Cargo con una vieja maleta llena de cuentos e historias. Por suerte, la maleta no pesa. La escritura dejó de ser de papel hace mucho años y esas carpetas de ordenador están llenas de fantasmas y los fantasmas tampoco pesan en la mano, aunque lo hagan en la conciencia.

Hoy he vuelto a viajar al pasado para cambiarlo y todas las historias cuentan que tratar de hacer eso siempre acaba en desastre.

Tienen razón.

Hoy he viajado hasta el 7 de enero de 1999.

Ese día terminé un relato cuya premisa me sigue interesando incluso tanto tiempo después. Es un suceso extraño, porque lo que escribo me deja de atraer a los diez minutos de terminarlo y volver a viejos textos siempre resulta una visita fastidiosa. No entiendo a esos escritores cuando hablan de que la historia que acaban de publicar la empezaron hace diez años y la retomaron del cajón.

La premisa del relato es una tontería tremenda, trata de un hombre con ganas de ir al baño. Lo que quiero transmitir, que es otra tontería tremenda pero qué más da, me resulta muy difícil. Tanto, que habré escrito al menos cincuenta versiones de ese relato en estos más de veintiún años y todavía no he sido capaz de contar la historia que quiero.

No he releído nunca un libro, excepto El guardián entre el centeno y no he tratado de reescribir nunca algo más o menos terminado, excepto ese relato.

Un día, hace mucho, tras otro intento fallido, pensé que cuando fuera capaz de contar esa historia sin sentido, al fin podría decir que escribo bien.

Esta mañana lo he intentado de nuevo porque la luz del amanecer parecía la correcta y he vuelto a fracasar. Otra nueva versión aburrida en la que no se entiende lo que quiero decir.

Siempre he tenido un problema de claridad en mi escritura, ese relato es mi piedra de toque y veo que tendrá que seguir esperando, hasta que me canse o el siguiente amanecer sea mejor.

Luego se me ha ocurrido ojear otras historias de aquella época o incluso antes. No entiendo a la gente que compra esa nostalgia de moda. El viaje al pasado siempre es molesto y sólo consigue emborronar los buenos recuerdos con la sensación de que no se puede volver, ni al hogar que decía Wolfe ni al pasado.

Porque lo que te gustaba no eran aquellas historias ni aquellos tiempos en realidad, sino ser el crío con la esperanza de que todo era posible.