Hoy no tengo historia, sólo pedazos de cosas que rondan mi cabeza y vuelco sin orden, así que sin novedad.

Se dio el Nobel de Literatura hace un tiempo, fuimos corriendo a la Wikipedia como siempre, apareció este chiste en Twitter, retrato perfecto de las cosas.

Premio Nobel

Ese tuit mereció más, el epitafio habitual de lo que es bueno.

Sigamos con premios en otros sentidos, unos aparentes y otros no.

El otro día asistí a mi primer concierto tras el inicio de la pandemia, la presentación del nuevo proyecto musical de unos amigos, creado durante ese confinamiento que echo demasiado de menos. Mientras tocaban, me dio por pensar qué era el éxito y, a saber por qué, concluí que es hacer lo que te da la gana.

Lo pensé mientras comprobaba cómo el grupo disfrutaba tocando y cantando lo que siempre quisieron. Alejado de lo que se vende y se promociona, de sus anteriores proyectos, de agentes y discográficas. Aquel pequeño escenario era un espacio de libertad y no sé si eso lo faculta para ser un espacio de éxito. Al menos lo fue unos minutos.

Recuerdo cuando conocí al guitarrista, que ha dejado hace poco a su grupo de toda la vida para hacer eso que le viene en gana y nada más, porque llega una edad en la que te das cuenta de que no, no eras el protagonista de ninguna película, sólo otra cabeza llena de pájaros. Ese antiguo grupo había alcanzado cierto reconocimiento: contratado para festivales, con colaboraciones con otros como Izal, aquella primera vez que me encontré con el guitarrista hace tantos años, había vuelto de tocar en Tokio. Por alguna razón, en España apenas eran conocidos tras su primer disco, pero quinientas personas agotaron las entradas al instante al otro lado del mundo. Todo funciona de maneras extrañas.

Fue, venció y volvió… a su trabajo de camarero en el bar en el que lo conocí, porque después de un sábado en Tokio viene un lunes en Valencia.

El paño sucio de limpiar la barra es la norma en el arte, no tres señoros repartiéndose un millón, mientras algunos siguen manteniendo la mascarada de que no todo está amañado. Me pregunto para quién actúan, me sigue fascinando que quede alguien al que le importa el Premio Planeta, y claro que todo está amañado, que los libros que prometen el éxito mienten y las historias que nos inspiran no lo cuentan todo.

No es ningún secreto que el poder y el éxito son venéreas y se transmiten igual, te tienes que acercar mucho a los que ya lo tienen para que te concedan un pedazo y te den la bienvenida al círculo. «Uno de los nuestros», dirán. Sin eso, no llegarás lejos. Y pórtate bien, el poder no soporta opiniones diferentes y mata a cualquier cuerpo extraño que se acerque.

Queremos pensar que el arte se mantiene justo y puro por encima de todo eso, que nosotros podemos ser ese protagonista que triunfa donde todos los demás fracasan. Al fin y al cabo, siempre hay un ganador de lotería en algún lado, ¿por qué no podemos ser nosotros? Pero el arte es industria y funciona igual que cualquier otro negocio, al menos si quieres algo más que un pequeño escenario, rodeado de lienzos de artistas desconocidos que nunca pisarán Tokio. El antiguo grupo de mi amigo alcanzó su cima cuando los fichó Warner y, gracias al dinero de los grandes, se abrieron las puertas de la radio, los destacados en las webs y esos huecos en los festivales.

Pero supongo que no resultaron tan superventas como se esperaba, así que portazo de nuevo y no recuerdo bien cómo te llamabas.

El éxito es hacer lo que te dé la gana, pensaba bebiendo cerveza y rascando la etiqueta, pero ese es un deseo muy caro.