Carolina Marín, campeona del mundo de Bádminton, ahora también campeona olímpica. Marín estaba perdiendo el partido final por el oro cuando su entrenador, en el descanso, intenta una especie de terrible discurso motivador: que recordara a la niña de 14 años que llegó al centro de alto rendimiento y lo que le dijo. Que no podía decepcionar a esa niña, o algo así.

La reacción de Carolina fue épica.

Miró de forma asesina a su entrenador y espetó de mala manera que le dejara espacio.

El entrenador dio un par de pasos atrás y siguió tropezando con el discurso.

Después, Marín salió a la pista y procedió a aplastar a su rival. Y lo hizo por motivos que nada tienen que ver con esa arenga supuestamente motivadora, que sólo consiguió robarle el aire y darle demasiado calor.

Me fascinan los mejores del mundo en algo, esas personas que, de entre más de siete mil millones de habitantes, son las 10 o 12 mejores sin discusión. Aquellos que, de esos 10 o 12 mejores, son los que quedan primeros. Obviamente no son personas normales y dejan lecciones muy interesantes sobre cómo son siempre aquellos que llegan a la cúspide de su deporte, de su «arte».

También porque son lecciones sobre escritura y sobre cualquier cosa en que te propongas ser élite.

Sólo hay una cosa que te hará mejor

Carolina Marín no ganó porque sintiera una epifanía y le surgiera una fuerza inusitada de su niña interior. Eso es en las malas películas y los peores libros. Su niña interior necesitaba respirar bien para recuperarse y hacerlo ya. Carolina venció porque era mejor, porque tenía detrás todos esos años de entrenamiento obsesivo desde que era una cría y superaron a los de su competidora ese día.

Y el discurso motivador, aparte de robarle aire y dificultar su recuperación, no provocó nada más.

Simplemente se produjo un efecto llamado «regresión a la media» que fue por lo que Carolina anuló la ventaja y después ganó.

Pero ese es otro tema que no viene al caso. En una entrevista tras quedar campeona del mundo, Carolina lo dejó claro: «Entreno ocho horas al día».

Es así de «sencillo», y si uno dedicara a su escritura ocho horas al día, cada día, si las dedicara a escribir, a reescribir, a leer libros buenos… también estaría entre los mejores. Punto.

Carolina Marín apenas sale con sus amigos, no tuvo adolescencia y ve poco a su familia. Muchos decimos que dedicamos mucho tiempo, pero, ¿cuántos hemos sacrificado eso por escribir?

Dame obsesión y quédate el resto

Otro rasgo que comparten los mejores es que son obsesivos hasta lo patológico. Una y otra vez su cabeza da vueltas a hacerlo mejor.

Como decía un jugador de rugby irlandés estas mismas olimpiadas, además de entrenar incontables horas con el equipo y la selección, luego se va a un parque, a solas, con un montón de pelotas, y comienza a patear para afinar su habilidad. Y anochece y recoge sus cosas y mañana otra vez. La escritura no es diferente, no es romántica.

«Patea» cada día y serás el mejor. Si me das a un motivado y a un obsesivo, apostaré por el obsesivo, porque la escritura es una maratón.

Las tonterías del talento y la pasión

Aquí vengo de nuevo a enterrar bien hondo esas nociones peligrosas para quien escribe. Cuando digo que en los Juegos Olímpicos están los mejores, están los mejores.

No hay nadie, perdido en los bosques de Kenia o el desierto de Mongolia, que tiene tanto talento natural que, si se pusiera, batiría de pronto a los olímpicos.

Si los más talentosos no metidos en un programa de entrenamiento de élite compitieran, quedarían los últimos. Porque no tienen esa estructura de mejores métodos y esa práctica obsesiva que siempre hay detrás.

Obviamente, a niveles de élite, las diferencias a la hora de quedar primeros se basan muchas veces en el dinero disponible para el deporte y el dopaje que puedas escamotear.

Pero el talento en bruto no tiene nada que hacer contra la práctica.

Ni en el deporte ni en la escritura.

