Hace poco hablaba de cómo los consejos para «escribir bien» tienen filos, y que como te abraces fuerte a ellos te vas a cortar.

También que hay que mirar bien todas las motivaciones en el fondo de esos libros y seminarios que prometen hacerte el último gran escritor de bestsellers. Son mentira, pero son como la lotería, mentiras que ansiamos creer. Muchas de mis diatribas sobre estos temas vienen dadas por el hecho de que hay tanto libro prometiendo secretos, que digo yo que alguien tendrá que gritar lo contrario para restaurar el equilibrio en la Fuerza, un poco al menos.

También porque de vez en cuando me gusta fastidiar y me voy al extremo para martillear bien el argumento principal que quiero transmitir. Y hoy me voy al otro lado como un péndulo. Algunos toman mi postura ante los consejos de mercadillo como una justificación del todo vale, como una excusa para decir:

«¿Ves? No hay nada que aprender, sólo tengo que dejarme llevar por mi genio. A la palabra no se la puede encerrar y muerte a cualquier norma».

El problema con esto es que la escritura se ha vuelto un arte denostado porque existe la percepción extendida de que, como en el colegio nos enseñaron a transcribir dictados, todo el mundo sabe escribir. Todo el mundo sabe redactar, pero eso no se parece en nada a escribir bien. Corrijo, que me acaba de entrar un mensaje y tampoco quedan tantos que sepan redactar. Mientras que nadie se atrevería a coger un violín y creer que le puede sacar buenas notas, muchos piensan que pueden sentarse ante un papel y escribir grandes historias.

No entienden que es como el instrumento musical, que como no te pases una vida leyendo a los mejores y escribiendo después mucha mierda, tu escritura será un asco, porque no eres especial y el talento es mentira.

Sin embargo da igual, estamos ciegos, nos creemos ese copo de nieve diferente, cuando la realidad es que si no tienes ni idea y tocas un piano será un desastre. Y lo mismo pasará ante la hoja en blanco. A mí me ha ocurrido muchas veces y me sigue ocurriendo casi cada día.

Da igual cuánto matice uno esto que acabo de decir, o da igual que reafirme que, efectivamente, yo soy de los que cree firmemente que las reglas hay que dominarlas antes de romperlas.

Cada uno cogerá lo que lea como le convenga y hace poco Reverte contaba una anécdota personal que reafirma el triste estado de la percepción del arte de escribir. Hay que leerla.

Ya contaba en los comentarios de esta web que no hace mucho estaba hablando con un grupo de artistas (músicos todos) que aún creían que la escritura tenía mérito. La veían como una empresa muy difícil, más incluso que lo suyo. Yo les dije que la escritura es vista hoy como el «Esteso de las artes». Que en este país de milagros se escribe más de lo que se lee y nadie tiene en esa estima a la escritura, porque se piensa que, como en el artículo de Reverte, «cualquiera puede hacerlo».

Obviamente, quien lo piensa es porque no ha leído apenas y ha escrito bien poco, porque no se ha empeñado en un arte. Personalmente, ante los que creen en el genio natural o en que no hace falta practicar (sólo «ponerse cuando estás inspirado y volcar el alma») no hago caso.

Los que no creen en aprendizajes y rutinas, sólo en el talento, son como fuegos artificiales, un destello y después nada. La escritura, como todo arte, básicamente es apretar los dientes y resistir mientras escribes mucha mierda. Y hacerlo cada día hasta que desentierras tu voz propia, hasta que te has vuelto menos malo o a veces ni eso, porque nunca te libras de la sensación de querer quemar lo que has escrito.

Escribir es una insensatez, una carrera de fondo hacia (seguramente) ninguna parte. Así que has de estar loco y desarrollar tu capacidad de establecer rutinas y ser miserable.

Pasado un cierto tiempo en el que escribes cada día, uno mira alrededor y no queda casi nadie de los de antes, que decía la canción. Sólo permanecen ahí esos otros dos tronados de turno, cada vez más pobres, cada vez más locos. De los demás, ni rastro, pues ocurrieron otras cosas, pasó la vida y les preguntas por escribir y a lo mejor, después de encoger el ceño, te dicen: «Ah, sí, tengo que ponerme. El año que viene escribo mi novela».