Oliver Burkeman es un hombre inteligente, cada semana o así escribe una columna en el diario The Guardian. “Esta columna cambiará su vida”, promete el título de la sección, aunque no es realmente cierto la mayoría de las veces, ni para la mayoría de personas.

El otro día estaba releyendo una entrada antigua, de hace unos dos años, en la que hablaba de Joshua Kendall, un libro suyo y los argumentos que contenía. Volveré a ellos, porque conectan con una pregunta que a veces pasa por delante de mí pavoneándose y, aunque no parezca importante para que el mundo siga girando, a mí me parece interesante.

El hecho de que me resulte así ya me hace sospechar que es algo que a la mayoría le importa un comino, y lo digo con esos términos por no ser grosero a estas horas. Es lo que hay y lo asumo, cancelan las series que me gustan, quitan de las estanterías los productos que compro, las cosas que me parecen una mierda son vistas por millones y las alaban como al puto traje nuevo del emperador (vaya, parece que sí es la hora de la grosería después de todo). Pero me acostumbro, cuando algo me toca en algún sitio más allá de la superficie, empiezo a sospechar que debe ser una de esas cosas que casi todos mirarán con extrañeza.

En este caso la pregunta es vieja y de refilón tiene que ver con musas, otra vez.

¿Cuál es la verdadera madre de la buena creación, la alegría o la tristeza?

Tiendo a pensar que muchas obras inmortales salieron de periodos oscuros de sus creadores o que estos, simplemente, tenían esa parte ahí y se enfrentaban a ella con escritura.

A veces lo sabes porque lo dicen, a veces lo sabes porque no hace falta que lo digan. Sin embargo, el razonamiento más extendido suele ser el contrario cuando se pusieron a estudiarlo. Psicólogos y expertos concluyen que un buen estado de ánimo fomenta la creatividad y que cuando todo es bonito, todo es mejor. Algunos estudios (aunque muy matizables) lo corroboran en cierto modo y aluden a que la depresión y la creatividad no son buenos compañeros.

¿Adiós a la noción romántica de que el arte nace de la oscuridad y la musa es cruel? No, para nada.

Muchas veces la felicidad inspira y hace crear, pero eso no significa que lo que cree sea relevante, ni que sea bueno, ni que sea hondo. Los estudios que corroboran ese sentido no tienen en cuenta que las ideas que surjan sean buenas o cualquier cosa.

Muchas resoluciones creativas de problemas en esos estudios no eran gran cosa, eran soluciones que cualquiera, pensando un poco, podría sacar, pero nada que cambie el mundo. Yo puedo ser muy creativo y que todo lo que cree sea un montón de mierda (pues sí que es ésta la hora de la grosería, sí).

Sin duda cuando uno está contento y está feliz es más expansivo, pero eso no tiene nada que ver con que lo que cree sea “bueno”. Y sí, sé lo difícil que es hablar de “calidad”, lo imposible que es ponerse de acuerdo, etc. No voy a entrar en ese debate porque si entro, ya no haré otra cosa que quedarme atrapado en él el resto de mi vida.

No estoy afirmando (muy) categóricamente que es imprescindible el dolor para crear lo bueno, pero sí que es el origen de mucho de eso bueno, de lo hondo y lo que importa, aunque sólo sea por el mecanismo al que Joshua Kendall alude en su libro con el que comenzaba todo esto.

Su razonamiento rasca un poco más allá de la superficie y no se queda en lo simple, lo cual es una pista de que será algo que se suele considerar poco y por pocos. Dicho argumento se basa en que muchas personas de éxito, ya sea escribiendo, emprendiendo o dedicándose a deportes o artes, muestran síntomas de un desorden de personalidad obsesivo compulsivo.

Por tanto, buscan orden, control y disciplina. Pone ejemplos como el de Steve Jobs, que se ponía furioso (mucho, hasta destrozar verbal y psicológicamente a los que tenía alrededor) por una coma mal puesta. O que Thomas Jefferson, que redactó casi toda la declaración de Independencia, se dedicó tras la muerte de su mujer a catalogar las decenas de miles de cartas que escribió o recibió. Ya he hablado aquí de la impopular noción de que es necesaria la rutina para que aflore el genio, o para conseguir crear algo bueno, algo que vaya más allá de lo siempre.

