De un tiempo a esta parte, no paro de ver listas de libros que la gente lee a toda velocidad y artículos de todo tipo sobre cómo leer más de un libro a la semana, aumentar la rapidez de lectura, comprender mejor o tomar mejores notas.

En un sentido más cercano a esta web, también me he tropezado con no pocos artículos sobre cómo leer analizando lo que el escritor ha hecho, en una especie de intento de aprender a «escribir mejor» de esta manera.

Sobre esto último, ya he comentado alguna vez que no creo en leer diseccionando. Que no aporta nada especial, proyección de cosas que seguramente no estén ahí.

Siempre recuerdo clases de literatura en las que el profesor nos preguntaba qué trataba de decir el autor con tal o cual pasaje, metáfora o imagen. Y siempre había una explicación sesuda y freudiana sobre ello, que a mí me costaba ver y nunca acertaba.

También recuerdo que una vez le preguntaron a Hemingway sobre qué quiso decir en cierto párrafo con lo de que el cielo era azul, qué simbología oculta había detrás y qué mensaje entre las líneas.

«Quise decir que el cielo era azul».

Creo que la frase resume todo esto. Que está muy bien que se vean cosas, porque he ahí la magia de la escritura y las historias, que son distintas para cada uno, pero siempre me fascinó ese intento de convertir nuestras interpretaciones en las del autor, como una especie de medalla de honor por haberlo comprendido mejor que el resto.

Pero es que pone que el cielo es azul porque el cielo era azul, qué quieres que te diga.

Volviendo al tema principal, porque me desvío siempre hacia donde no debo, la comparación con otros es inevitable y la raíz de todos los males. Así que no niego que al principio me sentía abrumado por esos lectores velocistas. Mientras ellos habían leído diez o quince libros, yo llevaba un par y a medias un tercero.

Soy un lector lento y, por esas cosas que hacen las redes, llegué a sentirme otra vez como aquel crío que no corría mucho y elegían de los últimos en el patio.

De alguna manera, le estaba fallando a la lectura, no era lo suficientemente productivo, voraz o dedicado. No me acercaba ni de lejos a los números que muchos muestran.

Pero lo cierto es que es mejor así.

Mejor porque, mientras unos sí que devoran y disfrutan, otros parece que quieran hacer de la lectura otra tarea más, otra obligación como si los días no vinieran ya con suficientes.

Soy lento, no pasa nada, porque disfruto.

Disfruto y me meto en la historia y, no sé si el cielo es azul en ellas por algún motivo que se me escapa, pero al menos el autor consigue lo que pretende, lo que a mí me gustaría, la magia de desaparecer entre las líneas hasta que cierro el libro. De viajar (lentamente en mi caso) hasta donde quieran llevarme.

Ahora es Isabel-Clara Simó, con la que voy desde Alcoy a Nueva York, antes estuve de Fiesta en la madriguera con Juan Pablo Villalobos.

Despacio y orgulloso de ello, en medio de esta vorágine por hacer más, leer más, convertir eso también en una tarea y tratar de optimizarla.

No quiero más deberes, quiero que la lectura sea el último reducto no salpicado por las obligaciones. Bastante abarcan ya, sobre todo gracias a ese complejo de culpa que nos inculcan hasta conseguir que creamos que, si no estamos dedicando el tiempo a algo de provecho, lo estamos perdiendo.

Sinceramente, a lo largo de mi vida nunca he perdido más tiempo que cuando lo he dedicado a las cosas que me dijeron que eran importantes y serias.

Así que seguiré sin hacer listas de libros leídos (comencé una en 2020, pero para qué), también seguiré siendo el que continúa con el mismo libro cuando los demás llevan tres. No me importa, me parece que ya corremos demasiado en todo lo demás, sobre todo en dirección a ninguna parte.

Y si eres de los míos, no pasa nada, no estamos rotos, al contrario. Es la hora de estar orgullosos, ¿por qué no?

Probablemente así veamos un azul en el cielo diferente a los que corren tanto por las páginas y convierten las palabras en una cuestión de números.