Hoy nada de arte, hoy dinero.

En muchas historias, el escritor y la pobreza caminan de la mano, haciendo buena la frase de hasta que la muerte nos separe. Es indudable que, antes y ahora, la profesión de escritor hace descender a prácticamente todos por la calle de la precaridad.

No hay otra manera de decirlo. El destino de la enorme mayoría de escritores es no vivir de su arte. De hecho, la historia del escritor maldito y pobre está tan arraigada que, como en el caso de otros muchos engaños, es vista por algunos como una especie de medalla de honor, algo a lo que aspirar, alcohol barato y grietas en la pared.

De nuevo, es el poder de las historias, que curan, confortan, destruyen o atrapan en relaciones disfuncionales, como la del escritor y el dinero.

El problema de esas historias es que se ponen delante de la realidad y no te dejan verla. Que lees París es una fiesta y ese: «Éramos muy pobres y muy felices» atrapa y conjuga las imágenes de otro tiempo que siempre parece mejor, uno en el que el arte salva.

Pero ni lo uno ni lo otro, porque todo es mentira.

Hemingway no era realmente «pobre» en el París de los 20. Para aquella época, viviendo del fideicomiso de su mujer y de los encargos esporádicos de su profesión de periodista, podían salir adelante e incluso tener un par de hijos sin que Hemingway tuviera que hincar el lomo en un trabajo que no fuera juntar letras. Eso no me parece ser pobre.

Y mejor no acercarse a su grupo de artistas geniales, porque se empieza a descubrir un patrón común en la mayoría de los que se han podido dedicar al arte y la literatura.

La matriarca Gertrude Stein provenía de una familia judía de clase alta. James Joyce era hijo de un hombre que se casó con una mujer rica y que a la vez era hijo de otro hombre que se casó con otra mujer rica. Que poseían propiedades y licencias de explotación de minas.

El mundo real es el que es y, si alguien pudo sentarse durante gran parte del día a escribir, especialmente en tiempos en los que la educación no era universal ni gratuita, la respuesta es clara.

Para escribir, había de tener dinero y estar acomodado, un patrón que se repite en muchos más escritores de los que parece.

Por supuesto, siempre hay ejemplos en contra, casos. Siempre te van a decir que Faulkner trabajó de cartero, por ejemplo, para sobrevivir. Lo que pasa es que Faulkner proviene de una familia tradicional sureña y su padre, por ejemplo, era el tesorero de la Gulf Chicago Railroad Company. Un trabajo que se adivina más que bien pagado, especialmente cuando la empresa ferroviaria era de la familia.

Y Faulkner empezó como cartero (trabajo en el que era horrible y aún así estaba bien pagado, seguramente por influencias) cuando dejó la universidad por segunda vez.

Teniendo en cuenta que hablamos de Estados Unidos en los años 20 (da igual los de ahora que los del siglo pasado), no es algo que se pueda permitir el hijo de un obrero.

Por supuesto, está el otro gran cartero, Bukowski, arquetipo del pobre y borracho escritor. Es cierto que él no era acomodado ni burgués, al contrario, lo que pasa es que siempre va a haber casos de todo.

Siempre va a haber a quien le toque la lotería y a quien le caiga el rayo, pero los casos no construyen una tendencia o una realidad.

Además, no olvidemos que el editor de Bukowski le dio una asignación, aunque fuera modesta, para que pudiera sentarse solamente a escribir.

De una manera u otra, el escritor vuelve a ser un mantenido.

Es obvio que, en tiempos pasados especialmente, prácticamente ningún «hijo del obrero» era escritor, porque para sentarse a escribir hace falta educación y tiempo, y el tiempo es dinero. De hecho, los hijos de los pobres no supieron ni leer hasta hace menos de lo que parece.

Y actualmente, la verdad es que el tema no ha cambiado mucho.

Los que tienen el privilegio de escribir sin más están apoyados en alguna clase de dinero, herencia o colchón.

Yo mismo hablo de cómo me tomé un tiempo sabático y lo dediqué solamente a escribir. Fue una ruina económica y pude hacerlo porque vivo como un ermitaño y tenía ahorros de una época en la que trabajé de consultor y no estaba mal pagado. Pero todo aquello se lo comieron las palabras.

Quien crea que la escritura es una meritocracia o el arte es el ecualizador, que los tiempos han cambiado o que el escritor es el pobre que trata de elevarse con las alas del arte, se ha tragado el cuento sin masticar.

Lo curioso es que siempre se ha querido desligar el arte del dinero, un asunto «feo» que corrompe a la inspiración. Siempre se ha querido ver al dinero como fuente de todos los males, un cuento repetido por los que tienen ese dinero, para que así se te quiten las ganas de que se reparta mejor.

Es una táctica parecida a la que la iglesia empleaba cuando ensalzaba la pobreza y el sufrimiento, para que el pobre creyera que, al menos, tenía virtud además de hambre, mientras el statu quo se mantenía y ay de los ricos, que no heredarán el reino de los cielos.

Tampoco les hace falta, ellos ya tienen otro, ya tienen este.