Soy de esos que piensa que sí, que hay que escribir todos los días si quieres llegar a no dar demasiada pena en eso de contar historias. Sin embargo, aunque soy un fundamentalista de esto, no soy un fundamentalista en tomarlo al pie de la letra, como algunos la Biblia o el libro que toque. Escribir todos los días no significa crear necesariamente palabras nuevas todos los días, historias nuevas, un relato inédito o tres páginas adicionales de una novela. Aún me sorprende la gente que piensa que escribir se ciñe a crear borradores nuevos y si no, no cuenta. Escribir es más que eso, de hecho, principalmente, escribir es reescribir. Por eso algunos días escribir es poner mil palabras, o las que sean, una detrás de otra, y otros días es aquello que se ha adscrito a Joyce, a Wilde, Flaubert y a saber cuántos más: «Me he pasado toda la mañana para quitar una coma, por la tarde la puse de nuevo». Si escribir cada día se basara en crear algo nuevo, la literatura estaría compuesta de un montón de borradores de mierda y no habría ninguna obra maestra. Algunos días escribir es esa caza de comas que luego liberas de nuevo. Las buenas historias se crean en el proceso de poda, de pulido, de repasar una y otra vez. Y eso es escritura, eso es lo que ha permitido que existan todos y cada uno de esos libros buenos. Se han forjado en ese calor, no en el del frenesí del primer borrador. Por eso hay días en los que esa escritura se basa más en leer lo que has hecho y limar las rebabas, mientras que otros se componen de la furia de vomitar frases nuevas. Ahora, ¿contar reescribir como escribir todos los días no es una puerta abierta a la excusa de repasar un poco y que «cuente» como escritura diaria? Sí y no. No depende de eso en realidad. **Todo escritor es experto en buscarse cualquier excusa con tal de no hacer su trabajo cada día, **no necesariamente precisamos la de reescribir, tenemos muchas otras. Somos expertos en hacer cualquier cosa durante cinco minutos y racionalizar que eso ha sido escribir, para luego ir contando a todo el que quiera escuchar (nadie, porque a nadie le interesa) que, efectivamente, hoy también hemos escrito y por tanto somos uno de esos que de verdad se dedica al arte. Si queremos excusas las vamos a encontrar, ya sea dedicando tiempo a «documentarnos», escribiendo cualquier basura parecida al diario de un adolescente que nunca retocaremos, o poniendo y quitando la coma de marras para decir que somos como Wilde. Todos sabemos en el fondo cuándo estamos dedicando tiempo a escribir de verdad en cualquiera de sus formas y cuándo estamos haciendo como que escribimos, mientras que en realidad dejamos pasar el tiempo sin que vaya a contribuir a nada. Supongo que hay gente para todo, y que lo que pasa es que yo necesito cincuenta versiones de un texto para decir «ya está» (cuando en realidad no está, pero alguna vez he de parar o volverme loco). Pero de veras que a mí no me ha salido nada bueno a la primera, y que si me he pasado dos horas para limar tres mil palabras viejas, eso es escribir, aunque más que añadir palabras, seguramente he quitado doscientas. Y es que mi mejor escritura, si es que eso existe, ha salido de borrar. Sí, borrar es, muchos días, escribir.