Suelo hacer leña del cliché caído, suelo meterme con los géneros y tratar de borrarles los trazos cuando no están mirando. Sin éxito, a tenor de que mi propia biblioteca está empezando a poner iconos en los lomos de los libros para, de un solo vistazo, encerrar todo lo que contienen en la cárcel de un glifo simple. Y suelo abominar de todo eso porque siempre he considerado a la escritura una forma de entender las cosas.

Cuando necesito comprender algo, comprenderme yo, lo escribo.

Cuando creo que sé de antemano de qué va algo que voy a plasmar sobre el papel, me equivoco.

Porque la verdadera esencia de una historia se va revelando conforme avanzan las frases, los personajes toman vida y las circunstancias discurren por el mismo sitio que la vida, por donde les da la gana sin que yo tenga mucho que decir. Escribir, para los que ya no somos de aventuras intrépidas en el mundo de ahí fuera, es nuestra forma de exploración por una selva que a veces encierra maravillas y otras te atrapa en esa causante de pesadillas infantiles que eran las arenas movedizas de las películas. Por algún motivo, mi generación creció temiendo aquello como algo que se encontraría a menudo durante la edad adulta. Y lo hicimos, en forma de trabajos de mierda, sueños rotos y el engaño general de una vida que nunca fue como se nos prometió.

Pero esa es otra historia. Esta va de que cada frase es un machetazo que abre hueco en la espesura de la historia y no sabes qué te vas a encontrar. Hay escritores (eso he oído) que planifican todo, que siguen estructuras y tropos del género hasta la coma, que plantean de antemano misterios y juegos y giros y puzzles cuya solución ya saben, y hacia ahí empujan la historia para que encaje.

Me cuesta ver la gracia de adentrarse en una selva para seguir un camino, no solo abierto, sino ya trillado.

Personalmente, y hasta que un día me levante de la silla y vuelva a recuperar el ímpetu de crío con el que marchaba por las ramblas de mi pueblo hasta que anochecía, cargando tesoros de cuarzo tras alimentar a la gata del montón de leña cerca de la era, mi escritura es la forma de explorar lo de ahí fuera y, sobre todo, lo de aquí dentro. Porque no negaré que apenas entiendo nada, que tampoco lo pretendo ya, pero escribo por esos momentos en los que me sorprendo a veces y recibo esa pequeña descarga, ahí cerca del corazón, cuando descubro algo o cierta línea se expresa de manera perfecta, aunque mañana pensaré lo contrario.

Nací tarde para explorar un mundo que sabemos de memoria y pronto para unas estrellas que no veré tocar. Nací demasiado cobarde de todos modos, como para haber sido uno de los que trazaron los viejos mapas o trazarán los nuevos si sobrevivimos a nuestra idiotez. Pero me quedan otros mundos y, parafraseando a Mark Haber, soy un gran fan de escribir para descubrir lo que no sé.

Es mi manera de entender las cosas, mi experiencia tras ver cómo una historia sólo se revela a sí misma mientras la vas escribiendo.

Me gustan los libros a los que aún no han podido poner el icono en mi biblioteca, los que se niegan a entrar en la jaula y escupen al carcelero. Aún así, caen algunos buenos. Tras demasiado tiempo (como siempre en mi pila de pendientes), le ha tocado el turno a _El amante_ de Marguerite Duras. Lo he traído con un corazón en el lomo.