Supongo que todo se reduce a que odio el ruido. A que hay gente que echa de menos una casa sin él, los críos corriendo, los padres hablando de una habitación a otra, la música de fondo y algo que se rompe en pedazos y no pasa nada, nos reímos y qué envidia. Yo no puedo escribir con música mucho tiempo, a veces la pongo, no debe tener letra y, a los pocos minutos, el mejor momento es ese en el que la apago y se hace el silencio.

Que yo también busco el ruido de otros a veces, pero el problema es que el ruido nos está buscando a nosotros todo el rato. Quieras o no, se cuela por todas partes, especialmente por esa ventana de seis pulgadas que es el móvil. Y también adquiere más formas que nunca, porque no se puede vender en el silencio y el valor de algo se reduce a eso.

Yo necesito silencio para pensar, leer y escribir, que no es más que otra forma de pensar.

También hay más maneras que nunca de hacer ruido, porque todos tenemos un altavoz y estamos programados para atender a los que gritan las barbaridades más grandes, las noticias más macabras, reales o inventadas, que la ficción ha ganado por fin una batalla y ha tenido que ser esa. A los sensatos no se les oye por encima del griterío y las buenas noticias no importan. Ya se lo dejó claro Napoleón a su secretario: «Si llegan buenas noticias, nunca me despiertes, pueden esperar».

Es un acto de rebeldía dejar de escuchar el ruido, apagar las notificaciones, tener siempre el teléfono enmudecido, pequeños actos a la contra, pero que no salen gratis. Si no entras en el juego del ruido, estás condenado a quedarte atrás y vivir en el margen. Esto último no me importa demasiado, el margen es estrecho, pero está poco poblado, así que es silencioso.

El ruido funciona, esa es la realidad. Si no lo haces, nadie te leerá y nadie te verá. El ruido era prerrogativa y labor de las editoriales, pero hoy debe ser la del escritor. Por eso la primera pregunta (en voz alta o no) es cuántos seguidores tienes, que viene a ser cuánto ruido puedes hacer.

El ruido funciona, pero lo cierto es que poco y mal, cada vez menos. Has de hacer ruido, pero es agotador y, en cuanto dejas de hacerlo, dejas de existir, enterrado en la cacofonía a la que has contribuido y que sigue frenética sin ti en cuanto te detienes.

El ruido es una carrera armamentística. Para que se te oiga tienes que hacer un poco más que el que ya hay, y el resto del ruido trata de hacer lo mismo y así todo el mundo sube el volumen, porque somos muchos, todos tenemos prisa y lo nuestro es lo más importante.

Lo mío también, por supuesto.

Tengo un amigo que se pone los cascos y truena metal alemán a todo volumen, es su llave de paso a un universo en el que sólo existen él y sus pensamientos. Es su meditación y su camino a la sordera. Le envidio a veces, no está tampoco muy bien adaptado a todo esto, pero al menos me lleva cierta ventaja en lo del ruido.