Este es un anuncio de servicio público: lo de hoy tiene más de larga divagación que de otra cosa, pero bueno, supongo que si no es tu primera vez aquí, eso ya lo sabes.

Creo que es indispensable que, para escribir bien, uno sea capaz de pensar hondo.

Creo que es indispensable para cualquier arte, de hecho —al menos si quieres hacer arte y no mero entretenimiento—. El buen arte y escritura tienen muchas capas y las más hondas conectan con esos temas que nos plantearemos hasta que nos extingamos.

Quiero un tambor y que sea mío

Uno de mis entretenimientos es el de leer cartas, entrevistas o diatribas de los escritores que más me gustan, y no falla: todos tienen esa capacidad de pensar hondo, ver más allá y cortar la bruma alrededor de la vida con un pensamiento afilado.

Si uno lee una carta de Pizarnik o Hemingway, o una entrevista a Bukowski o Vonnegut, se asombra de lo lúcida que es la mirada y cómo interpretan la vida más allá de lo que nos dicen y venden. Mientras los demás gritan repitiendo lo que les dicen, ellos caminan al ritmo de su propio tambor. Y yo siempre quise un tambor.

El mito de creer que pensamos

Iba a decir una frase de viejo cascarrabias, la de que se ha perdido pensar, pero es que en realidad no se ha perdido, nunca lo encontramos. Entre que a unos les conviene y que los humanos tenemos serios problemas para pensar correctamente sobre muchas cosas, aquí estamos, corriendo en muchos asuntos como pollos sin cabeza.

Recuerdo la reseña de un libro (aunque no recuerdo el libro) en la que lo criticaban porque los personajes conseguían que una masa de gente hiciera lo que ellos quisieran con sólo entonar un mal discurso. Es cierto que ese es un recurso barato, heredado de la mala televisión que depreda muchos libros, pero veo la velocidad de las redes sociales para lapidar a alguien (y la velocidad a la que las piedras pueden cambiar de dirección) y pienso que esa crítica igual sólo es un deseo: el de querer creer que no seamos tan fácilmente manipulables y de pensamiento superficial.

Monkey brain

Una vez leí que cuando uno habla de religión, fútbol y otros temas con un alto componente emocional (eso incluye política, género o lo que a cada uno le toque de cerca), se activa la misma parte del cerebro que maneja el reflejo más primitivo de pelear o huir. Es decir, se anula nuestra capacidad de pensar racionalmente.

El sesgo de confirmación (la tendencia a negar hechos que vayan contra nuestras creencias y aferrarnos a los que van a favor como si la vida nos fuera nos fuera en ello) es un fenómeno demostrado mil veces; y da igual que nos planten la verdad objetiva delante, no cambiamos de opinión. Creo que fue Unamuno el que ya dijo eso de que una discusión sólo servía para acabar más convencido de lo que empezaste.

Por eso no me molesto en debatir muchos temas en las redes ni en general, es una batalla perdida. El truco más viejo del mundo es que, si yo «toco» tu sistema límbico con lo que digo, disparando alguna emoción (y eso es fácil) voy a anular tu capacidad de pensar. Lo hacen constantemente la televisión, las sectas y los periódicos.

Es increíble la basura de artículos que uno lee, pero es que su objetivo no es informar, es activar la emoción deseada para que no pienses y que así te lo tragues como verdad. El resto es irrelevancia, artículos sobre fofisanos y mierdas similares, para llenar sin alimentar y que Aldous Huxley se remueva en su tumba.

No estamos muy hechos para esto

Pensar es complicado, nuestro cerebro evita hacerlo en cuanto puede. El cerebro consume casi la cuarta parte de nuestra energía y por eso, en cuanto puede ponerse en punto muerto, lo hace, pues hay que ahorrar.

No ha evolucionado desde que la comida era escasa en la sabana y MacDonalds no existía.

Eso hace que nuestra mente lleva mal ciertas cosas. Somos muy buenos para ciertas intuiciones, pero malos para un pensamiento profundo, nos cuesta. Es increíble la poca gente que sabe de estadística, pero la cita erróneamente, una y otra vez, para ensalzar la causa de turno.

Lo mismo pasa con el que es posiblemente el error de pensamiento más propagado: no saber distinguir entre causalidad y correlación. Y a veces, cuando sabes distinguirla, no entendemos bien la dirección de la causalidad.

El carril de varias direcciones

El otro día asistí a una conversación en la que se caía en la «falacia del nadador». A la hora de explicar la falacia, que ilustra que erramos muchas veces en la dirección de la causalidad de las cosas, uno pone sobre la mesa la creencia extendida que los nadadores de élite tienen ese cuerpo tan típico porque nadan mucho.

Pero la causalidad es al revés, precisamente son nadadores de élite porque tienen esa predisposición genética y esos cuerpos, lo que les permite (por supuesto tras severo entrenamiento) estar entre los mejores del mundo.

Mucha gente se queda con los ojos entrecerrados al oír eso, porque tenemos pautas de pensamiento muy marcadas. Normalmente se suele entender mejor cuando se expone la analogía de si creen que los jugadores de baloncesto han evolucionado a tener más de dos metros de media por el hecho de practicar su deporte.

Aún así, siempre hay alguno que dice que no es lo mismo, y da igual que se le diga que mucha gente nada mucho y, sin embargo, nadie adquiere cuerpo de nadador de élite sólo haciendo eso. Lo malo de todo esto es que los que piensan hondo, no se molestan en gritar.

Callan porque saben que es inútil debatir, de modo que sólo se oye a los que gritan. Y cuando los que piensan hablan, exponen que todo lo importante requiere soluciones complejas, que tardan tiempo y pueden o no funcionar (y es que así funciona de verdad el mundo).

Automáticamente vuelven a la sombra y se les ignora, porque lo que se quiere es una solución fácil, rápida y que ejecute otro.

El tercer consejo para escribir mejor

Total, ¿cómo puedo escribir mejor? Personalmente creo que a los dos únicos consejos que sirven para eso (escribe y lee), se puede añadir tercero: piensa. Plantearse preguntas, profundizar y aprender.

Y dudar también de todo lo que te digan, de todo. Escribir es una quimera para entender y entenderse.

Y eso precisa que pensemos hondo, algo que no tiene nada que ver con una escritura filosófica o farragosa, sobre la insignificancia del hombre frente al infinitud del universo.