Hay algo en destruir, una atracción irresistible por reducir a escombro y, sobre eso, a lo mejor crear algo nuevo. La seducción del lienzo en blanco, los nuevos comienzos y tal.

Al fin y al cabo, mi abuela decía que las cenizas eran buen abono y ciertamente es así, a lo mejor es que la vida sabe mucho mejor que nosotros lo que estamos haciendo y por eso funciona de esa manera, que para crear has de destruir primero.

Todo esto para comentar que hoy he matado el principio de Tres Reinas Crueles, y no sólo el principio, sino también varias tramas y el posible final y en realidad casi todo. Ya que me ponía a disparar en la nuca, no he parado hasta vaciar el cargador.

Vamos, que he tirado todo menos pedazos sueltos y esto es una vuelta a empezar, porque aunque el argumento principal no ha cambiado, muchas otras cosas sí.

Sin la restricción de tener que entregar el manuscrito en un tiempo determinado, matar me ha resultado más fácil, aunque parte de la culpa de la decisión la tienen noches de esas en las que deberías haberte quedado en casa. No voy a ser tan poco humano como para no poner excusas y echar balones fuera.

Ahora, esa sensación de libertad y no tener fecha concreta es una trampa. Sin restricciones es imposible crear, sin restricciones siempre lo dejas todo para mañana, palabra que en realidad significa nunca. Necesito la pistola en la cabeza o no hago casi nada, sólo pedazos indolentes que no construyen nada más allá de ellos mismos.

Así que me voy a poner esa pistola durante los próximos treinta días para que el placer de matar no lo haya perpetrado sólo por el mero placer, sino por crear algo mejor y ser mejor, signifique eso lo que signifique. Si no es por eso, ¿para qué molestarme en escribir?

Y cuando digo hacer algo mejor, seguramente me refiero a algo más raro y más incomprensible aún de lo que ya era Tres Reinas Crueles.

Eso sí, el primer capítulo se queda, al fin y al cabo tuvo la suerte de no ser el verdadero principio de la historia, de modo que lo aparté cuando escogí a todo lo que acabó en las llamas.

Como curiosidad, calculo que se han ido unas ochenta páginas de lo escrito o así, seguramente más, tampoco lo he contado y entre algunos de esos trozos, también se han ido cosas buenas, pero prefiero dejarlas ir. Y como otra curiosidad, he aquí un pedazo de lo que me he cargado.


_Desafortunado en el juego, se llamó XXX a sí mismo, negando con la cabeza encapuchada en el asiento trasero del coche. Notó a la vuelta cómo entraban en la ciudad, sus sonidos, sus luces y sombras que sentía desfilar sobre el rostro incluso con capucha y venda.

Se paraban y avanzaban entre pitidos y motores y calculó que serían casi las once de la noche, aunque el tiempo parecía jugar de la misma manera extraña en que lo hizo dentro de aquella Casa que nadie sabía dónde estaba. El que se sentaba como copiloto tiró de su capucha y le quitó la venda. Bienvenido desde la negrura hasta las luces naranjas de la ciudad, las rojas de los coches ahí delante y las de los semáforos que cambiaban en ese momento diciendo que adelante.

El que le devolvió la vista se puso el dedo sobre los labios, parecía que las reglas de la Casa regían también el coche. Pararon en una calle cualquiera y el conductor desbloqueó las puertas de atrás. Como en la partida, no hizo falta decir mucho para saber lo que venía después. Le dejaron en la calle de la Libertad y se preguntó en cuáles habrían dejado a los otros perdedores y si esto era algo parecido a un sentido del humor. La calle tenía algo de razón. Nada que hacer, nadie que te espere ya, ninguna vida sobre la que responder cuando el tiempo se acabe.


Por supuesto, si hay algo más atrayente que matar es intentar resucitar, en una noche de tormenta, dentro de un castillo viejo, con un ayudante jorobado y mucha locura.

Si la desesperación aprieta, no descarto ir al cementerio con un quinqué, a recuperar pedazos.