Me gusta demasiado el silencio. Eso es un problema porque los callados son invisibles, el ruido ahí fuera es cada vez más fuerte y los tímidos mueren pronto en el Titanic.

En un juego donde ganar implica perder algo que te gusta tanto, o perder la esencia, la solución es no jugar.

Cosas que aprendes de películas viejas cuando eras crío.

Sin duda, esta es una época maravillosa para los que éramos el niño pesado de la biblioteca, porque ahora la mayor de todas está en la punta de los dedos y basta teclear lo que deseas saber, como quien le escribe la carta a los Reyes.

Pero cada vez hay más ruido y menos información valiosa, cada vez que buscas en Google, aparecen más y más páginas de listas que olvidas al instante, consejos exentos de alma o voz propia, cargados de supuesta optimización para buscadores. El equivalente de la comida rápida que va enterrando lo que merece la pena bajo una montaña de basura sin sabiduría alguna.

La señora montaña de basura

Yo formo parte del problema, porque sí, porque hay que comer. Porque llevo mucho trabajando como escritor mercenario y veo cómo el marketing de contenidos está arruinando la web y premiando el ruido, lo nada original. Se pone delante y tapa el sol a voces que merecen la pena, que cada vez tienen más difícil encontrar una audiencia.

Esas se vuelven un tesoro raro, que guardas en tus enlaces favoritos cuando las encuentras, porque el algoritmo las va a invisibilizar sin remedio.

Hace tiempo hablaba de cómo la novela literaria tenía cada vez más difícil competir si no se encuadraba bajo la dictadura de los géneros y no se sometía a los tropos de siempre.

Lo mismo ocurre con cualquier clase de escritura, porque si escribes lo importante, lo importante es complejo. Bebe de muchas cosas y es imposible de definir con tres etiquetas que le digan al algoritmo qué eres y de qué va esto. Esto va de todo y de nada, de lo que importa de verdad, del amor y la muerte y todo lo que hay en medio. Va de lo que no entiendes y el algoritmo tampoco te entiende a ti ni le convienes, porque a él le han ordenado proporcionar satisfacción instantánea. No importa que no dure, que no sea lo que realmente buscas o incluso lo contrario de lo que necesitas.

Es lo que hace cling cling en la caja del dinero y mejor si al poco tiempo sigues insatisfecho, porque así buscarás de nuevo en vano y, con suerte, la caja vuelve a hacer cling cling, pretendiendo matar el hambre con comida que no llena.

Yo también tengo hambre. He pensado en dejar la faceta de escritor a sueldo, pero he de comer y ya lo pone a la entrada de esta casa, escribo historias y no sé hacer nada más.

Pero aunque tenga que jugar de momento y odiarme por eso, no tengo que hacerlo todo el tiempo.

Puedo tratar de crear espacios libres, pequeños, modestos. Y no soy el único, hay un cierto revival de sitios y blogs con voz propia, al margen de las cosas y de la dictadura del buscador. Lugares exentos de ruido y con algo interesante que contar. Los encuentras por casualidad, se transmiten de boca a oreja y no obedecen a la tiranía de la máquina que sólo responde al dinero.

Son un asunto minoritario sobre temas minoritarios, cosas de unos pocos que también aman el silencio y declararon la guerra al ruido. Por eso cambié la web. Que le den a Wordpress y las cookies y los banners, que le den al algoritmo, a Analytics y a vivir por y para las métricas. Pura vanidad en un juego amañado de todas formas, que no se gana o en el que tienes que perder demasiado para hacerlo.

En esos casos, siempre queda el acto de rebeldía de no jugar. Es inútil, pero así suelen ser las mejores cosas.

Juegos de guerra