Hay que dejar de esperar que lo importante nos resulte fácil.

Una vez más, hablo tanto de la vida como de la escritura, pero me voy a ceñir a la segunda.

Si de verdad importa lo que vas a escribir, no va a ser fácil, no va a ser confortable y no va a ser gratis. El precio es la incomodidad, esas sensaciones de querer hacer cualquier otra cosa menos escribir.

El otro día estaba escuchando a un profesor de neurología de Stanford hablar del aprendizaje. Este se produce cuando llegamos a la frontera, cuando empezamos a frustrarnos y un puñado de sustancias corren por el cuerpo con esas sensaciones de incomodidad. En esos momentos, buscamos el móvil o aparece una urgencia que nos habla de hacer cosas que parecen muy importantes de repente, como ordenar la estantería que lleva años así o mirar qué han dicho cuatro idiotas en Twitter.

Pero si perseveramos en presencia de la incomodidad, si seguimos un poco más, se produce ese aprendizaje. Crecemos y ponemos las lindes de nuestra frontera unos pasos más allá.

Es verdad que hoy hay toda una industria dedicada a distraernos, porque la atención es literalmente la vida y quieren que la gastemos viendo anuncios, un baile de mierda o comentarios negacionistas, junto con más anuncios entremedias. Es posible que hoy sea más difícil mantener la atención, pero también es cierta otra cosa.

Llevamos el germen dentro, buscamos esa distracción.

Hoy tenemos más y más a mano, pero es algo de lo que se han quejado siempre los escritores, filósofos y todo el que estaba ante algo que podía merecer la pena. Si no es el móvil o Internet, es otra cosa, excusas nunca faltan.

Así que se produce la gran paradoja, cuanto más importante es lo que tenemos entre manos, más poderosa es la tentación de evitarlo. Sabemos que algo es fundamental y debemos trabajar, pero no hay manera de ponerse.

Esa incomodidad es la brújula que indica el camino que debemos seguir. Al otro lado está crecer un poco más, establecer nuestra frontera dos pasos más lejos que ayer. Y no es solo una cuestión de neurología, también es emocional y psicológico.

Hacer lo importante nos obliga a llegar hasta la frontera y enfrentarnos con nuestras limitaciones, reconocer que las tenemos. Por eso siempre va a ser incómodo y querremos evitarlo.

Puede ser con el móvil, la mosca con la que decían que me distraía de pequeño o lo que haya al otro lado de la ventana, donde todos parecen divertirse más que tú.

Así que sí, hay toda una industria que dispara con armas pesadas para distraernos, pero el germen que provoca eso lo llevamos dentro y aparece, sobre todo, cuando algo nos pone ante el espejo de nuestras habilidades y las lleva al límite. Es decir, que sucede sobre todo con lo importante, pero al menos, tenemos el poder de las historias para ayudarnos.

En la vida, casi todo depende de esas historias que nos contamos, de la interpretación que concedemos a los hechos. Estos, muchas veces, no tienen significado en sí mismos hasta que pasan por nuestra mente y le asignamos uno.

Así que siempre podemos contarnos una mejor historia. Podemos contarnos que, cuando aparezca esa incomodidad y las ganas de hacer cualquier cosa, menos seguir escribiendo, es que estamos en el buen camino. Es una señal de que llegamos al lugar que nos va a hacer crecer, un buen augurio y no una molestia. Podemos contarnos, porque es verdad, que si persistimos un poco más, quizá saldremos al otro lado de lo importante, moveremos nuestros límites e incluso cuando no nos salga como queremos, nos habremos vuelto un poco mejores.

Lo contrario es darse la vuelta y hacernos más pequeños, porque las fronteras de lo que somos y podemos no son fijas. O crecen o disminuyen en un flujo constante.

La única forma de ser mejores es atravesar esa incomodidad, aceptar nuestras limitaciones, el hecho de que la mayoría de las veces nos vamos a caer porque es territorio inexplorado e inseguro.

Como siempre, más fácil de decir que de hacer. La vida en la frontera siempre ha sido peligrosa, no hay más que abrir los libros de historia. Pero no pasa nada, hay una sensación de victoria en caer allí, porque no significa que fracasaste, sino que que te has atrevido.

O al menos, esa es una mejor historia que contarse.