Eso mata el mito del genio y del talento innatos, pero es que el genio se forja con la repetición, sea eso algo popular o no. La cuestión es, en el argumento de Kendall, esas obsesiones de esos genios en lo suyo no vienen por un amor exacerbado por lo que hacen, sino que nacen de la necesidad de centrarse en ello para evitar el dolor de enfrentarse a otras cosas.

Es decir, que es una manera de evitar un profundo dolor que viene de alguna parte, la que sea. Para reforzar ese argumento se basa en el hecho de que, afrontémoslo, los genios más enormes tienen carencias igual de enormes en otros ámbitos humanos, especialmente los emocionales.

De hecho, es posible que esta sea la explicación a: ¿es que de verdad todos los verdaderos genios tienen que ser tan capullos?

Jobs maltrataba empleados e ignoró durante mucho tiempo a su hija y a la madre de la misma, y yo mismo he escrito toda una serie mostrando lo insoportables que pueden ser los escritores, teniendo que parar para no quedarme atrapado en ese tema, igual que en el laberinto del debate sobre la “calidad literaria”.

Si Kendall está en lo correcto, Jobs, Einstein, Nabokov y los demás no son narcisistas embebidos en su ambición de modelar el mundo con respecto a sus obsesiones, son humanos que recorren grandes distancias con tal de no enfrentarse al dolor.

Los innovadores obsesivos suelen ser malos padres y peores parejas y hay ejemplos a raudales en la historia. Ahora están de moda las terapias de la aceptación y de “sentir lo que sea que sientas”, en vez de evitarlo. Todo esto suena muy bien, pero la pregunta es: si Kendall tiene razón y yo opino que mucha tiene, ese bonito sentir y aceptar las cosas robaría al mundo de gran parte de su innovación, de sus artistas y su arte.

Si se equilibran emocionalmente, se pierde la parte obsesiva, se pierde la genialidad, se pierde llegar hondo.

Si estás bien, ya no necesitas tu obsesión, te distraes con otras cosas más livianas y a lo mejor creas, pero serán cosas mediocres y sin filo, las mismas de siempre y las mismas que todos los demás.

¿Y qué necesita más el mundo? ¿Un innovador que abra caminos o cree cosas que importen o uno más que sea una pareja comprensiva, padre modelo y vecino perfecto?

Otra cuestión es la siguiente: todos estamos como cencerros.

Todos mostramos signos de trastornos, unos se inclinan a la paranoia, otros a la obsesión o al narcisismo…

Es lo normal, porque no hay nadie normal (excepto tú que lees esto y niegas presentar algún rasgo de trastorno, no pasa nada, la negación también es normal y sana y falsa).

De hecho, esos rasgos no se consideran algo patológico, es decir, a tratar como enfermedad, a menos que te impidan llevar una vida funcional. Si eres un paranoico capaz de hacer tu trabajo, tener una familia, tomar unas cervezas y que nadie, incluido tú, salga muy herido en el proceso, entonces no estás enfermo, eres normal. Ese es el criterio general aceptado por la psicología.

Kendall descubrió para su libro que aquellos más felices, entre los obsesivos conscientes de serlo, eran los que decidían abrazar la obsesión, aceptando el tributo que tienen que pagar por ella.

Los trágicos (e insoportables) eran aquellos que quieren tener las dos cosas, su obsesión y que el mundo y los demás se adapten a su capricho, cuando resulta que no lo harán o sufrirán demasiado en el proceso.

¿Está uno dispuesto a pagar el precio de ser un Steve Jobs, una Pizarnik o un Hemingway que mira de reojo la escopeta que le acabará matando?

Es cierto que prácticamente todos los genios eran obsesivos, pero eso no es garantía de nada. La obsesión puede ser una condición necesaria, pero nunca es una condición suficiente.

Uno puede dedicar miles de horas y toda una vida a algo, que no es garantía de que vaya a ser bueno, pero cuando uno es muy bueno en algo, ha dedicado miles de horas y una vida a repetirlo hasta convertirse en un maestro.

Esa es una regla sin excepciones. Y ahora es cuando, tras este discurso deshilachado y con mil caminos, como casi todos los míos, enlazo con las preguntas iniciales que me interesaban.

¿Son las musas crueles? ¿Es el dolor el padre de la buena creación?

Si Kendall tiene razón, aunque el mecanismo que lo explica no sea lineal ni aparente, la respuesta sería sí.