Casi siempre hablo de que escribir bien es un camino muy difícil, que te cuesta varias vidas y ni siquiera sabes qué es exactamente eso de «escribir bien», que te sientes un impostor y que el auto-odio es parte natural del proceso creativo.

Y si siempre estoy con que es tan duro, ¿por qué hacerlo? Alguno me lo ha preguntado.

¿No están todos esos que dicen (venden) que si algo no te resulta maravilloso no lo hagas? Todos esos no tienen ni puta idea ni han hecho nunca nada reseñable, y yo no suelo hablar de estas cosas, ya que para cada uno ese porqué de escribir es algo personal y diferente, así que mi experiencia no es la de los demás.

Quizá yo sólo quise escribir bien porque siempre quise superpoderes.

De pequeño ya me ponía un pedazo de tela al cuello como capa de héroe y mi madre, como todas las madres de su generación, decía que me quitara eso y me contaba la historia de advertencia del niño que se tiró por la ventana pensando que la capa le haría volar.

También estaba el niño que se electrocutó al abrir la nevera mojado, el que se murió de empacho de habas y el que se alejó demasiado cuando sus padres le dijeron que no lo hiciera, sólo para caer en las garras del Sacamantecas. Hubo toda una generación de niños terriblemente desgraciados que murieron para advertir a los demás y que sigamos vivos.

Pero ese no es el caso, el caso es que escribir es, entre otras muchas cosas, lo más parecido a un superpoder, porque puede crear emoción en el otro.

Eso sí, si se escribe «bien», probablemente la empresa más difícil del mundo.

Estaba escuchando el otro día a Kishi Bashi y con su violín y su voz me llevó durante cinco minutos hasta ese lugar al margen de la vida, donde el tiempo y las pequeñas cosas y personas que siempre vienen a joder el día no tienen poder.

Te traslada a ese mismo sitio en el que estás un instante después de despertar y un instante antes de que recuerdes quién eres y qué vida te ha tocado. El buen arte es capaz de hacer eso y no hay nada más poderoso, ni hay otra ciencia ni vocación que lo consiga.

Las personas siempre estamos inclinadas al poder, es algo que nos supera, así que supongo que a lo mejor por eso siempre he querido escribir bien, por eso y porque no soy Bashi, la música y yo tenemos una relación de esas que hemos tenido todos, yo la adoro a ella y ella no quiere ni verme, que dice que soy un patoso cuando la toco. «Patético, Isaac, ¿con cuántas artes antes que yo has estado?».

Lo mismo que me pasaba con la escritura, esa vergüenza de leer lo escrito hace tantos años (y no tantos, ayer mismo) pero soy más cabezota con ella, así que hoy, como cada mañana, me he levantado y me he puesto a juntar frases formando una escalera a ninguna parte, mientras my guitar gently weeps y sigue en la entrada sin tener a nadie que la toque, patoso o no.

Algunos han querido desentrañar qué ocurre con nosotros y el arte, cómo, por ejemplo, las metáforas iluminan los mismos rincones sensoriales que se encenderían si en vez de leer esa metáfora los dueños de los cerebros sintieran de veras aquello a lo que aluden.

Literalmente, la escritura puede crear una realidad que el cerebro tiene muy difícil distinguir de la de cada día. Crear cosas que parecen reales, el poder de los viejos dioses.

Supongo que al final la explicación de por qué escribir da igual, no lo hago por poder, pero a lo mejor un poco sí. Yo sabía que la capa no me haría volar si abría la ventana, pero el buen arte, la buena escritura, puede hacerlo.

Por eso el auto-odio, las mañanas en las que escribir no es maravilloso, los textos malos y la insistencia y la guitarra huérfana. Porque merece la pena y nada bueno llega sin sacrificio y sin que cueste.