Hace un tiempo escuché el comentario de un autodenominado escritor que le comentaba a otro en su web que él no quería escribir cuando no le apeteciera o cuando no tuviera ganas, porque no quería manchar la escritura y que se convirtiera en algo que hacía por obligación. Un acto al que se le quedaran pegadas asociaciones negativas.

Prefería hacerlo cuando las circunstancias fueran buenas, cuando saliera de él un deseo perfecto.

Es decir, nunca.

De hecho, este escritor sólo tenía un buen puñado de obras geniales en su cabeza por lo que pude deducir. También otro puñado de proyectos empezados, a continuar cuando el tiempo fuera propicio. 

Es decir, nunca.

El problema de todo esto es que los escritores somos seres enamoradizos. No de otras personas, a las que raras veces entendemos, sino de las ideas. De las nuestras propias que siempre consideramos superiores y de todas las demás, especialmente la idea de escribir.

Pero no vivimos en el mundo de las ideas, o algo así me quedó de aquellas tardes en una clase de paredes descascarilladas y estufa de leña, en las que «Juan, el filósofo», intentaba meter a Platón en cabezas de quince años, donde claramente no cabe.

Muchas veces, lo que se interpone entre nosotros y la escritura es la propia idea de la escritura. Una idea de la que estamos enamorados y que hemos visto mil veces perfecta en libros y películas, una que, cuando intentamos llevar a cabo, no se parece en mucho a eso que había en nuestra cabeza.

No voy a entrar hoy en las claras similitudes con la pornografía.

Al contrario que en el caso de Platón, no creo que las ideas sean una realidad liberadora, lo mejor que podemos hacer si queremos escribir más y mejor es lanzar esas ideas preconcebidas, y las expectativas que vienen con ellas, por el balcón más alto al que nos podamos asomar. Y sacudirnos las manos mientras entramos satisfechos a seguir tecleando en el barro y la cueva.

Mientras sigamos enamorados de una idea imposible, sobre la escritura o lo que sea, nos vamos a perder todos y cada uno de esos amores verdaderos que nos están esperando y que, con trabajo y dedicación, como se hacen las cosas en el barro y en la cueva, podremos convertir en una obra de arte.

El comentario con el que abría este texto, lejos de ser algo positivo aunque lo parezca, me pareció una noción aterradora. Esperar a que se den las circunstancias adecuadas para ponernos a trabajar va a ser pasarnos la vida esperando. Ya desde pequeño, no me imaginaba peor forma de emplear el poco tiempo que se nos ha dado.

De hecho, quien aún cree en esas fantasías es que no ha escrito apenas o no se ha enamorado mucho. Cree en algo que le tiene que venir dado ya en su forma perfecta, que no exija trabajo por su parte y solo un disfrute que merece por derecho de nacimiento.

Buena suerte con eso.