Scrooge volvió a abrir la ventana ayer y preguntar qué día era. Nochebuena, Ebenezer, Nochebuena otra vez. Recuerdo el año pasado leyendo Cuento de Navidad en el bar de siempre, cómo una buena historia puede hacer irrelevante el murmullo que te rodea.

Esta época llega cada vez más rápido y supongo que el frío y la nieve ya no le pueden seguir el ritmo. También llegan los inevitables repasos a lo hecho en el año.

No voy a ser la excepción y no voy a echar de menos 2019, pero haré las paces con él a las doce y recibiré 2020 de la misma manera que siempre. Este año, el tiempo hizo lo suyo y yo lo que pude con él.

2019 comenzó con un viejo apego, el del relato corto.

Me propuse ir escribiendo y enviando a concursos. No por esperanza de victoria, sino por imponerme estructura y disciplina. Cada semana iba enviando dos o tres relatos a certámenes. Cada mañana escribía, pulía y recordaba que un primer amor puede seguir teniendo brasa bajo las cenizas.

Lo hice durante tres meses completos y apenas gané dos certámenes con cuentos breves. Supongo que soy mejor en pequeñas dosis.

Como aviso a navegantes, incluso siendo premios de muy baja cuantía (ninguno superó los 200 euros), uno lo cobré más de medio año después, el otro… llegó ayer tras insistir bastante.

Con la primavera llegaron las mañanas dedicadas a terminar Escribir mejor. Componer volúmenes de no ficción me atrae y me agota, como supongo que hacen las mejores cosas. En esas páginas volqué todo lo que me ha permitido escribir un poco más y quiero pensar que a veces un poco mejor. También dejé descansar una historia para otro momento más propicio.

El verano siempre es para nuevos comienzos, pero los nuevos comienzos son en realidad para los jóvenes, así que el calor insoportable trajo las primeras páginas de una historia de sol y asfalto que comenzó a parecerse al resto de jardines en los que me meto. Por eso aún sigo atrapado por ese sol, y no me extraña con los 24 grados de estas vísperas de Navidad en Valencia.

Teniendo en cuenta mi ritmo de escritura, no descarto que me desespere ocupe gran parte de las mañanas del año que viene.

El otoño trajo un inesperado «ya veremos». Así que, eso, ya veremos. Poco que añadir, excepto que echo de menos cuando noviembre era frío y escribía bajo la luz tenue de una estufa vieja en un piso de estudiantes.

El invierno ha traído otra web, mi página personal para todas esas cosas que viven más allá de la escritura. Un lugar sencillo sin plazos ni fronteras, una caja en el desván de lo que me interesa sólo a mí.

Llevaba mucho tiempo dándole vueltas y la gota que lo derramó todo fue este ensayo de Paul Graham sobre la naturaleza del genio y cómo hacer un buen trabajo. Cuando lo terminé, pensé que todo el mundo debería leerlo.

También pensé que ojalá alguien dijera eso de mí.

Se termina el año y poco más puedo decir, porque soy malo prediciendo el futuro. Sólo sé que Nochevieja traerá un relato efímero.