Hoy, retazos sin principio, nudo ni desenlace.

Recuerdo bien lo que me dijo la primera editora que me rechazó una novela, que me sosegara. Que estuviera tranquilo y escribiera también así. Corría demasiado para llegar a un final y no daba tiempo a que quien me leyera se implicara con lo que escribía y las personas que protagonizaban la narración. Cuando llegaba el clímax, este no importaba, porque las personas tampoco.

También por eso, el final era abrupto.

No pasaba nada, dijo que era muy joven, demasiado como para escribir bien las cosas importantes (eso no lo dijo ella, lo pienso yo).

Se despidió diciendo que, cuando tuviera otra novela, se la enviara.

Tuve otra novela, era igual de mala, quizá peor. Nunca se la envié, tampoco recuerdo ya el nombre de esa editora. Hace más de veinte años de todo aquello, como hace más de veinte años de todo.

Eso sí, la vergüenza que pasé leyendo aquella carta sigue intacta y no he encontrado aún ese sosiego, para que digan que el tiempo lo cambia todo.

En la escritura sólo puedo fingirlo a veces tras demasiados repasos. En la vida me han dicho que soy una de las personas más calmadas que han conocido, pero quien me ha aguantado sabe que la ansiedad va por dentro y que, cuanto más tranquilo y callado, peor.

También he buscado la calma en los sitios equivocados.

A veces han dicho de mí que cuando hay un problema tengo cierta sangre fría (y cierta falta de empatía) y comienzo a hacer, como un robot, hasta que se arregle. En realidad, esas son las situaciones fáciles por una sencilla razón, está claro lo que hay que hacer en cada momento.

Si un edificio está en llamas tienes que mojar toallas y salir, si sangra, debes presionar, si te encuentras a alguien atrapado entre los hierros de un accidente y no puedes sacarlo, al menos dale la mano, pregúntale cómo se llama, dile que todo irá bien… Cualquier parecido de estas cosas con la realidad es mera coincidencia o no.

Pero la escritura es muy diferente. No hay decisiones claras o idea sobre lo que hacer. Es una de esas cosas importantes en las que puedes intentar todo, hacerlo bien y salir derrotado de todas formas. Es una hoja en blanco que tú sabrás cómo llenar y todos aquí conocemos lo complicado que es eso y en qué papelera acaban la mayoría de esas hojas.

Es muy difícil ganar juegos difusos, sobre todo cuando no funcionan según las supuestas reglas.

Eso es algo que descubren los escritores en cuanto tocan el mundo editorial. Como siempre, la ilusión que mantener es la de una supuesta meritocracia. Un ejemplo son las patochadas de la gala del Premio Planeta, en la que conectan en directo con la sala de deliberación y se ve a los miembros del jurado con una expresión seria y sesuda, determinando qué mamotreto de los que tienen enfrente lo merece más. Mientras, horas antes, los periódicos han filtrado al ganador, pero se ha de mantener la ilusión y todos jugamos a ella un poco, como cuando los Reyes Magos.

Pero que gane «el mejor» es imposible por muchas razones, desde que la meritocracia es un cuento en general, hasta el hecho de que no hay criterios objetivos por los que valorar un libro. O mejor dicho, hay algunos claros que convierten a un libro en malo, pero en el terreno de lo bueno…

Cuando por alguna razón he gustado a un editor y he forjado una relación, este me ha llamado para participar en antologías o me ha preguntado, como aquella mujer hace más de 20 años, que en qué estoy trabajando y si tengo algo a lo que pueda echar un vistazo.

Como todo en la vida, desde sobrevivir a triunfar, este es un juego de relaciones por encima de todo y los lobos solitarios acabamos cazados o muriendo solos.

Es normal, yo tampoco leería igual lo de mi hermano que lo de un desconocido. No le dedico el mismo tiempo, ni tomo las mismas decisiones.

No sabría ni por dónde empezar a buscar a aquella primera editora para decirle que no sólo tengo otra novela, sino varias a lo largo de estos años. Creo que, entre cambios de ordenador, formateos y traslados, he perdido más palabras de las que conservo. Lo curioso es que no las echo de menos.

Como siempre, no hay moraleja.

Si alguien pudiera encontrar algo parecido, quizá sería que, lo mejor que podemos hacer por nuestra escritura es cortar por la mitad el tiempo que le dedicamos y emplear lo liberado en establecer relaciones, en vez de tallar obsesivamente las frases buscando un sosiego que no vive ahí.

Las camarillas funcionan (más o menos, pero funcionan), conocer a gente funciona, establecer relaciones funciona…

Somos humanos.

Luego viene la suerte, claro, que esta primera editora leyó un viejo cuento mío por casualidad y le gustó. Por eso me preguntó lo de la novela, ya que los cuentos no vendían y ella era editora, no samaritana.

Aquel día la suerte tocó y yo era poco menos que un chaval ansioso con una historia atropellada a la que se le veían los hilvanes, así que sí, escribir bien también cuenta, claro. Pero ya lo he dicho muchas veces, esa es condición más o menos necesaria, aunque nunca suficiente.

En fin, otra historia, otro miércoles como hace más de veinte años, con finales abruptos.