Estoy en uno de esos momentos de encrucijada en los que, simplemente, no puedes con todo lo que tienes encima de la mesa y, como eres una persona y no un dios, has de dejar que ciertas cosas mueran para que otras vivan.

Una especie de dilema del tranvía que se da una y otra vez.

Creo que me parezco bastante a muchos de los que me leen cuando digo que el aburrimiento no es el problema, sino todo lo contrario. Tengo siempre miles de ideas, proyectos e iniciativas en la cabeza. Y lo que es peor, bajan de ahí y trabajo en mil cosas dando un paso, en vez de dar mil pasos en una sola cosa. Así que la vida está hecha de demasiados intereses a medio.

Me cuesta decidir, porque decidir es reconocer que mi tiempo y mi energía son limitados y no podré con todo, y eso me aterra. Así que, de manera inconsciente, no suelto casi nada, no elijo, hago un poco de esto y un poco de aquello.

Esa es la cristalización de una creencia errónea, la de que tendré tiempo de finalizar todo lo que quiero hacer y, además, estará bien, así que no hace falta que abandone nada.

El otro problema añadido es que todas y cada una de esas cosas sobre la mesa son importantes. Que no es una cuestión de que haya que encontrar la aguja en el montón de paja irrelevante. El problema, como bien dijo alguien, es que hoy hay demasiadas agujas para quien tiene inquietudes, demasiadas cosas interesantes e importantes al alcance, que llevadas a puerto tras mucho trabajo serían geniales.

Por eso también me es tan difícil elegir qué escribir, a qué dedicar mis esfuerzos, por dónde seguir en esta encrucijada y las que me quedan. Por eso es tan difícil comprometerse con una sola cosa y renunciar a las demás. Sólo en escritura, me he estado dedicando este último año a un reto Bradbury que ha capturado gran parte de mi tiempo, y que está genial, me lo estoy pasando tan bien unos días como sufro otros. Pero en la recta final también puedo ver que, en buena parte, ha sido la excusa perfecta para no ponerme con otras cosas, con ese libro a medio terminar, con volver a enviar algo en vano a editoriales, para que alguien más, aparte de mí, lea lo que escribo. Como en los viejos tiempos.

Crecer es elegir y renunciar. Al final, es más importante saber qué dejarás ir para que otras cosas puedan ver la luz. Eso implica asumir y aceptar lo que me aterra, que yo soy limitado y mi tiempo aquí también. Hacemos lo que podemos para no mirar hacia ese lugar ni asumirlo. Cuando te decides por un camino, reconoces que no puedes con todo, que eres tan frágil como el resto, que no vas a triunfar donde los demás fallaron y que, en realidad, no fallaron. Eran personas como tú e hicieron lo que pudieron.

Pero renunciar es la única manera de hacer algo.

Soy de los que muchas veces no toman decisiones importantes por miedo a que no sea la elección perfecta, a que después de haber escogido algo, aparezca otra cosa mejor y ya no pueda ir tras ella. Pero cuando es así, ocurre algo horrible, surge una frase de uno de aquellos libros de cuando aún publicaba. Te pasas la vida esperando esa decisión perfecta y «esperar no es manera de vivir».

Así que supongo que es cuestión de coger un camino de la encrucijada y seguirlo, en vez de dar varios pasos y volver, coger otro y dar varios pasos y volver… y así para siempre, habiendo conocido la encrucijada y poco más.

Reconozco que escribo esto sin mucho orden como escribo todo, para pensar las cosas y tratar de entenderme y entender algo, para no quedarme a vivir en los cruces de camino. Escribo para mí como siempre, pero tengo la sensación de que hoy no estoy solo.