Infravaloramos el riesgo, es lo que tiene ser humanos. Hay una tendencia a ignorar lo que no vemos ni oímos, o lo que vemos, pero termina mal. Maneras de defendernos, porque siempre pensamos que esa curva traicionera o ese tumor inesperado es lo que le pasa a otros.

Con la escritura sucede lo mismo. No vemos las historias de aquellos que no llegan arriba, porque no han llegado. U olvidamos pronto a los que se quedaron por el camino y, un día, no recordamos cuál, esas personas dejaron de escribir aquello que nos gustaba y ya no recordamos su nombre. Demasiadas cosas en la cabeza como para acordarse, ya se sabe cómo es la vida.

Lo habitual es que escribir salga mal, pero es de lo que menos se habla y lo que no se habla no existe, porque el lenguaje es todopoderoso, una fuerza creadora o destructora que infravaloramos igual que el riesgo.

Eso da pronto una imagen irreal, pues parece que un montón de barcos llegan a buen puerto en la escritura y hablamos y nos centramos en ellos, porque son la historia que queremos oír. Ganadores de premios, firmantes de contratos y libros en las casetas de una feria.

—Me voy a tirar por este barranco.

—Pero es que te vas a matar.

—Oh, por favor. ¿Por qué eres tan pesimista? No lo seas, nadie quiere a los pesimistas, siempre estás igual.

—Esto no tiene absolutamente nada que ver con el pesimismo. Sólo digo que te vas a tirar por un barranco.

—Qué negativo siempre, hay que ser positivo, hombre. Positivo.

—Ok, adelante.

Las «no-historias» no suelen contarse y, cuando miramos al mar de la escritura, parece en calma y no podemos percibir todos esos barcos que quedaron en el fondo. Pero están ahí, navegamos por encima y son la inmensa mayoría.

A esa percepción errónea del mar de escribir (que parece precioso, pero es un monstruo, como te dirá cualquier marinero) se une que tenemos un sesgo a difundir las buenas noticias y a esconder los fracasos. Las redes sociales ganan millones capitalizando esa tendencia.

Esto acentúa el efecto de que se infravalore mucho el riesgo de echarse al mar de la escritura.

Como no oímos más que historias de éxito (mientras que las «no-historias» no alcanzan la superficie) parece que es más fácil traer un barco a puerto de lo que en realidad es.

La historia de caída y auge es una de las más antiguas y poderosas. Si escuchas, muchos autores son tan poco originales que recurren a ella: yo era un escritor a punto de ser devorado por el hambre, pero resurgí victorioso en el último segundo por el poder de los sueños.

De hecho, algunos son tan malos escritores que hasta se la creen.

En realidad, la historia más habitual es la de caída y caída más honda, porque siempre se puede llegar más bajo.

¿Y a qué viene este sermón de la montaña otra vez?

Pues a que no ha pasado otra semana sin que alguien me preguntara cómo vivir de esto. Al menos, uno de los correos era más sensato y preguntaba sobre cómo vivir redactando para otros, ya que comprendía que los sueños no se comen. Una vez más, he tenido que ser el que parta corazones, porque la verdad tiene esa manía.

Básicamente, mi respuesta ha sido la de siempre: escribir ficción es jugar a la lotería y dedicarse a escribir ficción es gastarte todo el dinero en boletos.

Si yo te dijera que, como estrategia de vida, te gastaras todos tus ahorros en lotería, me dirías que estoy loco y tendrías razón. Pero aquí estamos y hay quien propone cosas así.

Que a él le fue bien, le tocó el gordo, así que seguro que a ti te pasa lo mismo. Es un plan sin fisuras.

Alguna vez he tenido la tentación de responder en esos correos algo reconfortante, porque, ¿quién soy yo para matar los sueños de alguien antes de que le maten a él?

Esa debe ser la única tentación que no me vence, así que otra semana he vuelto a contestar la verdad en esos mensajes y, después, ya no vuelvo a saber nunca más de esa persona.