Los antiguos ya sabían que el nombre importa. Los viejos magos podían controlar a los demonios si conocían cómo se llamaban realmente y, aunque la magia murió hace mucho, los nombres siguen conservando poder.

El nombre de las cosas nos inspira juicios por anticipado de las cualidades de esa cosa (y también de una persona). El lenguaje modela el mundo y podemos nombrar un mismo acontecimiento de diferentes maneras para provocar distintas emociones y asociaciones.

Tener un problema puede generar preocupación, pero tener un desafío puede motivarnos. La cuestión es que no es difícil que podamos usar esos dos nombres para definir un mismo hecho.

Tampoco es raro que el nombre que se le pone a los hijos pueda influenciar su futuro y, en muchos países, ciertos nombres aparecen más a menudo entre los ricos y otros nombres muy diferentes entre los pobres.

En cuanto a la escritura y la lectura, ¿qué puedo decir que no se sepa ya?

Dos manuscritos están sobre la mesa de un editor. El factor que más influencia va a tener en que uno de ellos acabe leído y publicado es el nombre estampado en la primera página.

Ya comenté hace mucho que Doris Lessing sospechaba que la publicaban sólo porque ya se había hecho un nombre y tenía cierto éxito, dando igual que lo que escribiera fuera bueno o malo. Así que decidió comprobar si tenía razón y envió una de sus obras bajo seudónimo. Comprobó que, efectivamente, todos los editores la rechazaron cuando se le ocurrió llamarse de otra manera.

Aparte del hecho de que quizá sea mejor que no corroboremos ciertas sospechas, los nombres tienen esa cualidad de Heisenberg de alterar aquello a lo que denominan.

Lo mismo ocurre con los libros que leemos. Nunca los consideramos iguales y todo depende del nombre en la portada. Si es un clásico, si todos dicen que es bueno, si la historia ha considerado que la autora o el autor es uno de los elegidos, no lo ves ni lo lees igual que si fuera la obra de alguien que no te suena.

Le das más oportunidades a aquellos que todo el mundo dice que merecen la pena y no miras igual a un Nobel que a un novel. Aunque al principio no te encaje, con el primero insistes un poco más y buscas las virtudes que todos dicen que tienen los nombres de los mejores. O si eres de los que gusta llamar la atención, yendo siempre contra corriente, a ciertos nombres los pones en la picota. O los lees solamente para tomar nota y repetir a todo el que quiera escucharte (nadie) que ese autor está sobrevalorado por esto y aquello.

Nombrar a las cosas y a las personas nos determina más de lo que deberían hacerlo un puñado de letras, pero si una novela se encuadra en un género y forma parte de su denominación, no importa cómo sea o quién seas, un puñado de ideas preconcebidas quedarán proyectadas sobre el libro en mayor o menor medida.

Mejor no seguir indagando en el poder del nombre para que todo cambie en un instante. Mejor que no te descubran uno de origen judío (ups) y hayas viajado por error a la Alemania del 39.

Nadie se libra del enorme poder del lenguaje aunque diga que a él no le afecta, y nombrar es un acto más crucial del que parece, con el que puedes alterar la realidad.

Es curioso, porque hoy día el lenguaje no parece algo importante, ni siquiera entre muchos escritores que no se dan cuenta del enorme poder que hay en sus manos. El lenguaje se mutila en los mensajes que mandamos, se utiliza sin pensar en el hecho de que una palabra o un nombre pueden construir, destruir o marcar el camino.