En alguna ocasión he comentado mi opinión sobre los cursos de escritura o la enseñanza de la misma. En general todo se resume en que la utilidad es muy limitada y que la buena escritura no se puede enseñar, algo en lo que coinciden incluso escritores que imparten dichos cursos.

Esto no tiene nada que ver con el elitismo o la creencia de que «un curso no puede enseñarme nada», sino con el hecho de que los elementos más importantes para la buena escritura no pueden enseñarse por naturaleza.

¿Cómo se puede enseñar el deseo? ¿Cómo se puede transmitir eso que te hace levantarte antes que el sol sin ninguna perspectiva de recompensa?

Porque sin rutina no mejorarás.

¿Cómo se puede enseñar la resistencia frente a probabilidades imposibles y obstáculos constantes?

Porque esa resistencia tiene su raíz en un amor imposible por la letra y el amor tampoco se puede enseñar.

¿Cómo se puede enseñar a pensar?

Porque escribir es pensar y la buena escritura nace de la manera en la que el escritor ve y siente el mundo. Algo que observa o inventa pasa por ese tamiz y genera una historia, o la chispa de la idea surge de una combinación de vivencias íntima e intransferible, así como de otros elementos (llámese inspiración o lo que se quiera) que nadie ha sabido explicar del todo.

¿Cómo puedo transmitir a alguien mi manera de ver y pensar si no la entiendo ni yo? No se puede. Y si se pudiera, no se debería, porque en ese caso estarías creando imitaciones de ti con el mismo molde y la buena escritura sale de haber encontrado eso tan etéreo como es la «voz» propia del escritor.

Esa voz es algo muy escaso que nace de la autenticidad y es imposible que una persona pueda enseñar a otra a ser ella misma.

Todo nace además de la curiosidad interna y la atracción irresistible por las historias, que te va impregnando y modelando poco a poco con otro libro leído, con otro intento fallido de párrafo a horas indecentes.

Pero ¿cómo enseñas eso?

El problema no es la gramática, la ortografía o las partes de una historia. El problema no es la diferencia entre trama y argumento, conocer El viaje del héroe de Campbell, los siete argumentos básicos de Booker o las treinta y seis situaciones dramáticas de Polti. Porque todas esas cosas que sí se pueden inculcar pueden ser útiles, eso no lo niego, pero no son las que van a marcar la diferencia que uno suele buscar.

El problema es que si apenas se puede definir qué hace buena a la escritura, ¿cómo se va a poder sistematizar y transmitir?

Y que lo más importante, en la escritura y en todo, es la suerte, pero de nuevo surge el problema, ¿cómo enseñas eso?