Hace muchos años, más de 8 cuando he ido a buscar el contenido, comencé un artículo en esta misma web con la frase: «No eres especial». Que parece una bofetada y hasta me dijeron que era un poco cruel, pero no, es todo lo contrario, la crueldad es lo otro.

Porque no tienes que ser especial y eso es un alivio.

Como niños, a veces hemos oído algo así porque aprendimos a leer un poco antes, siempre estábamos con la cara escondida tras un libro y nos gustaba cuando nos mandaban escribir una redacción. Así que una profesora bienintencionada, un familiar o esas historias que leíamos nos decían que a lo mejor éramos especiales y llegaríamos lejos si nos lo proponíamos. En los libros los héroes ganaban y es fácil confundir eso con la vida. Es fácil caer en la trampa de creernos especiales y que el mundo sea de arcilla que podemos moldear.

Con la buena intención de animarnos a seguir por el camino correcto, nos inculcan la expectativa de que, si estudiamos, trabajamos y nos aplicamos, es posible que un día hagamos grandes cosas. En nuestro caso, que un día veamos nuestro nombre en la portada tras la que se esconden otros, que haya cola para vernos, que no seamos como el resto, condenados a los días iguales.

Así que nace esa presión y pasa el tiempo, sales del colegio y te das cuenta de que eras pez mediano en estanque pequeño, pero el mundo es enorme y los tiburones existen.

Y está bien, porque de verdad que no tenemos que ser especiales.

No tenemos que ser autores famosos, ni vender mucho, ni crear una empresa que llegue a Marte o merecer una entrada en la Wikipedia.

Está bien pertenecer a la mayoría, estar en la media de las cosas. Eso no es un fracaso, es la vida. Y es la vida real, porque es lo más probable que ocurra en ella. Lo demás es la fantasía, el juego de la lotería. De unos ocho mil millones de personas, sólo una al año gana el Nobel y sólo una en la historia pisará primero Marte. No pasa nada, no tenemos que ser nosotros.

No hace falta vivir con esa enorme presión.

Podemos permitirnos ser simplemente buenos en lo que hacemos y disfrutarlo. Bastante imposición hay ya por todas partes, bastantes expectativas como para que estas manchen también lo que más nos gusta.

Cuando haces las paces con la noción de que nunca vas a cumplir las exigencias irreales que tenías, cierto peso cae de los hombros y he aquí la paradoja, que avanzas mejor y más rápido, porque ya no cargas con ese saco de piedras. No llegarás a Marte, pero a lo mejor sí a terminar lo que tienes delante, a centrarte en lo que importa y pasabas por alto, porque tampoco parecía especial, sino cotidiano.

Esos son lugares mucho mejores que Marte, Marte es un infierno desolado.

En vez de habitar una fantasía, puedes empezar a habitar la vida y ponerte metas en vez de sueños. Los sueños tienen un nombre muy bonito, pero son tóxicos. Cuando no los cumples, te castigan con la frustración y todas esas cosas con las que nos machacamos en nuestras cabezas.

Buscando lo mejor, nos perdemos lo bueno. Buscando esa cosa tan difusa llamada el éxito, nos perdemos a quien tenemos al lado, lo que hay delante y es real, las pequeñas cosas imperfectas y un puñado de atardeceres, que nos harán mucho más felices que esa noción difusa de triunfo que nos inculcamos un día.

Siempre digo que sólo hay que perseguir los sueños para matarlos y que nos dejen en paz de una vez. Porque para soñar hay que estar dormido y para vivir hay que estar despierto.