Henry Fonda, a sus 75 años, tras toda una carrera en el cine y el teatro, vomitaba cada noche antes de salir a escena. Sus premios Tony, Oscar, BAFTA, incluso Grammies, no importaban. Los nervios seguían ahí y saldrían como fuera antes de exponerse.

Lawrence Olivier, otro de los grandes, lidiaba de la misma manera antes de mostrar su arte a los demás.

El miedo es libre y amigo de todos. No pasa nada por vomitar (literal o figurado), porque el temor no se va a ir. Hay que aprender a vivir con él y sus mil caras. Lo puedes llamar vergüenza o síndrome del impostor, se viste de muchas cosas. No importa cuál sea, creer que un día te despertarás y se habrá marchado es inútil.

Se irá con nosotros de la mano, pero no antes.

Hace más de seis años hablé por primera vez del síndrome del impostor, desde entonces, me he encontrado con un buen puñado de artículos por todas partes y la mayoría habla de cómo eliminarlo.

Eso es no entender nada.

Como bien dijo alguien, preocuparse y entrar en pánico cuando creas algo de la nada es algo programado bien hondo en las personas.

No sólo es que el síndrome del impostor (o cualquier otra forma del miedo) no se va a ir, es que no debe hacerlo. Erradicarlo sólo nos convertiría en seres lobotomizados, pequeños imbéciles.

¿Quiénes son los que no sufren síndrome del impostor? Los idiotas que no saben cuánto ignoran sobre el tema del que hablan. Todos esos, tan de moda ahora, que se ponen a predicar sobre lo que no conocen, pero creen que sí porque han visto un vídeo en Youtube o ni siquiera eso. Demuestran su ignorancia en las redes, las tertulias y las webs, sufren de un Dunning-Kruger insoportable que corta las alas de cualquier aspiración a mejorar.

Eliminar el miedo es tan efectivo como arrancarse un brazo para que no nos duela de vez en cuando. Es una parte natural de nosotros, que Olivier o Fonda nunca se quitaron. Y bien por ellos, porque les convirtió en los mejores en lo suyo.

Si ese temor a la hora de crear está ahí es porque tiene un papel, nos ha hecho sobrevivir y ser mejores escritores. El pánico del manuscrito que otro va a leer… Nada como eso para repasar sin descanso, para pulir un poco más, para llegar hasta ese lugar incómodo del que hablaba la semana pasada, tras el cual se encuentra lo mejor que podemos dar.

Pero quien no teme no llega a ese sitio, no tiene ningún incentivo para hacerlo, cree que todo está bien. Ha vencido a sus pánicos y sus síndromes…

Los miedos siempre van a estar ahí y hemos de aprender a hacer las paces y convivir.

Forman parte de lo que somos, del proceso natural. Darse cuenta de eso alivia en gran parte la ansiedad, porque sabemos que hay algo positivo, que el miedo es el mejor acicate para esforzarnos. Podemos trabajar en su presencia y usarlo como combustible.

Cuando sintamos esa adrenalina en la punta de los dedos, recordemos que es normal y puede ser energía para llegar un poco más lejos. Con suerte, saldremos por el otro lado con algo bueno entre las manos y si no, al menos lo intentamos.

No hay otro «remedio» para la ansiedad, hablo como dice la canción, con la sabiduría que me da el fracaso. Repetir que no existe o se puede eliminar es dar la espalda al fuego y taparse los oídos.

Mejor para el fuego, que crece sin oposición.