Sobre todo, es esa sensación de irrealidad que lo impregna todo como una leve capa de polvo. Hace unos días, la vida normal, hoy todo lo contrario. Extras de una historia de ciencia ficción que tacharías de mediocre.

Pero si está llena de lugares comunes, te quejas, de decisiones tontas y personajes planos…

Clichés a tu izquierda y clichés a tu derecha. No critiques más a todas esas historias, todo era real, a nadie le importa un buen relato. Luego viene el mito de cuánto tiempo para leer por fin, para escribir de una vez por todas y ponerte con todo eso que siempre estaba con el botón de pausa. Pero efectivamente es un mito.

La cabeza está siempre ocupada en lo mismo, siempre busca lo mismo. Te conectas una y otra vez para ver si hay algo nuevo, porque no quieres perderte nada. Lees y lees sobre el mismo tema, abres mil veces las redes sociales y WhatsApp, vuelves a la rueda de la que es imposible escapar, así que ocupa todo el ancho de banda mental y sigue sin haber sitio para todas esas cosas que siempre quisiste.

Cuando estás en ellas, sólo acude la mitad de ti, así que es moverse en el lodo porque la cabeza sigue al lado de una pantalla que no deja de hablar de lo mismo sin decir nada especialmente nuevo. No hay espacio para otra cosa y el tiempo no importa, realmente nunca importó.

Ahora hay mucho, pero sigues sin tener nada que mostrar.

La energía mental se ve irremisiblemente atraída hacia ese maelstrom que la atrapa y la consume. Siempre el mismo tema, siempre el mismo tema. La gravedad de una estrella de la que no puedes escapar. Malos tiempos para los obsesivos. El trabajo cuesta el doble, constantemente interrumpido por ese vistazo fugaz (ya van cien) al periódico, a Twitter o a WhatsApp.

Están haciendo su agosto, siempre hay alguien haciéndolo en algún lado.

El mundo sigue lleno de buenos e idiotas, en eso no ha cambiado. No crees que sea el momento de sentirse culpable porque ya no valen las mismas reglas. Con el tiempo, la polvareda se aposenta y aparecen las nuevas rutinas. También la moral se sube a la montaña rusa.

Una amiga te dice que su hija pequeña está muy mal, luego resulta amigdalitis, cantas victoria por otra enfermedad que la tiene con 39 en un infierno. Días extraños.

Piensas en tus padres, piensas en tus amigos, piensas en todos esos que tienes en primera línea.

Como en la guerra de verdad, todo consiste en largos ratos de aburrimiento y calma tensa, salpicados de algún suceso, algo que hacer o a lo que enfrentarse.

Sale un general en la tele y habla de «moral de victoria», un concepto ajeno al de las facturas y los trabajos y los días antes de todo esto. «Moral de victoria» se une a «distancia social» en el nuevo diccionario. Cosas que repetimos como si fueran de siempre aunque las acabamos de aprender.

El surrealismo te recuerda que es tu compañero de piso, que apagues al general porque hay que fregar los platos. «Es mejor ocuparse» porque la cabeza siempre busca eso y aborrece el vacío, así que o la llenas de algo o se llenará con lo de siempre.

Coges el teléfono otra vez, escribes, respondes, nada importante.

Llamas, de momento todos bien, la música de cada día. No tiene nada de nueva ni de buena y ojalá no tengas que escribir lo contrario. Miras por la ventana, hay otros como tú tras las suyas, con los lazos cortados. Padres e hijos a cientos de kilómetros, amigos que no se verán, parejas separadas sin fecha. La aceptación de la nueva normalidad ha sido sorprendente y veloz. Todos a casa porque un monstruo recorre las calles. Recuerdas que el último concurso literario que ganaste fue con un concepto parecido. Si esto dura lo suficiente, quizá nos cambie lo suficiente, ni idea de la manera en que lo hará. Sales a la calle sintiéndote un delincuente y entras en el supermercado. Una chica con máscara te señala el desinfectante, lo usas en las manos, te pones unos guantes, ya puedes entrar.

Sonríe al decírtelo, algo que sólo puedes reconocer en los ojos, están perfectamente delineados y no le pagan lo suficiente.

Buscas qué hay, otra vez sin lista. Cargas cerveza y vino, el siguiente pasillo es estrecho y hay alguien, das la vuelta para evitar cruzarte.

Eso ya lo hacía antes.