Si hay una idea que corre por debajo de todos los textos de esta web y de mi visión personal de la escritura es que esta es un arte muy difícil.

No se lo parece a muchos, pero eso es porque, quien no sabe de algo, también ignora la dificultad de ese algo y vive bajo el hechizo Dunning-Kruger.

Todo lo importante es complejo y creo que la escritura es importante, que el arte lo es. Dediqué un buen montón de páginas a esas premisas tanto en Escribir bien como en Escribir mejor.

Y por suerte, no soy el único que lo cree.

David McCullough dijo que escribir es difícil porque escribir es pensar y escribir bien es pensar claramente.

No en vano, la enorme mayoría de autores que me gustan, e incluso algunos que no tanto, pero en los que reconozco la buena escritura aunque no encaje con mi gusto personal, suelen ser muy interesantes en sus entrevistas, artículos y otros escritos más allá de la ficción.

Del mismo modo, uno lee esas otras piezas de marketing entrevistas a los que siempre están por las mesas de novedades de El Corte Inglés y el juego de las siete diferencias con un futbolista se hace cada vez más difícil. No hay nada que salvar. Un puñado de obviedades, frases para quedar bien, no se te ocurra decir que ese premio que has ganado se te había preconcedido porque sales en televisión o vendías mucho.

Di algo sobre que es un honor y un reconocimiento y, sobre todo, no se te ocurra dibujar por fuera de las líneas, aunque ese haya sido el anhelo de todo artista.

Lo más interesante para mí de todos modos es esa vertiente de la escritura como manera de pensar. De hecho, McCullough acuñó la frase, pero esta relación es mucho más antigua y se ha estudiado bastante.

Aunque eso no ha derivado todavía en una teoría completa de la escritura como modo de pensamiento, sí ha dado lugar a la constatación de algo que creo que muchos escritores habrán compartido.

Escribir permite llegar hasta ideas que surgen a partir de lo que pones en el papel y a las que es imposible hallar de otro modo.

Da igual lo mucho que pienses de otras maneras, la escritura abre caminos que de otra forma estarían cerrados.

De hecho, en lo personal, antes de familiarizarme con las hipótesis de la escritura como pensamiento, la he usado siempre de manera intuitiva para eso.

Cuando quiero aclararme sobre algo o entender algo (o a mí), escribo. Cuando no sé por dónde seguir en mi escritura, escribo, volcando todos esos pensamientos sobre un cuaderno, pues lo hago a mano.

Creo, y esto es superstición propia y nada contrastado, que algo fascinante ocurre en esa distancia que hay entre la mente y la mano. La escritura en papel requiere de un mayor espacio de tiempo entre el momento en que surge algo en la cabeza y acaba plasmado en la hoja. Al menos en mi experiencia, en ese espacio de instantes fugaces, la idea se transforma y muchas veces acaba siendo escrita de una manera diferente a la chispa que surgió por primera vez. Todo vive en un estado de flujo en mi cabeza cuando escribo así, cualquier cosa puede surgir y nuevos pensamientos se crean a partir de lo volcado en la página.

Si tengo suerte, a veces hasta aparece la solución que buscaba.

Si tengo aún más suerte, a veces surge la historia, que sólo se puede descubrir a sí misma cuando la escribes, no hay otra manera.

En 1977, Frank O’Connor, uno de los mejores cuentistas en inglés de la segunda mitad del siglo XX, lo expresó mejor que yo en una entrevista en The Paris Review.

«Ponlo en negro sobre blanco» solía ser el consejo de Maupassant y eso es lo que siempre hago. Me importa un carajo cómo sea la escritura. Escribo cualquier basura que cubra el esquema principal de la historia y es entonces cuando puedo empezar a verla… Simplemente escribo más o menos lo que ocurre y de esa manera soy capaz de contemplar cómo es el edificio.