Hace tiempo leí que la incapacidad actual de soportar a otros, ya sea viviendo con nosotros o compartiendo espacio, venía de haber perdido el antiguo modo de vida, donde varias generaciones de una misma familia vivían bajo el mismo techo. Si los padres querían tener sexo por aquel entonces, corrían una cortina que obviamente no amortiguaba el ruido, y los niños correteaban mientras los abuelos hacían la cena y el primo y su mujer volvían con la leña, todos en una gran estancia común, a lo mejor los días de frío metiendo a la vaca para que no muriera congelada. El concepto de intimidad actual no existía. No había una habitación para cada uno o cada dos, aunque a lo mejor con suerte no compartías el jergón. Pero claro, los tiempos han cambiado. Hemos perdido la costumbre y ya no podemos soportarnos como antes, debido a que cada día no estamos inmersos en ese contexto. No sé si es realmente cierto, ni puedo volver a encontrar ese artículo, pero en su día me pareció lógico. Eso no significa que sea cierto, pero me pareció lógico. Ahora hago un non sequitur aparente a Instagram, ya ves tú. Es una red que consulto más bien poco y utilizo aún menos, pero en la que empecé a seguir (y luego a dejar de hacerlo) a cuentas relacionadas con libros y escritura. Obviamente, en las redes ponemos todas las sonrisas falsas que nos quedan, escenas y filtros que no existen, porque la cuestión es figurar. Los humanos estamos programados para adquirir status y nada mejor que aparentarlo al menos, diciendo que nuestra vida es mejor que la del resto. Por un poco de atención fingimos que viajamos lo indecible, nuestra casa tiene más luz y sonreímos como si todo fuera bien, sobre todo, cuando más solos estamos. La cuestión es que, en realidad, a nadie le importa. La mayoría pulsa el corazón para que se lo pulsen a él y, la realidad es que si tienes una vida ocupada y excitante, no sueles tener tiempo de retratarla al minuto y es lo último que te preocupa. En esas cuentas de carácter literario no eran raras las composiciones bonitas de libros y lectura, que han tardado un siglo en hacerse y son la mejor de las cincuenta instantáneas que se han sacado a la taza de té (ya frío), el volumen nuevo o un cuaderno de notas. Si la escena viene con la portada de algún libro de esos de autoayuda disfrazado de novela (tan comunes hoy) o algún Bullet Journal de páginas barrocas, (el bullet es un sistema de organización muy para Instagram, bonito y apto solamente si no gestionas proyectos de verdad) te llevas más puntos en forma de likes o como se llamen. La cuestión es, ¿qué tienen que ver la granja medieval e Instagram? Que en mi opinión hay un exceso de romanticismo en la escritura. Y lo peor, romanticismo del malo, no del verdadero con relámpagos y disparos en la sien. Imaginamos una tarde de lluvia, una habitación cálida, una luz suave, un té caliente y el ritmo del tac tac de la máquina de escribir, mientras todo sale de nuestra cabeza al papel sin esfuerzo… Esa escena la tenemos grabada todos los que escribimos. Pensamos en ella y nos seduce, nos da ganas de ponernos a trabajar, pero sólo en nuestra cabeza. Como sabe cualquiera que se haya dedicado mínimamente a esto, en realidad esas tardes perfectas no existen o son demasiado raras como para que cuenten. Incluso cuando intentas crear la atmósfera adecuada, no saldrá perfecta y, peor aún que eso, está la idealización de la escritura como acto de felicidad dentro de un contexto agradable. Pienso que hace mucho daño e impide escribir bien. ¿Por qué? Porque todos los barcos flotan amarrados en el puerto, pero la valía se demuestra en la tormenta. El que sólo sea capaz de escribir en las condiciones adecuadas, con su té, su lluvia y su hoguera, no va a escribir nunca. Si estamos esperando a que se den las condiciones perfectas para escribir, no lo haremos. Es más, lo ideal es escribir en condiciones de incomodidad y acostumbrarnos a hacerlo en cualquier momento. ¿Una pausa en el trabajo de mierda? Anotas algo. ¿Vuelves cansado a casa? ¿A quién le importa? Te pones un momento. ¿Se ha estropeado la caldera, no tienes tu teclado preferido o el Scrivener cerca? ¿Qué más da? Escribes como sea, en una servilleta o usando la tipografía Comic Sans, que obviamente quiere matarte y está empezando por los ojos. Los mejores son capaces de desarrollar su trabajo en condiciones adversas. Todo el que necesita un momento perfecto, una hora adecuada o que se alineen los astros y nadie respire, es un amateur. Yo soy el primero que reconoce el poder del hábito y el ritual, pero también el mayor poder de la vida, que es desbaratar tus planes. Así que la mayoría de veces no vas a poder generar las condiciones adecuadas de escritura. Ni lloverá (desde luego, en Valencia no) ni el té estará caliente (desde luego, en mi casa no). Quien aprende a escribir en la incomodidad, con ruido de fondo, gente entrando y saliendo y la vaca mirando porque afuera se congela, escribirá a menudo porque se habrá independizado de las circunstancias externas, algo que siempre acerca más a la felicidad que todo Instagram. Los mejores funcionan bajo presión porque se han acostumbrado, han viajado en el tiempo a esa granja y tras la cortina alguien lo está haciendo, los niños corren alrededor, los huesos están molidos de trabajar y no hay un momento de silencio ni música en el ambiente. Pero da igual, escriben como sea. De hecho, como casi todo cuando se trata de escribir, esa es una habilidad y se puede cultivar. Dejar de buscar las condiciones y el momento adecuado para escribir hacen que lo hagas más. Y si practicas más, de manera inteligente y deliberada, mejoras la escritura. Dicen que lo único bueno de ser soldado en una guerra es que tu cuerpo aprende a dormir en cualquier circunstancia y momento, de manera instantánea. Al principio es imposible, pero luego se da cuenta de que la incomodidad no se va a marchar. Así que, si tiene dos minutos entre explosiones, con suelo y petate como cama y almohada, son dos minutos en los que duerme al instante, porque se ha adaptado. La evolución es la supervivencia de los que se adaptan. Practicar la incomodidad al escribir es evolucionar. La próxima vez que uno espere las condiciones adecuadas o quiera retratar en Instagram su idilio con la escritura (o lectura), ya se sabe: lo mejor es darse (otra vez) con el Ulises en la cabeza, y ponerse a escribir en vez de a hacer fotos. Un escritor escribe igual que duerme un soldado en la guerra, y forzarse a escribir en la incomodidad puede ser una de las mejores prácticas posibles.