De todos los mitos sobre la escritura y los que la hacen, surge el del autor alcohólico y bohemio por encima de las demás. El genio a rachas que, con la bebida por combustible, compone odas traídas directamente del lugar en el que residen las mejores historias. Un sitio al que sólo puedes llegar con las alas de una conciencia alterada por la embriaguez como modo de vida. Esas puertas no se abren al que ha hecho las paces con la normalidad y es capaz de vivir con ella.

Es una imagen forjada a fuego, una historia que no morirá, remachada a mediados del siglo XX, cuando Estados Unidos estaba intratable y arrasó con 7 Nobeles de literatura.

5 de ellos eran alcohólicos:

Sinclair Lewis, Eugene O’Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck.

Y qué decir de otros tantos: Capote y esa interpretación del malogrado Phillip Seymour Hoffman, con el whisky siempre en la mano, Fitzgerald y su ginebra, Pessoa y su imagen bebiendo vino. La relación del alcohol con la escritura es innegable y no sólo un rasgo masculino: Jean Rhys, Patricia Highsmith o Dorothy Parker eran tan devotas de la bebida como ellos, o más.

Puede que haya un nexo de unión, pero he aquí que vengo a decir que la imagen típica del escritor borracho es más un mito que otra cosa, uno que se cae a pedazos en cuanto lo miras un poco.

¿El escritor ebrio, drogado y maldito? Pervive gracias a la fuerza de una historia. Una mucho más interesante que decir que la mayoría de los mejores eran unos aburridos, con una ética del trabajo invulnerable cuando se trata de escribir.

Para empezar, casi todos estos ejemplos famosos vienen de una época y un contexto muy determinados: Estados Unidos, siglo pasado, desde los felices 20 en adelante, con ecos que reverberan hasta los 90.

Pero más allá de eso… todo empieza a caer.

Para empezar, y curiosamente, en la literatura americana del siglo XIX no hay referencias al alcoholismo de prácticamente ningún autor, excepto uno: Edgar Allan Poe. En el panorama americano reciente, el gran escritor alcohólico también es cosa de un pasado concreto que ya murió.

Y como Estados Unidos no es el mundo, ninguno de nuestros ilustres españoles está especialmente relacionado con el alcohol más allá de lo normal en la época, excepto alguna que otra excepción, alguna que otra pulla de otro compañero de armas.

Es obvio que escritores y drogas, especialmente el alcohol, siempre han estado íntimamente unidos. Que nadie me empiece con la lista de nombres típicos, de Burroughs, de Ellis, Stephen King y compañía, que ya me los sé. Porque escritor y bebida pueden haber estado unidos, pero escritura y bebida son otra cosa muy distinta en los mejores. Los escritores usan las drogas para lo mismo que escribir, para matar la ansiedad y como consecuencia de una personalidad dada a la depresión.

Me sangra una úlcera cada vez que leo lo de: «Escribe borracho y edita sobrio», porque no la dijo Hemingway, no la dijo nadie de hecho, excepto el tonto que inventó la frase. De hecho, Ernest era practicante del credo contrario.

Quien haya leído París era una fiesta puede ver la aburrida rutina matinal de Hemingway, siempre sobrio, siempre dedicado a la escritura a las primeras horas del amanecer, sin importar lo que ocurriera, igual que tantos otros de ese círculo. Y luego, el alcohol, pero no para escuchar la voz de la inspiración en la embriaguez, sino todo lo contrario, para matarla.

Beber para que se calme la cabeza, algo habitual en muchos otros también, como Vonnegut, que usaba el alcohol por la tarde, terminado el trabajo, precisamente para calmar eso que rumia todo el rato. Porque los que escribimos pensamos demasiado y el alcohol es el mejor veneno.

De hecho, cualquiera que haya escrito mínimamente habrá comprobado que es imposible hacerlo bien cuando estás ebrio o drogado.

La escritura pide todo cuando llega su hora, no balbuceos incoherentes. Si te presentas así ante ella, te arrojará un jarro de agua fría y te aplicará el tratamiento del silencio.

O peor.

Es muy diferente beber para soportar vivir, que sentarse a escribir lo vivido y lo bebido.

Siento matar de nuevo otra historia y acabo ya, dinamitando al becerro de oro de este culto pagano.

En una entrevista a John Martin, el legendario editor de Charles Bukowski, se puede leer esto en referencia al santo de esos farsantes que creen que poesía es partir una frase en dos:

«Era tan educado, tan preocupado porque te encontraras a gusto y por si eras feliz o no cuando estabas con él […] Sé que no parecía eso. Quiero decir, su personaje público es muy diferente a cómo era en realidad […] Lo conocí durante, ¿cuánto? ¿35 años o más? Nunca lo vi borracho. Ni una sola vez, nunca.

A Bukowski, su editor de siempre, nunca.

Bukowski al que puedes ver ebrio perdido en Youtube durante sus recitales de poesía. Que se ponía hasta las cejas en las fiestas de Hollywood cuando se codeaba con las estrellas. Pero su editor nunca lo vio borracho. Sabía que bebía demasiado en ocasiones y en ellas derrapaba porque no tenía que escribir, sino todo lo contrario, tenía que dejar su soledad y soportar a un montón de gente que le daba miedo. Pero, ni siquiera en él, la escritura y la ebriedad llegaban a tocarse, más allá de alguna copa de vino para acompañar.

No hay que creerse las historias. Hay que disfrutarlas, hay que contarlas, pero no hay que creerlas.