Porque no nos dejemos engañar, esos escritores «estrella» que a veces surgen «de la noche a la mañana», no surgen así. Es sólo lo que las noticias cuentan porque si no, vaya mierda de historia, otra de trabajo duro como la de Marín. Eso no vende nada, muchacho, así que busca algo jugoso o invéntalo, que total hoy ya da igual.

La gente no quiere comprar la noción de ocho horas al día, «a mí dame un atajo». Todos esos escritores que «de pronto» triunfan tienen sus cajones llenos de borradores desde hace muchos años, hay un trabajo oscuro e ingrato detrás de cada historia de «éxito rápido», que no nos engañen.

Ah, ¿y la pasión? Me río de ella.

En 2012 Michael Phelps, el mejor nadador de la historia, lo dejó claro en una entrevista: «Odio nadar».

Y después, exento de pasión y lleno de aborrecimiento por lo que hacía, procedió a llevarse siete medallas y seguir frustrando a su generación.

Muchos deportistas de élite, cantantes de éxito y artistas varios odian lo que hacen y lo reconocen abiertamente, pero les gusta el modo de vida que les trae eso. O el dinero, simplemente. O cualquier otra cosa.

o contrario de la pasión movía el cuerpo de Phelps en Londres, las manos de Agassi o las de Joe DiMaggio.

Y fueron los mejores en lo suyo, así que la pasión no parece condición necesaria para nada de eso a tenor de la gran cantidad de ejemplos en contra.

Lo que hay entre las bambalinas de la grandeza nunca es bonito

En muchos países la disciplina de práctica deportiva de élite es militar. Las gimnastas del antiguo bloque del este, o chinas, son sometidas a entrenamientos que aquí serían vistos como terribles maltratos.

Fuera de implicaciones éticas o debates que no vienen a cuento, ¿cuál es el resultado?

Pues que si tienen suficientes fondos, el dominio es casi total.

Nadie puede tocar a las rusas en sincronizada o gimnasia rítmica, por ejemplo.

De hecho, a veces salen a la luz los métodos de entrenamiento en países occidentales y también nos horrorizan. Que si llantos diarios, lesiones y entrenamiento a pesar de ellas, gritos, discusiones, prácticas extenuantes…

Nos llevamos las manos a la cabeza cuando conocemos las interioridades de los vestuarios, pero la realidad es que si quieres llegar a algo, no es un camino de rosas.

No se consigue con un animador que sonríe, sino con un entrenador que te hace trabajar hasta el sangrado. Y eso ocurre en el deporte y en todo. Nos hemos vuelto aversos a cualquier clase de incomodidad y dolor, como si eso siempre fuera malo.

Pues vas a tener días horribles para dar y repartir, y los buenos maestros siempre son duros, lo que incluye a la escritura. Si no quieres eso, y si no lo vas a entender (como no lo entienden los que se echan las manos a la cabeza), muy bien, pero no te metas, que cuñados sobran. Los Juegos Olímpicos, cuando se miran más allá de la cortina de noticias que nos hacen sentir bien, son un juego de lágrimas, rabia y práctica obsesiva, una práctica que el 99,99% de la gente no está dispuesta a realizar.

Por supuesto, hasta allí llegan también los especímenes genéticos más adecuados, pero es el entrenamiento el que desarrolla esos genes hasta la élite. ¿Sin él?

El último quedas. ¿Y de muchas otras cosas bonitas?

Tampoco ni rastro. Lochte sería el mejor nadador vivo si no hubiera tenido la mala suerte de coincidir generacionalmente con Phelps, y aparte de sus medallas se dedica a fingir robos y ser un vándalo engreído y rico, pues la bondad o el carácter «recto» no importan para el deporte, ni para el arte tampoco.

De hecho no es raro que muchos de los mejores sean capullos integrales: misóginos (Nabokov, por ejemplo), alcohólicos y drogadictos (casi todos), maltratadores (Picasso) y, en general, gente muy difícil de soportar y casi locos.

Y eso son realidades sobre ser el mejor y el precio verdadero que pide. Ahora, allá cada uno.