No hace mucho escuché sobre la necesidad de que los escritores y otros contadores de historias deban implicarse en ciertos temas, especialmente sociales, con sus creaciones. No ya proyectando un reflejo de lo que ocurre alrededor, sino también emitiendo un juicio y, en cierto modo, transmitiendo una enseñanza moral «correcta». He ahí el camino más rápido para escribir mal y, de paso, conseguir el efecto contrario del que pretendes. Es inevitable que las obras de un artista reflejen lo que le rodea, que se impregnen y queden influenciadas de lo que ve y piensa. Otra cosa muy distinta es que eso sea una obligación y otra mucho más distinta aún es que esa obligación se extienda a producir un juicio de valor dentro de ciertos parámetros que, para el momento actual, se consideren como los más «justos». Quien quiera hacerlo, debe sentirse libre de hacerlo y me parece genial. El problema es cuando se convierte en una especie de obligación implícita que algunos tratan de imponer. Recuerdo que una chica me dijo hace mucho que la carrera de juez es la más difícil, pero si uno mira alrededor, hay un montón por todas partes, siempre dispuestos a emitir sentencias y darte con su ideología en la cabeza, especialmente sobre lo que no entienden. En mi opinión, cuando uno mete con calzador esa implicación social, esa moraleja, esos temas y personajes, está desvirtuando la obra y, seguramente, dañando la causa que pretende impulsar. Principalmente, porque la suele simplificar con una filosofía de instituto, con lo bueno y lo malo claramente pintado (algo que no existe), con los aspectos más oscuros de la naturaleza humana sin tocar en un rincón (como si no hablar de ellos fuera a hacer que no existan). En general, convirtiendo la historia en esos cuentos descafeinados para asustar a los niños y que se parecen poco a los originales que los inspiraron o a la vida real. Personajes maniqueos, situaciones forzadas que no encajan, clichés por todas partes, buenos y malos de trazo grueso con el fin de dejar claro el retrato social y moral. Suele pasar que nunca queda bien porque esa chica tenía razón, la carrera de juez es muy difícil y un escritor no es juez. Cuando el elemento social o de crítica es realmente bueno, está inmerso dentro de la escritura y no se nota y, como no las ves venir (o corre por el fondo de las cosas) se mete dentro de ti, te golpea sin que puedas defenderte y hace su papel de cambiarte, con un poco de suerte, a mejor. Cuando es todo lo contrario, produce el efecto contrario. Es el cura en el púlpito diciendo que no hagas las cosas que estás seguro que él hace en cuanto le surge la más mínima oportunidad. Porque eso es lo que ocurre con la mayoría de los que nos dicen qué hacer y cómo hacerlo. Pero centrémonos en las historias y sus pecados literarios, ya que estamos hablando en términos morales. Un ejemplo no muy lejano es la película Joker. Salvo la interpretación de Joaquim Phoenix, destacable sobre todo en el tercer acto, la obra es tibia, derivativa y sobre todo infantil hasta lo risible en su intento de crítica social y el tratamiento de estos aspectos. Llena de clichés, esa supuesta crítica se resume, literalmente, en muerte a los ricos. Ni un niño lo reduciría a algo tan burdo. El tratamiento está exento de sutilezas y, ante la falta de ellas, ciertos personajes escupen todo el rato lo que se llama exposición para plantear los temas, en vez de mostrarlos impregnando la narración como un elemento más integrado en ella. La psicóloga que atiende a Phoenix y le dice que han recortado fondos, un rico, Thomas Wayne, llamando literalmente payasos a los que protestan, tres yupis en un vagón que son un mal calco de American Psycho… Todo tan poco original y tan sutil como un elefante en una cacharrería. El problema principal no es sólo que básicamente esas partes parezcan pegadas como un parche porque el artista «tiene una obligación moral» que manda la historia a la mediocridad. El problema esencial es el de antes, los predicadores despiertan un rechazo justificado. No puedes convencer a nadie de nada, pero a veces puedes hacer que se convenzan ellos mismos con el poder de las historias. Eso no lo consigues nunca mostrando textualmente el problema y la supuesta solución, mientras señalas con el dedo. Si me vienes con tu ideología (no me importa de qué lado, pues los tontos se distribuyen uniformemente por todos los extremos) y me dices que algo lo estoy haciendo mal y cómo debería hacerlo, lo percibo como un ataque. Me da igual lo loable de las intenciones, es algo psicológico, humano e innato. Algo que debería comprender cualquiera con un mínimo de inteligencia. Esto llega hasta el punto de que, cuando a alguien le conectan una máquina al cerebro y le empiezan a mostrar evidencias de que se equivoca en un tema (no importa lo reales que sean) se iluminan las mismas zonas que gestionan el ataque o la huida. La emoción toma el control. Y si me atacas, me cubro, y si me cubro, no sólo no consigues que llegue hasta mí lo que pretendes, sino todo lo contrario. Es más, como sigas empujando, contraataco en la dirección contraria. Se puede ver una y otra vez, por ejemplo, en las redes sociales y todos esos personajes que devoraron a quien hay detrás hasta hacerlos insufribles en vez de influencers de todo pelaje. Es por eso que todos los que nos quieren enseñar el verdadero patriotismo, la verdadera igualdad, la verdadera religión o la verdadera lo que sea, pronto se vuelven molestos y pesados, así que los dejas de escuchar enseguida, igual que al predicador que no deja de decirte lo mal que lo haces. Todo escritor mínimamente bueno sabe que ese es justo el camino contrario hacia los corazones y las mentes, del mismo modo que todo escritor mínimamente bueno sabe que su cierto dominio sobre las palabras no implica que tenga dominio sobre otros muchos temas importantes en los que no es experto. Es por eso que me chirría ver a ciertas eminencias salirse de su círculo de competencia y empezar a predicar sobre cualquier cosa. La autoridad no se transmite mágicamente de un campo a otro y, de hecho, sacar la pierna de ese círculo de competencia es una de las principales razones que te vuelven estúpido. Del mismo modo, un escritor no tiene ninguna obligación moral ni social con sus historias. Como mucho, tiene la obligación de contar la mejor historia que sepa y pueda, pero no implicarse o llenarla de ideología. Si quiere hacerlo, genial, adelante, pero los que no, deben ignorarlo con libertad. Y los que cuentan una buena historia, de hecho, suelen encerrar enseñanzas poderosas, que se quedan en uno y que son todo lo contrario al sermón de la montaña, mientras que resultan el doble de efectivas. Supongo que, al final, todo se resume en una cosa. El arte, para ser lo mejor que pueda ser, también tiene que ser todo lo libre que pueda ser. Sin encorsetarse con obligaciones morales, estilísticas o de cualquier otro tipo, sin requisitos de esto o aquello, sin que te digan lo que tienes que hacer. Para así hacerlo libremente si lo deseas, ignorarlo libremente si lo deseas o, simplemente, estar ahí (que lo estará si cuentas una buena historia) y que apenas te des cuenta, hasta que de pronto se te ha metido dentro y no lo sabías. De hecho, el arte siempre fue el caballo de Troya sutil de los avances, el que sorteó la censura, el que cambió las mentes y las abrió cuando parecía que no estaba haciendo nada. Y nunca lo consiguió con imposiciones, directrices ni prédicas, porque eso no es arte y tampoco hay manera de distinguirte de ese enemigo contra el que dices luchar.