxidado y estoy en un país en el que no caen bombas.

Sin embargo, el cuento de la meritocracia tiene todavía un lado más oscuro.

Un corpus cada vez más amplio de investigación en neurociencia y psicología demuestra que la creencia en la meritocracia hace que te vuelvas más egoísta, menos autocrítico y más dispuesto a actuar de maneras discriminatorias.

Así que la historia no sólo es mentira, también es malvada. Del cuento de la meritocracia al de la criada no hay tanta distancia.

Quienes siguen creyendo caen en la «falacia del mundo justo» y, por eso, esa persona que pide en la puerta o dormita en un banco «algo habrá hecho para estar así».

Puede que lo merezca por sus acciones o puede que tuviera mala suerte, que se quedara en la calle injustamente, que tuviera la fortuna torcida de juntarse con un socio que le arruinó robándole, o quizá nació en un hogar desestructurado y trató de nadar hasta que no pudo más, pero no alcanzó la orilla.

Para quien cree en la meritocracia, las últimas posibilidades se van borrando de las explicaciones de su cabeza.

Así que, a la autora de la novela con la que abría esto le deseo suerte, porque es lo que más va a necesitar, lo reconozcamos o no. Que seguramente será que no, porque todas las toneladas de evidencia nunca vencerán a lo más poderoso, una historia que queremos creer.


P.D. El antídoto contra las historias malvadas son historias mejores.

La vida, al final, no es más que una guerra constante de narrativas. Por eso, siempre recomiendo una historia tan poderosa como para sacarnos, aunque sea un momento, de la niebla del cuento de que somos mejores y los demás idiotas.

Recomiendo leer cada cierto tiempo Esto es agua, del genial David Foster Wallace, diez minutos de lectura que pelean del lado de la verdad y de la luz.