Yo también tengo un cajón lleno de hijos a medio, proyectos a ninguna parte. Uno de ellos es Escribir mal, el gemelo malvado de Escribir bien y Escribir mejor, el que vive en el sótano, el deforme del que nos avergonzamos. «No, yo no le conozco de nada», respondemos si nos preguntan.

Pero está ahí, lo oímos en las noches de insomnio.

Una parte y consecuencia de escribir «mal» también son esos proyectos sin terminar que gimen como fantasmas con una cuenta pendiente.

El libro de Escribir mal está encerrado en ese limbo y no creo que escape, pero nunca se sabe. Mientras tanto, he aquí, como curiosidad, el borrador del comienzo de lo que iba a ser ese (proyecto de) libro.

Escribir mal

Repito a menudo que no hay verdades absolutas en la escritura, que no se puede enseñar porque cada experiencia y persona es distinta. Que, en un arte dedicado a la ficción, es natural que no haya nada que sea completamente cierto.

Pero no es verdad, hay algo tan cierto como la mañana. Que si quieres escribir bien, primero has de escribir mal y no hay atajo para ese sendero. La Ítaca que amamos está rodeada por el mar de escribir mal y es imposible no tener que atravesarlo para llegar.

Por eso, más vale que, en vez de negar o tratar de evitar lo imposible, nos pongamos en marcha ya, abracemos el hecho de que escribir mal es nuestro maestro y el camino está hecho de eso.

Cualquier otra cosa es engañarse, a lo mejor llegar a otro lugar, pero no a ese en el que, cuando terminamos de escribir o alguien nos lee a cientos de kilómetros, se produce «eso» tan difícil de explicar a quien no entrega las madrugadas a esto.

Es lo que nos mantiene un día más bailando en esta locura.

Por eso, creo que escribir mal merece este libro. Que no es un homenaje ni una reivindicación, bastante mala escritura nos rodea, pero uno cae sobre todo en las trampas que ignora y aquello que tememos sólo se puede vencer de una manera, conociéndolo. Y a lo mejor, con suerte te das cuenta de que en realidad no había nada que vencer, que es otro hecho natural, una parte del camino que nos acompañará siempre.

Escribir mal no tiene la culpa, ni es algo que destruir, porque también tiene un papel y no es agradable. Creo que merece que le dediquemos un vistazo, nos sentemos a su lado y que nos cuente.

Cuando era pequeño, me decían que si no hacía caso de lo malo, de los abusones y lo injusto, esas cosas se cansarían y se marcharían. Querida doña María Luisa, le escribo hoy para decirle que no funciona dar la espalda a un incendio para apagarlo.

No he querido dar esa espalda al agua que rodea Ítaca, mejor zambullirnos y comprender que, como siempre, a la hora de escribir (mal) hay muchos más matices de los que creíamos y que, cuando miramos las cosas de cerca y nos preocupamos por comprenderlas, no son como parecen y muchos monstruos hacen una tarea que a ellos tampoco les gusta, pero es necesaria.

Y como siempre, como en los dos volúmenes anteriores de Escribir bien y Escribir mejor, esto no es más que una excusa para lo de siempre: hablar de lo que me gusta y de lo que quiero, como todos esos enamorados insoportables.

Hablar de la escritura, porque es lo menos que puedo hacer por ella.

Así que esta es otra recopilación de ensayos, publicados e inéditos, sobre mi particular experiencia con el arte y lo que le rodea (sí, eso incluye publicar), hilvanados alrededor de la premisa endeble de escribir mal. Y me desviaré a menudo sin pudor, porque al final sólo importan las historias.