Tener una pasión y amar algo es un deporte de riesgo. Que sea a una persona o un arte da igual, pero centrémonos un momento en lo segundo.

Si hay algo que consumimos constantemente en la vida moderna es oxígeno, comida y propaganda. Esta viene en forma de engaño directo o envuelto en frases bienintencionadas en apariencia, pero cargadas de veneno.

En esa línea tenemos clásicos falaces como la «cultura del esfuerzo» o «la igualdad de oportunidades», también la de «seguir tu pasión».

Quiero pensar que hay un infierno especial para los que acuñaron frases como la de: «Haz lo que amas y no trabajarás ningún día». Que ahora que la releo bien, a lo mejor no es uno de esos eslóganes para domesticar, sino la constatación de que dedicarse a lo que te apasiona hará que no encuentres trabajo ni retribución por ello.

Dedicarse profesionalmente a una pasión es una cuchilla de tres filos y todos miran en tu dirección.

Para empezar, se ha demostrado que, en cuanto el dinero entra por la puerta, la pasión sale por la ventana y, probablemente, arruinarás eso que tanto amas al convertirlo en una obligación mercenaria.

Doy fe de que es así.

Pero es que también se ha demostrado algo que, todos los que nos hemos dedicado a alguna clase de arte, hemos podido constatar desde el primer momento.

Es lo que Kim, J.Y, Campbell y otros denominan legitimización de la explotación de la pasión en su artículo Comprendiendo las formas contemporáneas de explotación: las atribuciones de pasión sirven para legitimizar el pobre tratamiento de los trabajadores.

Publicado el año pasado en el Journal of Personality and Social Psychology, los autores realizan varios análisis de estudios donde se concluye que el énfasis cultural actual sobre la pasión facilita legitimar el tratamiento injusto de los trabajadores, así como prácticas de gestión degradantes.

En lo cotidiano, significa que pedir a trabajadores que realicen tareas no relacionadas con la descripción de su trabajo, o que hagan horas sin cobrarlas, se ven como más legítimas cuando se presume que los trabajadores están apasionados por su labor.

Los mecanismos de justificación para esto son esperables y maquiavélicos.

Se basan en:

  • La creencia de que los trabajadores apasionados se hubieran presentado voluntarios de todos modos, si se hubiera dado una ocasión así.

  • La creencia de que hacer ese trabajo es una «recompensa» intrínseca para ellos.

De manera aún más retorcida, se ha visto una legitimización inversa de esas prácticas. Es decir, que muchos de los que ven a esos trabajadores explotados asumen que, de una manera u otra, tienen pasión por lo que hacen si es que ceden ante esas cosas.

No es que no tengan otro remedio ni tampoco poder para decir que no, es que debe «gustarles» y en el fondo «lo iban pidiendo».

Que las personas construimos las narrativas más retorcidas para justificar cualquier cosa reprochable que hacemos no es nada nuevo.

Que el arte en cualquier forma es menospreciado, infravalorado e indigno de pago, tampoco. Cualquiera al que hayan ofrecido 3 euros por 1000 palabras o se haya encontrado con alguien indignado porque le quiera cobrar el diseño o cuadro que ha llevado semanas de trabajo, ya conocía las conclusiones de estos estudios desde hace mucho.

Un detalle curioso es que estas actitudes están más pronunciadas en aquellos que caen en la falacia del mundo justo. Es decir, la creencia infantil en que, de alguna manera, esta extraña realidad tiene un sentido de justicia entretejido en el tapiz que la forma.

Obviamente, no es así. Si la vida tiene algo programado bien hondo, es justo lo contrario. Todo es acumulativo, dominado por el azar y con una balanza extremadamente inclinada hacia aquellos en un contexto favorable y privilegiado.

El problema más grave de la pasión, sin embargo, no es que los demás crean esas cosas sobre ella y se aprovechen. Es que, como toda propaganda, la gota constante hace su trabajo y nos afecta también a nosotros.

Así que somos los primeros que vendemos demasiado barato o regalamos nuestro sudor, que creemos que no podemos pedir mucho, que al fin y al cabo deberíamos conformarnos con el tiempo que dedicamos al arte.

Porque encima somos unos «privilegiados», nos reprochan los que lo son de verdad. Unos que no pueden pagar el alquiler o rezan para que no se rompa el ordenador, pero unos privilegiados sin duda, que deberíamos estar alegres de entregar nuestro esfuerzo, a cambio de nada, a gente que no lo merece y puede pagarlo de sobra.

Sirve de poco decirlo, porque saber las cosas no cambia apenas nada, pero a lo mejor deberíamos sacar a la pasión de la habitación en la que escribimos y darle la patada para echarla de casa. Podríamos empezar por cobrar siempre lo que hacemos, por tener un poco de dignidad.

Que sé que la dignidad, como el dinero, nos suena ajeno a los que escribimos. Pero es que, como dice una amiga: Mexan por nós e hai que dicir que chove.