Mi arrogancia es infinita al copiarle el título a Saramago, pero José no tiene el monopolio de la ceguera, ese nos corresponde a todos.

Hace poco estaba leyendo el libro Originales de Adam Grant. En él habla de Seinfeld, probablemente la serie de comedia más exitosa hasta que llegó Friends. El sistema de series funciona mediante un episodio piloto que se muestra a una audiencia o focus group, la cual emite su opinión sobre lo que ve y eso influencia en la mayoría de ocasiones qué ocurre con la serie.

Es un modelo utilizado también en el cine y, como todo lo mediocre y lo venéreo, se contagia a otros sectores y también salpica a la literatura. Sin embargo, no voy a empezar de nuevo con lectores cero y similares porque ya he hablado largo y tendido, hoy, Seinfeld.

Y la cuestión es que Seinfeld salió muy mal parada en el visionado del episodio piloto. Le encontraron un montón de defectos y, en general, la queja más repetida fue que la serie iba sobre «nada».

Pero el problema no es que un grupo de personas (que se suponían la audiencia ideal) no vieran que tenían delante uno de los mayores éxitos de la historia y lo apalearan, el problema es que, sistemáticamente, los episodios piloto no salen bien parados en esos visionados. Da igual que luego sean éxitos tremendos o fracasos sin remedio. Según el cómico Paul Reiser: «Nunca he estado en una prueba que fuera buena».

Sin embargo, a pesar de ser un sistema fallido se sigue empleando y exportando.

¿Por qué fracasa? Para empezar, porque las personas no somos muy buenas reconociendo la originalidad. Atrapados por el sesgo de familiaridad, un grupo de gente siempre va a derribar lo diferente y tirar hacia el centro de lo que conocen.

Así que buena suerte si quieres innovar o hacer algo diferente cuando te estás basando en estudios de mercado y técnicas similares. Steve Jobs ya tenía claro que la gente no sabía lo que quería hasta que lo veía, y también se hizo famosa la frase apócrifa de Henry Ford que nunca dijo:

Si hubiera hecho lo que la gente quería, habría fabricado caballos más rápidos.

Los problemas a la hora de consultar a otros sobre una obra para que den su opinión son muchos y variados (lo que me sirve de nuevo para repetir que, por favor, por favor no me pidáis opinión de algo que hayáis escrito, es inútil y lo que menos me gusta). Muchos de ellos ya los he nombrado en otras ocasiones, pero uno muy importante que se subestima es la mentalidad con la que miras la obra en esos casos.

Igual que no creo en leer diseccionando lo que un escritor ha hecho (es una excelente manera de arruinar la experiencia), pedir consejo a otros los coloca en la posición que no quieres que nadie tenga con tu obra.

Cuando uno tiene la función de analizar y dar su opinión, su mentalidad es muy diferente a la que tiene cuando coge el libro de la estantería y lo lee sin más. No es un lector, es un crítico aficionado.

Es como el estudiante que ha de hacer un trabajo y le van a preguntar al final. Así que ha de sacar puntos de mejora y ha de analizar cosas para las que, realmente, muchos lectores no están preparados ni deben estarlo, como estructura, evolución de personajes, etc. Pero ha de sacar algo, lo que sea, porque eso es lo que esperan de él.

En el segundo caso, coges el libro, lo disfrutas o lo odias y ya está, pero no hay un filtro entre la obra y tú que lo mediatiza todo. La historia llega pura y hace su verdadero papel, llega Seinfeld a la pantalla, a pesar de las reticencias, y lo revienta dejando en tierra a las demás comedias y a las cincuenta personas que dijeron que no valía.

La moraleja una vez más es que, si quieres hacer algo bueno, has de ignorar a todo el mundo.